La historia que no fue

La Virgen que eligió quedarse en Pilar y hoy es la patrona de Argentina

En 1630, una imagen de María decidió detenerse en una estancia de Zelaya. Cuarenta años después, fue adquirida a 200 pesos por Ana de Matos, quien la trasladó para siempre a Luján.

6 de diciembre de 2023 - 10:05

A veces no son las grandes acciones sino las pequeñas decisiones las que definen el destino de una historia. Como si de una moneda arrojada al aire se tratara, en ocasiones los recorridos se tejen en torno a cuestiones más vinculadas con el azar que con la planificación.

¿Qué hubiera sido de Pilar si aquella Virgen custodiada por el negro Manuel nunca hubiera sido movida del lugar donde decidió no continuar su viaje en carreta, es decir, la localidad de Zelaya?

Si navegamos en el universo de lo posible, no resulta absurdo preguntarse si Pilar como la ciudad mariana que no fue, podría ser hoy el distrito cabecera de la fe popular. Y en escenario, si hubiera contado con una basílica de las características de las de nuestro partido vecino que movilizara a miles de fieles y con una industria turística cimentada sobre la religión o una si hubiera sido la meca de una peregrinación multitudinaria una vez al año.

Fue en 1671 cuando una mujer, Doña Ana de Matos, movida por su devoción –y visionaria como nadie- cambió el rumbo de los acontecimientos, adquiriendo la imagen de terracota con vestiduras pintadas de azul y blanco que desde hacía 40 años se veneraba en una rústica capilla de barro de la estancia de los Rosendo ubicada a orillas del Río Luján, en la actual Zelaya.

La historia de la Virgen de Luján se remonta al 1630 cuando por encargo de un poderoso habitante de Córdoba del Tucumán, Antonio Farías de Sáa, arribaron desde Brasil al puerto de Buenos Aires dos imágenes de María que debían ser entregadas en su hacienda de Sumampa (Santiago del Estero).

La misma carreta transportaba, además, mercaderías y esclavos africanos que iban a ser vendidos en Potosí. La estancia de Zelaya, propiedad por entonces de Francisca Trigueros viuda de Rosendo -de ahí el nombre de la hacienda-, y de su segundo esposo, el traficante de esclavos Bernabé González Filiano, fue uno de los sitios en los que el transporte se detuvo para hacer noche.

El “milagro de la Virgen de Luján” cuenta que al día siguiente todos los bueyes retomaron su marcha, excepto los que llevaban a Nuestra Señora de la Limpia Concepción. No hubo picanas ni rebenques que hicieran mover a los animales que la trasladaban en su interior.

Solo continuaron viaje una vez que la caja que la transportaba fue retirada de la carreta. El pequeño Manuel, un esclavo de 8 añosoriundo de Cabo Verde que viajaba en uno de los carros, fue designado para cuidarla.

El boca en boca no tardó en hacer crecer el alcance del milagro ocurrido en estas tierras con la Virgen, que en poco tiempo empezó a ser llamada como Nuestra Señora de la Concepción del Río Luján. Dada la peregrinación de los fieles que llegaban a rendirle culto, se construyó una ermita en su honor.

Mudanza

Durante 30 años la Virgen fue venerada en la rústica capilla de barro siempre bajo los cuidados de Manuel, ocupado en la fabricación de velas y a quien se le atribuyen milagros de sanación mediante la utilización del cebo de las candelas.

Entre sus fieles más devotas se encontraba Ana de Matos, quien le ofreció al padre Oramás –apoderado del dueño de la estancia y fastidiado con la constante presencia de devotos en el lugar-, trasladar la imagen a su propiedad ubicada del otro lado del Río Luján. El clérigo aceptó la propuesta a cambio de 200 pesos.

Viuda de su primer y único marido, Marcos de Sequeira, Doña Ana fue una mujer cautivante y de brillantes dotes para los negocios, que supo administrar y hacer crecer el patrimonio heredado de su difunto esposo. Durante años mantuvo un apasionado romance con Tomás de Rojas y Acevedo, un joven rico una década menor que ella y con quien tuvo tres hijos, pero al que nunca le aceptó sus reiterados pedidos de mano.

Los intentos de la Virgen por quedarse

Una vez trasladada, la Virgen desapareció varias veces de forma misteriosa de su nuevo sitio para volver a la hacienda de Zelaya, situación que se repitió hasta que el negro Manuel fue enviado junto a ella a Luján para continuar con sus cuidados. Una serie de hechos de difícil explicación que solo pueden entenderse en el marco del milagro.

Cuenta la historia que a la mañana siguiente de la mudanza, cuando Ana de Matos se dispuso venerar a la Virgen en su nueva morada, se encontró con una habitación vacía. Decidida a averiguar qué había pasado, se dirigió a Zelaya para comprobar que de forma misteriosa María había vuelto al sitio donde había elegido quedarse tres décadas atrás.

Tomándola en sus brazos, la volvió a llevar a su casa. No obstante, al día siguiente la historia se había repetido: la Virgen había vuelto a las tierras de Los Rosendo.

De inmediato, la hacendada viajó a Buenos Aires para informar lo ocurrido, situación que motivó que Fray Cristóbal de la Mancha y Velazco y el entonces gobernador del Río de la Plata, don José Martínez de Salazar, se presentaran en la estancia para comprobar lo ocurrido. Así se dispuso una procesión custodiada por peregrinos y soldados para trasladar una vez más a la Virgen a la propiedad de la lujanense.

La imagen fue colocada en un altar dentro de la vivienda y el Obispo celebró una misa. Aquella vez, a diferencia de las anteriores, Manuel acompañó a la Virgen que desde entonces nunca más volvió a las tierras de los Rosendo.

Destrabar la situación del esclavo no fue fácil. Si bien don Bernabé González Filiano había dispuesto que Manuel desde entonces respondiera a la imagen de la Limpia Concepción como su única ama, el padre Oramás lo reclamaba como su propiedad.

Frente a esta situación y guiado por la voluntad de su antiguo dueño, Manuel se presentó en la Justicia que avaló su reclamo, entendiendo que su designación como esclavo de María primaba sobre la voluntad de quien deseaba hacerlo siervo de los hombres. De todas formas, Ana de Matos tuvo que pagar una suma de dinero para su liberación.

Su fiel cuidador envejeció al lado de la imagen y luego fue enterrado junto a ella en la actual Basílica de Luján. También fue el encargado de quitarle los abrojos adheridos al manto azul y blanco cada vez que la Virgen se escapaba para volver al lugar del que, quizás, nunca debió haber sido retirada.

Si bien durante los años posteriores a su traslado la Virgen fue colocada en un altar dentro de la casa de Matos, tiempo más tarde y como muestra de su fidelidad, la mujer mandó a construir un santuario donde luego se levantaría la actual Basílica de Luján.

Además, Doña Ana donó las tierras de sus alrededores para que se levantaran construcciones para el refugio de los peregrinos y dispuso un cuarto de legua para el mantenimiento del templo.

Fue así como comenzó a crecer a 30 kilómetros de Pilar, sitio original donde la Virgen eligió quedarse, la advocación popular de la fe más grande de nuestro país.

Mientras que en nuestro distrito, en el espacio conocido como “El Lugar el Milagro”, una reconstrucción de la precaria capilla de barro donde se la honró por primera vez, sigue convocando fieles, al mismo tiempo que nos recuerda aquello que pudo ser y no fue.

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