A 40 años de haberse vivido con dolor palabras y frases tales como dictador, dictadura, terrorismo, golpe de Estado y en plena vigencia de los derechos humanos que otorga la democracia y que por la eternidad anidará en el corazón de los pueblos; reseño, estimados lectores, representantes vegetales arbóreos que han sido plantados en momentos de felicidad, de bienestar, de sueños compartidos y sobre todo en tiempos de paz.
Porque la sociedad jamás plantará árboles en tiempos de guerra, porque en esos momentos todo es destrucción, y plantar un árbol es pensar prospectivamente y sustentablemente en el futuro. Solo se planta un árbol cuando se está en paz.
Y entre estos conspícuos árboles con vida verde necesito recordar a nuestro Jacarandá plantado el 25 de enero de 1998 en memoria, y para que nadie se olvide del crimen de José Luis Cabezas, que se halla ubicado en nuestra plaza central 12 de Octubre en la esquina de las calles Rivadavia e Hipólito Yrigoyen.
Este árbol es testigo no solo de hechos esporádicos y crueles sino también de toda una historia como Nación, como Estado, pues nativo, es autóctono, con nuestro mismo origen, y su especie trascendió duras etapas socio-económico-políticas y hasta sus flores colorearon la pegadiza canción de nuestra María Elena Walsh.
Existen longevos ejemplares de Jacarandá en patios de antiguas familias pilarenses, y otros jóvenes renovales están siendo plantados en veredas y predios verdes nuevos.
Sus troncos tienen corteza rugosa, parda oscura, con pequeñas placas irregulares, es una especie de gran porte llegando a alcanzar más de 20 metros de altura.
Por ser de la familia de las Bignoniáceas, tiene hojas compuestas y opuestas, caducas para el invierno de 25 a 40 centímetros de longitud, de 10 a 25 pares de foliolos, lanceolados, mucronados con la cara superior verde más oscuras que la inferior y con raquis rígido.
Las flores son cigomorfas y hermafroditas, en racimos con cáliz pequeño campanulado, corola tubular celeste alilada con 5 lóbulos, 4 estambres y gineceo largo y bífido.
También se lo llama Tarco, es nativo del NO argentino y hoy en día, en una semana declarada para la memoria de una época de horror y crueldad en la historia de nuestro país, se halla con una brotación franca y follaje tupido.
Queridos lectores: hemos depositado la memoria de nuestro pueblo en estos representantes tan nobles de la vida vegetal, los árboles, que sin olvidar sus llamados a crecer, a florecer, brotan y viven haciéndonos recordar que aun en los casos más aberrantes puede haber perdón y esperanza en el verde de sus hojas, porque nuestra sociedad argentina es solidaria, de bien común y perseverante como el espíritu gaucho de nuestro ejemplar de Jacarandá.