Durante los últimos cuatro años y medio ha sido este un espacio en donde volcar mi mirada, mis sensaciones ante aquello que observé en situaciones y personas que van y vienen por nuestras calles, por nuestros barrios. He podido camuflar, entre palabras que contaban algunas cuestiones, mucho de lo que habitó en mí. La gratitud es enorme. Son momentos de nuevos desafíos que ocuparán muchas horas, hasta de descanso, también es un ciclo de cambio de piel, de modificar para no repetirme a mí mismo. Hace algún tiempo que no me gusta lo que veo en la calle y no me refiero sólo a la economía, sino sobre todo a lo que no acontece, la falta de novedad. Claro que esa inconformidad es nada más que una mirada, que tal vez apunta hacia un espejo, quiero decir que quizás sea yo, desde mi lugar, el carente de innovación contestataria, el que con pucho en mano no hace movimiento alguno y que se reitera de la misma manera sobre los mismos asuntos hacia las mismas personas. Por otra parte, entiendo que ha cambiado el modo de transmitir, la inmediatez y la tensión que se le exige a las cosas nos impone una nueva búsqueda en el lenguaje, una reinvención que nos permita procesar y emitir aquello que tenemos para contar y que en verdad tenga llegada. Muchas de mis certezas han de sobrevivir a este paradigma de la agresión que alaba lo efímero, otras verdades sin embargo caerán como moscas. Suelo desconfiar de las personas que piensan absolutamente igual a pesar de las patas de gallo que nos dibuja el tiempo.


