por Alejandro Lafourcade
Limitar o castigar: esa es la cuestión. O bien parece serla en el ámbito educativo, en una época en que familia, escuela y alumnos no parecen transitar siempre por los mismos caminos ni tener los mismos objetivos.
De ese y otros temas se ocupó el profesor Carlos Wernicke, experto en temas pedagógicos y una referencia siempre escuchada a nivel nacional. Ante un centenar de docentes, disertó en el Instituto Verbo Divino con la consigna “Los límites de la educación para alumnos sin límites. El paradigma de la educación actual”.
Docente y médico psiquiatra, director de la Fundación Holismo, Wernicke afirmó que “si nos preguntáramos para qué estamos educando, no sabríamos contestar bien. Se sabe que hay una filosofía subyacente en lo que hacemos, pero no sabemos bien cuál”.
Además, señaló que “la familia, la escuela y los medios (visuales y gráficos) son los agentes educativos que rodean al niño. El primero con el que se encuentra es la familia, pero hoy en día ya no tenemos ni una definición precisa de familia, ya ni se usa la frase ‘familia tipo’. Lo que antes era una familia ahora se fue separando varios kilómetros, y está conformada por personas muy ocupadas”.
Por esto, aseguró que “el gran competidor es la pantalla: del celular, la tablet, la computadora... Guste o no, los medios están, y están para quedarse”. Ante este panorama, Wernicke comentó que la escuela “quedó entonces entre la familia y los medios. La experiencia escolar debe ser placentera, un lugar al que den ganas de ir, tanto para los alumnos como para los docentes. Si la escuela es para repetir información, no es atractiva. Hay que revisar muy bien la escuela”.
Satisfechos
Según el experto, la actividad primordial de la escuela y la familia “es generar sensaciones agradables. Lo ideal sería tener alumnos satisfechos, el estar satisfecho produce alegría”. En cambio, “la insatisfacción produce ansiedad, displacer, tensión. Lleva a la hiperactividad, la agresión y la desconexión. El alumno está inquieto por la insatisfacción”.
Así, invitó a replantearse si la pedagogía no debería ser contextual: “la pedagogía contextual tiene en cuenta las condiciones del educando, el educador y el ambiente. Es adecuada a cada contexto y estimula el desarrollo”. Y agregó: “Se acabó la escuela del niño, es la escuela de la familia”.
Sobre esto, añadió que el contexto “tiene que ser tenido en cuenta siempre: saber si el alumno desayunó, si se pelea con los padres, más allá de si puede saber de Geografía… encontrarle un sentido a la vida más allá de Colón y sus viajes”. Y propuso “aflojar un poco. ¿Por qué no charlar, no escuchar una canción de vez en cuando en el aula?”.
Limitar
Por otra parte, el docente aseguró que “límite no es castigo, violencia ni maltrato. El límite es establecer una frontera, a través -por ejemplo- de códigos de convivencia, respeto por la persona, consenso y charlas”. En cambio, señaló que el castigo “siempre tiene secuelas, hace daño, es atemorizante”.
En este sentido, Wernicke aconsejó “hablar con un niño o adolescente con actitud respetuosa, mostrar que se ha entendido su sentimiento”, indicando además que “es normal que haya límites, tenemos que poner límites, trabajar el tema con los padres. Hay que mostrar firmeza y claridad, consensuar, cumplir y hacer cumplir, enseñar el autocontrol y no sobreproteger”.
Por lo enunciado, el pedagogo afirmó que “el fin último de la educación es la salud, la armonía biopsicosocial. Tenemos que reemplazar, después de miles de años, la pedagogía del control”. Y agregó: “No existen niños malos, sino niños a los que hemos dejado insatisfechos”.
La frase
“No existen niños malos, sino niños a los que hemos dejado insatisfechos”, expresó Wernicke.
La escuela y el country
En diálogo con El Diario, Carlos Wernicke opinó que “el fenómeno de los countries y barrios cerrados se va a agotar en sí mismo, porque el que llegó allí como un nene pudo gozar de andar en bicicleta por la calle, pero después se hizo adolescente y, como es un gueto, llega un momento en el que se hace aburrido. Con un agregado que es terrible: no se conoce la vida de otras clases sociales, otras culturas. Así llegan muy inmaduros a la vida adulta. Tienen un muy buen inglés, pero no conocen las subculturas de su propio lugar”.
Y agregó: “Son niños a la buena de Dios, que tienen el mejor televisor, la tablet, la laptop, pero no tienen a alguien que les vaya indicando cuál es el mundo de los valores”.
