Por Mauro Peverelli
Quédese a comer, me dice Linari; ya es casi mediodía. Regaba unas plantas, en la galería, algunas las inundaba. A los helechos les gusta mucho el agua, decía. Si pierdo este tren se me complica, aclaraba yo y miraba la hora; el viaje es largo, hasta el centro hay más de dos horas. Teníamos que romper un vidrio… vuelve a su historia del robo. Yo, y Julián también, teníamos una llave de la agencia… pero no podíamos entrar a robar ingresando por la puerta, iba a ser muy sospechoso. Una vez quise escribirlo… sacude la regadera, para ver si le queda agua. Mira la hora, por el vidrio, en el reloj que está en la pared de la sala. Le vamos hacer honor a una de sus botellas, agrega; para eso sí nos queda tiempo.
Se mete a la cocina. Yo me quedo en la galería, en uno de los sillones. Pongo en pausa la grabación, en el teléfono. Repaso, de memoria, de manera rápida, todos sus libros, todos sus escritos. No hay nada que se parezca a esta historia del robo que él se empecina en contarme, en cada una de las entrevistas. Aparece con la bandeja. Los dos vasos con hielo. Pero esta vez no trae la jarra sino una de las botellas de torrontés que yo le traje, en la entrevista anterior.
Creo, incluso, que tomé algunas notas, dice; era en la época en que leía a Chesterton, a Poe… incluso a los Borges y Bioy de Isidoro Parodi; todos pasamos por ahí; no era lo mismo, por supuesto, pero pensaba que allí, en aquella historia de juventud, había material para una novela policial, para un relato. Lo desestimé enseguida. No se escribe sobre uno, lo he pensado siempre. Está sentado en el sillón, mirando el parque. Los años, al parecer, me han dado la razón, sigue; hoy las redes, las plataformas se han convertido en ágoras individuales, donde cada uno habla de sí mismo, a veces con un nivel de exposición de la intimidad… todo se devalúa al instante, la mayoría de las cosas solo interesa a quien las publica… el imperio de la inmensa exposición de la soledad, lo podríamos llamar. Siguió hablando, durante un largo rato, hasta que terminamos la botella. Me explicó cómo entraron a la agencia, una noche de domingo. Los pormenores, las dificultades. Me fui cuando se hizo la hora.
Me quedé mirando por la ventanilla del tren. Los campos que rodean las vías, hasta la estación de Manzanares. Después el río Luján, que estaba casi seco. De Pilar en adelante el paisaje ya era suburbano. Me puse los auriculares, para escuchar la entrevista.
Linari mezclaba los temas, todo el tiempo. La literatura va a sobrevivir, decía; no porque lo diga yo, porque me ponga a defender aquí la actividad a la que le he dedicado la vida, sino porque, al igual que toda expresión artística, es capaz de proyectar, fuera de nosotros, un mapa de sensibilidades que, en nosotros mismos, aparecen siempre desordenadas, confusas, como vagas nociones que suelen tender a la perplejidad, al asombro. El arte, en general, expone fuera de nosotros todo ese universo sensible y le da una forma, también un sentido.
Seguía en ese tono. Empezaban a mezclarse, sus palabras, con el precio de las ofertas de los alfajores, de los caramelos que los vendedores ambulantes gritaban todo el tiempo, sobre los pasillos de los vagones. Rompimos un pedazo de vidrio, cuadrado, que había en la parte superior del frente, donde antes había instalado un viejo aire acondicionado. En aquel tiempo no había alarmas, ni cámaras ni nada…
Ahora el de las gaseosas. Una chica vendiendo colitas para el pelo, hebillas. Compré dos chipás, cuando pasó el vendedor. Hurlingham, El Palomar, Caseros. Lo rompimos; nos quedamos esperando, unos minutos, para asegurarnos de que nadie nos había escuchado, de que nadie nos había visto. Entramos por la puerta. No prendimos ninguna luz. No sabíamos si la copia que habíamos hecho, de la llave de la caja donde estaba la plata, funcionaría, no habíamos llegado a probarla.
Pasó un tipo recitando unos versos de la biblia, en voz alta. Un pasaje algo oscuro, sobre el final un poco amenazante. Julián le pegó un rodillazo a una silla, decía Linari, en mis auriculares. Puteó un buen rato, en voz baja. Prendí una linternita que había llevado. Ahora la prendés, la puta madre… decía Julián y se reía. Llegamos al cuartito. Pusimos la llave en la cerradura de la caja. No giraba. Julián empezó a putear de nuevo, ahora un poco más alto. Esperá, le dije. Me acordé de algo.
En Devoto el tren se quedó parado, durante unos cuantos minutos. Unos gorriones chillaban sobre el follaje de los plátanos, del otro lado del andén. Fui hasta el escritorio de Lorena, la chica que atendía el teléfono, seguía Linari; abrí el cajón y saqué una lima para las uñas. Le limamos las rebarbas, a la llave. Volvimos a ponerla. Giró. La puerta se abrió. La caja estaba vacía.
Capítulo 1
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Capítulo 2
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Capítulo 3
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