Aunque el propietario lo describía como “casa de departamentos en propiedad horizontal”, el antiguo caserón se había convertido limpia y llanamente en uno de los pocos conventillos de aquel Pilar ya desaparecido.
En torno a un patio repleto de macetas, en cuyo centro reinaba un aljibe derruido, distintos habitáculos, a los que pomposamente llamaban “piezas”, se apoyaban unos contra otros. Algunos habían sido construidos con tablas sin cepillar, otros con chapas de cinc o fibrocemento, los menos con mampostería.
Todo lucía encalado y grandes números de espantosa caligrafía identificaban las habitaciones. Las más antiguas, hechas con ladrillos asentados en barro y cubiertas con tejuelas, tierra y chapa, formaban parte del edificio original, una amplia casona que supo ser de las mejores del pueblo a fines del siglo XIX. El resto iba descendiendo en calidad de materiales y precio de locación a medida que se adentraba en el largo terreno. Al fondo, detrás de un cerco de ligustros, se ocultaban las letrinas, consistentes en cubículos provistos de un inodoro a la turca y un balde que cada vecino debía llenar en el aljibe antes de hacer uso de los precarios sanitarios.
En una de las piezas más pobres, amueblada sólo con una vieja cama de hierro y un gran cajón de madera que cumplía las funciones de baúl y mesa, se alojaba Juan Finestrini y su escuálida mujer, Mafalda.
Juan no tenía trabajo ni lo buscaba. Durante un tiempo levantó quiniela, pero al no pasar una jugada que resultó ganadora se vio en líos con el capitalista. Este se hizo cargo de la deuda para salvar su fama de seguro pagador, pero ordenó a sus esbirros propinar al pobre vago una paliza ejemplar.
Mafalda era la única que paraba la olla en esa casa donde rara vez la cacerola se ponía al fuego.
La pobre tísica trabajaba por horas en casas de las familias mínimamente acomodadas del pueblo. Sólo la llamaban para fregar pisos o lavar la ropa a mano, cuando aún no se había difundido el uso del lavarropas y resultaba más barato pagar a una lavandera. Lo poco que obtenía por su trabajo lo gastaba su marido en el bar o en los cigarrillos Brasil, consumiendo hasta dos atados diarios.
Las vecinas del conventillo, al verla cada vez más encorvada y demacrada, tosiendo invierno y verano, le aconsejaban echar de la pieza a “ese hombre que no sirve para nada”. Pero Mafalda no quería dejarlo. Se había prendado de él cuando, acompañando como guardaespaldas a un candidato a gobernador, había pasado por su Arrecifes natal en una gira proselitista.
Ella no supo leer el significado de su traje brillante por el uso, los zapatos deformados, los puños deshilachados de la camisa y la colonia barata que usaba después de afeitarse, por eso no dudó en cargar sus pocas cosas e irse con él abandonando la casa paterna.
Cuando llegó a la pieza del conventillo pilarense, Mafalda se deprimió, pero ya había quemado las naves y no podía volver. Eso sí, logró que a la semana él aceptase casarse por civil y por iglesia, aunque las alianzas fueran de cobre.
Le bastaron pocos días a la mujer para comprobar que la comida también escasearía a menudo y comenzó a trabajar para remediarlo.
La entrada de los primeros pesos hizo que Juan abandonase para siempre sus ocupaciones esporádicas. “¿Para qué voy a laburar si ya trabaja mi jermu y en casa somos nosotros dos solos?”
No tuvieron hijos pero, como en aquel entonces la virilidad se relacionaba directamente con la capacidad para reproducir, Mafalda asumía la responsabilidad declarándose públicamente estéril. “Soy yo la que no sirve. Juan hubiese tenido un montón de críos si se hubiese casado con una mujer sana y fuerte”, comentaba por las tardes, cuando las vecinas se reunían a tomar mate en el patio y, en acuerdo no expresado, llevaban para compartir pan con manteca y dulce a fin de que la pobre tísica se alimentase algo mejor.
Cuando Finestrini regresaba a casa por las noches, después de sus interminables partidas de truco o mus en los bares en que aún le fiaban ginebra, su mujer siempre lo esperaba despierta. Fuese a la hora que fuese, en verano apantallándose bajo el emparrado, en invierno junto al brasero apenas encendido, Mafalda aguardaba con la cena caliente. A veces, cuando la plata no había alcanzado, ella mentía ya haber comido y servía a su marido el único plato de guiso. También lo vestía, comprándole camisas con las monedas que iba ahorrando en el frasco vacío de Toddy que le servía como alcancía.
Un anochecer, la tísica volvía de planchar en una casa cercana a la estación del ferrocarril Urquiza y alcanzó a ver a su marido haciéndole arrumacos a una morocha jovencita y rotunda que a veces baldeaba las veredas en lo de Sánchez Balcarce. Estaban tan entretenidos que no la vieron y ella, aprovechando la distracción de ambos, volvió sobre sus pasos para no ser descubierta.
Esa noche, cuando Juan regresó, Mafalda le sirvió la cena como siempre y hasta le puso el ladrillo caliente en la cama para que se entibiase los pies; pero una hora después de haberse acostado, los vecinos del conventillo se despertaron a causa de los alaridos desesperados del vago. A medio vestir se precipitaron todos hacia el cuartucho del fondo y descubrieron, horrorizados, a Finestrini que, con sus últimas fuerzas, trataba de contener el enorme chorro de sangre que surgía de su entrepierna. En un rincón, inmóvil y con los ojos extraviados, Mafalda sostenía en una mano la navaja barbera de su marido y en la otra, el pene sanguinolento que acababa de cercenar.
Estuvo presa. Cuando salió, volvió a Arrecifes, pero hasta no hace mucho venía a Pilar de vez en vez para poner flores en la tumba de Finestrini.
