Mitos y leyendas: Viejos carnavales de Pilar

5 de marzo de 2011 - 00:00

 

“Los carnavales de aquel entonces sí que eran divertidos”, comentó doña Carmen, la abuela de La Lonja mientras aceptaba un único mate. “Si llegase a tomar más de uno, no quiera usted saber la pataleta de hígado que me daría”.

Instada para hablar ante mi grabador, la nonagenaria continuó explayándose con esa gracia hispana que no ha perdido pese a los muchos años que lleva en nuestro país.

“Yo conocí esto del juego con agua cuando llegué a la Argentina. Allá, en Europa, como el carnaval cae en invierno, a nadie se le ocurriría salir a mojar a otro.

Aquí, en Pilar, durante toda la semana anterior al carnaval, los niños andaban en barras, desde la mañana, con tachos y baldes de agua listos para dar un buen chubasco a cualquier mujer que se les cruzase. Y no vaya usted a creer que las señoras mayores se salvaban de aquellos granujas. ¡Qué va! Ellos primeros buscaban a las jovencitas pero, si no las había, descargaban su artillería de agua sobre la que se les cruzase, y aunque llevase luto, que por aquel entonces era algo que se respetaba mucho.

Llegados ya el lunes y el martes de carnaval, que entonces eran feriados, a la hora de la siesta, los adultos también se sumaban al juego con agua. A esa hora hasta con mangueras se empapaban los vecinos riendo a carcajadas mientras corrían dando y recibiendo chubascos cuando el sol de finales de febrero o principios de marzo se ponía más bravo.

Al atardecer, terminado el juego, las señoras sacaban a escobazos el agua que se quedaba empantanada en las veredas de ladrillos gastados, y entonces aparecían las mascaritas más jóvenes. Eran grupos de muchachitos que recorrían las calles disfrazados con trajes viejos, con ropas de sus madres o con antiguos vestidos de novia que habían pertenecido a la familia. Yo siempre pensé que en esos días, vistiéndose de mujer, se permitían dar rienda suelta a sus gustos los que se sentían más mujeres que hombres; porque entonces estaba muy prohibido hacerlo durante el resto del año, no como ahora, que una de mis nietas va siempre como un muchacho y el novio de la menor parece una señorita.

Le sigo contando, y usted no me deje ir por las ramas. A eso de las siete de la tarde, las chicas que ya estaban en edad de ir a bailar comenzaban a prepararse. Había bailes de carnaval en Atlético, en Sportivo, en el San Lorenzo y en el Peñarol, aunque allí se hacían sólo si la noche era linda, ya que era sólo una pista sin techo.

Muchas muchachas llevaban semanas cosiendo los vestidos que estrenarían en el baile y algunas, las hijas de las familias ricas, llegaban a hacerse coser un vestido distinto para cada noche de carnaval. Yo, como me daba maña para coser, me hacía siempre de algunos pesos en esos días, y mi tía, que eran muy buena planchadora, sudaba la gota gorda con las enaguas almidonadas que se usaban debajo de las polleras plato.

A eso de las nueve de la noche empezaba el corso en la calle Rivadavia. La Municipalidad colgaba guirnaldas con lamparitas de colores, hileras de banderines y unos mascarones enormes que asustaban a los más pequeños. Durante el desfile de máscaras y coches, las familias ocupaban las veredas y algunas reservaban mesas en los bares que estaban sobre esa calle. Como a esa hora estaba prohibido jugar con agua, los niños y jóvenes se divertían con lanzaperfumes o arrojándose papel picado y serpentinas mientras las murgas y las carrozas bastante pobretonas pasaban al sonar de la música que salía de parlantes con forma de bocina puestos a lo largo del corso.

Formando parte de las murgas o sentados en los coches particulares adornados que también se sumaban al desfile, iban algunos disfrazados que gastaban bromas con el público poniendo voces de mascaritas. Todos querían descubrir quiénes eran los enmascarados y por allí los sacaban por un anillo, un reloj o la manera de pronunciar; como el primo de mi marido, que se había vestido de Parca con una máscara de calavera, pero al que todos reconocían cuando hablaba porque era tartamudo.

Algunas señoras jóvenes iban orgullosas, con sus niños pequeños luciendo disfraces de dama antigua, Sandokán, el Zorro, la gitanilla, la holandesita, los negritos candomberos y otras creaciones que ellas mismas habían cocido a puro pedaleo sobre la Singer.

A las doce de la noche, una bomba de estruendo disparada por un empleado municipal, anunciaba que el corso había finalizado y entonces las familias rumbeaban hacia los bailes, donde las niñas lucirían como flores de mil colores entre los serios trajes que los hombres debían usar obligatoriamente aunque la temperatura llegase a los 40° y los salones atestados no podían refrescarse más que con unos ventiladores de mala muerte.

La bomba municipal, no sólo avisaba el final del desfile, sino que también daba vía libre para el juego con agua. En una de esas noches calurosas, dos señoronas pilarenses, con más años que el Tratado, contemplaban el corso desde el ventanal de su casa que daba sobre la calle Rivadavia. Las dos mujeres, que eran conocidas por todos y tenían más humos que una chimenea, saludaban con inclinaciones de cabeza los que pasaban, como si se creyesen de la realeza o algo así.

A pocos metros de ese balcón, una barra de muchachotes vaciaba botellas de cerveza mientras piropeaban a las niñas que paseaban en el corso, y lanzaban burlas de órdago a las que se creían niñas pero, a pesar de los antifaces, se notaba que ya no se cocinaban al primer hervor.

Entre esos muchachos, había uno que era la piel de Judas y que dispuesto a hacer lo que fuese con tal de escuchar como la barra le festejaba sus gracias y ocurrencias. No es de extrañar entonces que, cuando lo desafiaron a mojar a las viejas del balcón, recogiese de inmediato el guante sin medir las consecuencias.

El diablejo llenó con agua un enorme inflador para bicicletas, y esperó pacientemente a que finalizase el corso. Cuando sonó la bomba de estruendo y las familias abandonaron la plaza rumbo a los clubes, los jóvenes comenzaron la batalla con baldazos y hasta con sifones, pero las ancianas, confiando en que nadie se iba a atrever con ellas, permanecieron en el balcón contemplando las corridas y los chubascos de los muchachos, hasta que de pronto se les apareció la figura de una especie de demonio que, trepado sobre la balustrada, les descargó el chorro de agua que surgía con fuerza del inflador.

Una de las mujeres, después de la primera sorpresa, comenzó a apalear con su bastón al muchachote atrevido, pero la otra, cuando recibió en pleno pecho el azote del agua fría, cerró los ojos y no los abrió nunca más.

Yo no sabría decirle si era llegada su hora o el paro cardiaco que le dio fue a causa de la sorpresa. Nadie pudo explicarlo, pero el muchachón tuvo que desaparecer de Pilar por varios meses, hasta que las aguas se calmaron. Sin embargo, los sobrinos, únicos parientes de la señorona fallecida, estaban muy ocupados en repartirse la herencia como para perder el tiempo buscando al autor de su anticipada fortuna.”

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