Esta historia es el relato de una familia que muy prontito va a concretar un sueño.
Esta historia es el relato de una familia que muy prontito va a concretar un sueño.
“El nonno Domingo, con sus tempranos 30 años, llegó a la Argentina, como tantos, en 1921, con una maleta gastada, solito él con su alma buena, desgarrada de dolor por la partida y un puñado de paisanos que conoció en la larga travesía por el Atlántico.
Imagino su dolor, a sabiendas de lo ligado que era a sus afectos y a aquella tierra, un pueblito de Calabria, Melicucco, al sur de Italia, que devastado por la posguerra, sumía a él y a su familia, en el hambre y la desolación.
El anhelo de una vida mejor para poder ayudar a los suyos, era lo único que lo sostenía en la pena. Una vez aislado en el hotel de los Inmigrantes y fumigado por si traía alguna peste, ahí mismo, en el puerto de Buenos Aires, encontró su primer destino laboral: Tierra del Fuego.
La esquila fue su tarea, en campos de otros inmigrantes de distinto origen y distinto bolsillo que se adueñaron de miles de hectáreas “sin dueño” tras el exterminio de los pueblos originarios en la llamada “Campaña del Desierto”. En fríos galpones de chapa donde convivían los peones también se acumulaba la lana que salía directo a Europa y volvía bajo la forma de corte inglés.
Después de unos años, el abuelo volvió a Buenos Aires a reencontrarse con Aurelia, una bella moza de su mismo pueblo, que había llegado a esta tierra junto a su familia, y quien pronto se convertiría en su esposa.
Y ahí arranca otra historia, al tiempo, consiguió un trabajo digno como portero/casero de escuela y llegaron los hijos que sumaron felicidad a sus días.
Sin embargo era común verlo en silencio, con la mirada perdida, buscando adentro suyo vaya a saber qué paisajes, qué colores, qué olores, qué sonidos lo acompañaban en la larga espera de esas cartas que iban y venían junto a la ayuda económica que nunca dejó de enviar a sus padres y hermanas que habían quedado en la vieja aldea.
La melancolía no lo abandonaba, aunque las extensas misivas le devolvían la sonrisa, salvo un par de veces que según su hija, Domingo lloró. Fueron las que anunciaban la muerte de sus padres, Pascual y Pascualina, de quienes no pudo despedirse ni llevar una flor a sus tumbas.
Al tiempo llegaron sus 4 nietas, de las que solo conoció a 2, una de ellas, la mayor, por una cuestión de edad, fue la que recibió su amor infinito y a quien transmitió junto a Aurelia sus costumbres, sus dichos en calabrés, sus platos favoritos y hasta esa necesidad de hacer el viaje de vuelta que ellos, sus nonnos, nunca pudieron hacer.
Prontito, su nieta cumplirá con el rito de volver, de concretar un sueño lejano. Pisará aquella tierra junto a sus hijos, nuera, yerno y nieta. Recuperará la memoria de Aurelia y Domingo a quienes nunca olvidó. Caminará las calles del pueblito, reconocerá sus casas, rastreará a algún pariente lejano, rescatará aromas y sabores, bailará alguna tarantela después de brindar con rico vino calabrés y cumplirá con dejar una flor en la sepultura de sus antepasados”.
“Y al tiempo al abuelo lo vi en las aldeas, lo vi en las montañas, en cada mañana y en cada leyenda que anduve en Italia ” (Alberto Cortez, disculpas por el cambio de país).
Sin duda es un relato como el de tantos de los que sufrieron y sufren el desarraigo que significa dejar la tierra natal y sus afectos, ayer y hoy. Siempre. Una historia mínima más.
