Mitos y leyendas: El cine también tiene su fantasma

por Manuel Vázquez

21 de mayo de 2011 - 00:00

 

 Claro que me acuerdo del caso- me dijo doña Carmen mientras yo encendía el grabador y me disponía a escuchar una amena charla de casi una hora que luego transcribiría casi textualmente expurgándola, claro está, de las múltiples digresiones de la anciana.

“Recuerdo que todo Pilar estaba convulsionado mientras se construía el cine Gran Rex, frente a la plaza. Salvo la iglesia, era el único edificio de altos y ocuparía casi un cuarto de manzana. En esa época, se consideraba todo un adelanto para la ciudad, aunque entonces sólo era un pueblo de casas bajas y calles de tierra que, por el invierno, se convertían en un chiquero.

La obra del cine comenzó en la primavera. Lo recuerdo porque en el terreno había unos hermosos ciruelos florecidos que debieron hachar para iniciar los trabajos marcando el terreno y cavando un gran pozo para apagar la cal. No sé si usted sabe que antes se llevaba a las obras la cal viva, y se la apagaba allí mismo con agua, levantando una temperatura tremenda. Una señora conocida mía, italiana ella, se había caído de chica en uno de esos pozos, y a los sesenta años tenía las piernas aún marcadas por las quemaduras.

Bueno, vuelvo al asunto para no perderme. Además del pozo, armaron en el terreno dos casillas de madera para alojar a unos albañiles que venían desde Pergamino y aquí se quedaban hasta terminar su cintrato. Uno de ellos, a quien si mal no recuerdo le llamaban El Turco, era bastante inclinado al vino y, según decían, cada día, al final del trabajo, se pescaba unas monas de Padre y Señor mío.

Durante una de esas borracheras, volviendo a la casilla para dormirla en paz hasta el día siguiente, parece ser que El Turco tropezó y cayó a uno de los pozos llenos de cal con agua sin darse tiempo siquiera a pegar un grito. El pobre infeliz se ahogó allí dentro teniendo sólo al cielo como testigo de su desgracia.

Al día siguiente, cuando los compañeros notaron su ausencia,  creyeron que el borrachín se había quedado dormido en el hueco de alguna puerta como otras veces había hecho, pero al ver que anochecía y no regresaba, comenzaron a preocuparse.

Quien estaba al frente de la obra, que si no me equivoco era un tal señor Truffa, envió a los otros albañiles a que lo buscasen por todo el pueblo pero, claro está, nadie dio con él.

Aunque extrañados por la desaparición, esa noche hicieron un atado con sus cosas y lo acomodaron en un rincón de la casilla por si venía a buscarlo.

Recién a la semana, mientras sacaban cal del pozo, descubrieron el cuerpo del pobre Turco. No le quiero decir a usted en qué condiciones lo encontraron después de que la cal hiciese lo suyo; con decirle que los propios familiares, cuando vinieron por él, no pudieron reconocerle.

Pasaron unos cuantos meses y ya eran otros los obreros que se ocupaban de la construcción, porque en aquel entonces estaban los que cavaban los cimientos, los que los llenaban, los que levantaban paredes… bueno, que cada uno tenía su especialidad.

Algunos de los nuevos albañiles también se quedaban a dormir en el predio. Estaban ellos cenando a la luz de un sol de noche cuando vieron como una columna de humo blanco que flotaba sobre el pozo de cal en que había caído El Turco.

Como no eran de Pilar y desconocían lo sucedido, se acercaron para ver mejor, y allí se dieron cuenta que el humo iba tomando forma humana en la que con claridad podía notarse hasta un rostro y un par de manos moviéndose lentamente.

Ni hace falta que yo le cuente el susto que se llevaron estos pobres diablos que, aunque eran más de las diez de la noche, marcharon hasta la casa del constructor a contarle lo que habían visto.

Aunque sin darles mucho crédito y atribuyéndole la visión al vino de damajuana que bebían para bajar el guiso de la cena, el constructor aceptó ir la noche siguiente a ver si volvía a suceder el extraño fenómeno. Bebía su café en un jarro de loza (era italiano y nunca pudo acostumbrarse el mate) cuando la humareda blanca surgió del pozo. No necesitó mirarla dos veces para reconocer en ella la figura del obrero ahogado en cal unos meses atrás.

La noticia corrió como un reguero de pólvora por el pueblo que, al día siguiente, intentó franquear el vallado de madera para llegar hasta el pozo y mirar en su interior.

Las damas de la Sociedad Vittorio Emmanuele III, propietaria del futuro edificio, convocaron a un sacerdote para que, en medio de la obra en construcción, rezase un responso por el descanso eterno del desgraciado albañil. Algunos vecinos, en secreto, también llamaron a una famosa curandera para que enviase el alma del muerto al cielo o al infierno de una buena vez, sin que se le permitiese seguir asustando a los mortales.

No se sabe si por obra del cura o de la bruja, el fantasma no volvió a verse, pero ningún obrero quería dormir allí y la mayoría de los pilarenses nos cruzábamos a la vereda de la plaza cuando debíamos pasar por la obra.

Cuando se inauguró el edificio, creo que en 1940, fue todo un acontecimiento. El frente se parecía al de los cines de la Capital y hasta tenían acomodadores con uniforme y un quiosco donde vendían caramelos finos y bombones, pero aunque usted no quiera creerme, hasta los invitados especiales, recordando la aparición, tenían recelo de asistir a la primera función del cinematógrafo.

Así y todo, los principales del pueblo fueron de lo más emperifollados a estrenar las butacas relucientes y los pisos de pinotea.

Una amiga mía noviaba con el operador y por eso yo también pude entrar para la primera función, aunque de pie, en el pasillo y al lado de la última fila del pulman.

Cuando se apagaron las luces y todo quedó en la más completa oscuridad, se levantó en la sala cierto murmullo de espanto que desapareció al iniciarse la proyección;  pero no habían pasado aún diez minutos de cinta cuando apareció en la pantalla una figura fantasmal que se desplazaba de un lado a otro sobre los personajes del filme.

¡Se armó un desparramo allí dentro! ¡Hubo tal griterío de mujeres y empujones de hombres! Mire usted, fue tal el susto que, después de calmado el alboroto, cuando terminó la función y los que habían quedado hasta el final se retiraron, los acomodadores debieron recoger del piso más de una docena de sombreros y varios zapatos perdidos en la estampida.

El novio de mi amiga afirmaba que algún gracioso de los que nunca falta había interpuesto un monigote de cartón entre el proyector y la pantalla, causando la sombra que asustó a la gente; pero lo cierto es que por mucho tiempo nadie quería sentarse en las primeras filas de butacas del cine. Usted me dirá que el motivo era porque desde más lejos se ven mejor las proyecciones, pero yo le aseguro que hasta cuando venían compañías de radioteatro a hacer sus representaciones en vivo, las tres o cuatro primeras filas quedaban vacías.”

Me despedí de doña Carmen y volví a casa para transcribir su relato, pero antes no resistí la tentación de pasar por el edificio en que estuvo el Cine Rex y entrar en el comercio de electrodomésticos que hoy ocupa el predio. Según la abuela de La Lonja, el famoso pozo de cal estaba debajo del sitio que luego ocupó la pantalla y donde hoy, si no me equivoco, se encuentra el depósito del negocio.

Espero que los empleados del local no lean este relato y que, si lo hacen, lo tomen sólo como las confusas memorias de una simpática anciana u otro mito pilarense.

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