Piense en un poema antiguo, dice Linari… en Homero, en Apolonio de Rodas, yo soy la musa y usted el poeta. Se ríe. Me mira. Se reclina hacia atrás en el asiento. Las manos en la nuca. Ahora mira por el ventanal. Lo recuerdo así, la mirada perdida en el pasado. La entrevista fue hace tres días, fue la última, la más larga.
Toco el auricular, para que la grabación se detenga. Bajo del colectivo y emprendo la subida por la calle Brasil, en el Parque Lezama. Está anocheciendo. Las cúpulas de la iglesia ortodoxa, imponentes, encajonadas en este rincón de la ciudad, se destacan en medio de la arquitectura dispar de Buenos Aires; evocan una imposible y lejana Plaza Roja. Me meto en el Bar Británico. Abro el cuaderno. El mozo trae el café. Toco el auricular, para que la grabación continúe, y anoto. Yo no voy a escribir esta historia, ya se lo dije, aclara Linari, hace tres días, en su casa de Open Door; por eso está usted aquí; yo se la cuento, usted… usted si quiere la escribe; lo que quiero es quitármela de encima, pienso que contándosela a alguien, a usted, a lo mejor consigo entender… Entender qué, pregunto. Linari permanece en silencio. Los codos apoyados en el escritorio. Mira el cuaderno, que está siempre abierto adelante suyo. ¿El pasado?, se pregunta. Se pone de pie. No… se contesta él mismo. Vuelve al ventanal. Los brazos cruzados, en el pecho. Se trata de un robo, a finales de la década del ochenta; se trata de ese chico de diecisiete años que era yo, que había decidido robarse un cuarto de millón de dólares, con un compañero de trabajo… la pregunta es, ¿sigo siendo yo, hoy, un escritor sexagenario, olvidado por todos, esa misma persona, la persona que tomó esa decisión, hace casi cuarenta años? No entiendo, le digo. Espere, me dice, lo va a entender todo, en un instante.
Sale del escritorio. No va a la cocina. Se mete por una puerta, al final de un corredor. Yo me pongo de pie. Reviso si el teléfono está grabando. Miro los libros que tiene encima del escritorio. Los dioses en el exilio, Heinrich Heine; Correspondencia entre Rosas, Quiroga y López; hay una antigua biografía de Dante. Espío en el cuaderno. Leo una nota, “Hay quienes nacen y crecen sin ninguna pena, pero llevan consigo la hondura donde la pena cabría y no hacen sino pasarse la vida buscándola, para poder al fin ahogarse en ella”
Salí del Británico. Ya era de noche. Caminé por las calles de San Telmo, en dirección al centro. Había bastante tránsito. Las mesas de los bares, en las veredas, estaban repletas. Hacía calor. Algunas calles se volvían peatonales. Yo iba pensando en Linari, en el momento en que regresa de la pieza. Traía una caja de zapatos en las manos. La apoyó sobre el escritorio. La abrió. Había nueve fajos de billetes, cada uno de diez mil dólares. Me mira. No dice nada. Entonces fue usted, le digo, fue usted quien se robó la plata. No, me dice; ya se lo había explicado. Siéntese que le cuento.
Capítulo 1
https://www.pilaradiario.com/cultura-y-espectaculos/1-cincuenta-y-cincuenta-n5462903
Capítulo 2
https://www.pilaradiario.com/cultura-y-espectaculos/2-tranquila-martita-n5463043
Capítulo 3
https://www.pilaradiario.com/cultura-y-espectaculos/3-la-llave-n5463189
Capítulo 4
https://www.pilaradiario.com/cultura-y-espectaculos/4-el-robo-n5463311
Capítulo 5
https://www.pilaradiario.com/cultura-y-espectaculos/5-la-cana-n5463460
Capítulo 6
https://www.pilaradiario.com/cultura-y-espectaculos/6-espere-n5463586
Capítulo 7
https://www.pilaradiario.com/cultura-y-espectaculos/7-la-moral-n5463777
Capítulo 8
https://www.pilaradiario.com/cultura-y-espectaculos/8-la-culpa-n5463939