El robo de Linari

2. Tranquila Martita

13 de julio de 2025 - 10:23

Me metí en un bar, a una cuadra de la estación. Hacía calor. Miré la hora y pedí una cerveza. Veinte minutos, me habían dicho que había de demora, en la agencia de remís. Me puse a desgravar la última parte de la entrevista anterior. Linari hablaba, de dinero, de la planificación de un robo medio en broma, medio enserio. Citaba algunos autores, partes de libros que le venían a la mente, a medida que su relato se tropezaba con esos recuerdos. Se oía el ladrido de unos perros, en el fondo de la grabación. La cosa es que empezamos a hablarlo con Julián, más seguido, decía Linari; en cada uno de los viajes que hacíamos al centro, a buscar la plata; hay que meterse en la agencia, un domingo, un sábado, me decía Julián.

Yo tomaba la cerveza. Anotaba cada palabra. Me preguntaba si algo de todo esto tenía algún sentido, si me servirían estas historias para escribir la biografía de un escritor al que pocos recordaban.

Cuando llegó el remís detuve la grabación. Le di el último trago al vaso de cerveza. Pagué la cuenta. Me subí al auto. Cuando dije la dirección el chofer me miró por el espejo. La casa del escritor, me dijo. ¿Lo conoce? Sí, contestó; me escribe las cartas. Mi mujer está presa. Le mando cartas, todas las semanas, don Claudio las escribe… Es buena Martita, solo que a veces se pone nerviosa, le cortó la mano a un tipo, el tipo entró a robar y Martita… miraba el camino y el espejo, mientras hablaba. Pensé que le contaba esta historia a cada uno que se subía al auto. Pero no pueden tenerla presa por defenderse, le dije, por lastimarle la mano a un tipo que entró a robar… ¿adónde entró a robar? A la carnicería, contesta; Martita tiene la carnicería, a la vuelta de casa, en el mercadito… no es que lo haya lastimado, le cortó la mano, el tipo levantó el brazo, del mostrador, y la mano se quedó ahí, entiende, explicaba y me miraba por espejo. Ahora manejaba en silencio, un poco retraído. Negaba con la cabeza, como si estuviera lamentándose de algo. Es buena Martita, dice …pero se pone nerviosa.

Cuando llegué Linari estaba en el escritorio. Me gritó para que entrara. Está abierto, dijo. Ya tenía la jarra de vino sobre la bandeja. Los vasos con hielo. Le dije que el remisero le había dejado saludos. Se sonrió. Tiene a la mujer presa, me dijo. Sí, me contó la historia. Me hace escribirle unas cartas llenas de consejos, sigue él; no tiene buena letra y tampoco se da mucha idea sobre qué decirle entonces yo se las escribo. Se puso a servir el vino, en los vasos. Nunca le pregunté si lo prefería sin hielo, me dice. Es igual, contesto. Me alcanza el vaso. El otro día, cuando terminé de escribirle la carta, se la leí, decía: tranquila Martita seis veces en una página. Ahora se ríe, con el vaso a centímetros de la boca. Salud, me dice. Le da un trago. Me interrumpe a cada rato, cuando estoy escribiendo, póngale que esté tranquila, póngale tranquila Martita. Vuelve a reírse. Parece salido de un cuento de John Fante, dice.

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Tiene un cuaderno abierto, sobre el escritorio. Lo mira. Lee algo, en silencio. Después lo cierra, deja la birome en el interior, en la página donde estaba abierto. En qué habíamos quedado, pregunta. En sus influencias, Onetti, Borges, William Faulkner… Sí, dice; si uno se dedica a esto, de manera responsable, se ríe; eso es un poco pretencioso… pero sí, Arlt, Pavese, hay tantos… pero me refería al robo, qué fue lo último que le conté del robo. Dejo el teléfono, encima del escritorio. Me fijo que quede grabando. Ah… ya me acuerdo, dice antes de darme tiempo a contestarle; de los delirios de Julián… Julián se gastaba la plata, antes de tenerla; dejaba volar la imaginación. Estuve viendo los precios, de los vuelos, me decía, seiscientos dólares al Caribe, novecientos a Madrid. La agencia, no sé si dije esto, donde funcionaba la mesa de dinero, era una agencia de viajes. Nadie venía a comprar pasajes, por su puesto. Los días que no íbamos al centro, con Julián, le abríamos la puerta a los comerciantes que venían a cambiar cheques. Se puso de pie. Caminó, hasta el ventanal. Siempre con el vaso en la mano. Vigilábamos los movimientos del Lenteja, sigue; el Lenteja era uno de los socios… buen tipo, él tenía la llave de la caja donde estaba la plata... era raro, todo, no se tenía cuidado, por la guita… Se dio vuelta, para mirarme, ya le dije, el dinero era tratado como una mercadería, se le daba la misma importancia que a las latas de tomate en un almacén. Era un local largo, en Bianea; unos años después, en ese mismo lugar, funcionó la redacción de un diario… No importa, seguía; la cosa es que la caja con la plata estaba atrás, en un cuartito, a veces quedaba abierta, los fajos de guita a la vista; la llave quedaba arriba de un escritorio, a veces todo el día.

Volvió a sentarse. Completó de vino su vaso. Yo hacía que leía, siguió; en las horas vacías. Tenía un ejemplar de Así habló Zaratustra, de Nietzsche, lo llevaba a todos lados, hacía que leía y vigilaba los movimientos del Lenteja, de todos. Con Julián ya estábamos obsesionados con entrar, un sábado a la noche, un domingo, y llevarnos la plata. ¿Y entraron?, pregunto. Volvió a abrir el cuaderno, pero no lo miró. Se quedó viendo los libros de la biblioteca. Sí, entramos, dijo.

Acá el capítulo 1

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