Hace pocos días empecé a escribir estas líneas con el fin de comentar sobre el caso de un chiquito baleado en un shopping de la zona oeste, lamentablemente tuve que agregar un párrafo de algo un poco más cerca.
Increíble pero real, en pleno shopping, por suerte lejos de acá, en el súper concurrido patio de comidas dos bandas de chicos o no tanto se pelean por una gorra, de esas que usan ahora, las que distinguen la banda, se pelean a morir, o mejor dicho a matar. Como los golpes no alcanzan sacan el arma, esa que llevan “por las dudas” y chau, “dame la gorra porque te quemo”, y quemó. Quemó a un chiquito que como cualquiera de nuestros hijos, sobrinos, primos o hermanos están pasando el pre o post paseo tomando un tiempito para comer algo.
¿En qué mundo vivimos?, lo que puede ser una pelea callejera de otros tiempos hoy es una batalla a muerte, donde siempre tiene que haber un ganador, no existe la posibilidad de lo dejamos ahí, es “o vos o yo” y “acá o en cualquier otro lado”. El problema es además de lo que la disputa misma significa, que la resolución no mide lugares ni términos de soluciones, es la verdad de uno o el otro, nunca la surgida del consenso.
¿Es posible que alguien armado entre a un shopping?, Sí, tan posible como que cualquiera camine armado en la calle, tenga un arma en su casa o entre con ella a un banco. ¿Quién es el descuidado?, ¿el banco o el shopping, o el local, o el transeúnte, por no tener un detector de metales a mano?, No, el culpable es el Estado que debería disponer la seguridad interior, porque para eso votamos y pagamos impuestos.
Por ahí se escucha que la sociedad “lleva” a las personas a cometer delitos y entonces tienen un atenuante que les aligera la pena que les pudiere caber. Esta sociedad despectiva, cruel, sin valores, esta sociedad que sí los tenía y que la vida misma se los quitó o en el mejor de los casos, los guardó. ¿Culpa de?, culpa de todos, porque entre todos hacemos, o mejor dicho permitimos que quienes deben castigar no lo hagan, que quienes deben detener no lo puedan hacer, que, en definitiva, podamos caminar por las calles.
Tiempo atrás escuché de un político al que respeto mucho y que por eso mismo no lo voy a nombrar, una frase que denota un poco el sentimiento de muchos con los que hablé toda esta semana; “hay que volver a la policía a la que los delincuentes le tenían miedo, mucho miedo, y eso no es abuso de poder, es simplemente orden”, cada policía debería cobrar un sueldo alto, ese sueldo que seguramente no van a querer perder por cualquier desliz, ya que sólo un desliz los desvincularía para siempre de la fuerza.
Ellos para detener y poner frente a la Justicia, y esa misma Justicia para ejemplificar dónde y cuánto tiempo van a pasar quienes se equivocan. No existe ninguna justificación para robar, para el delito más allá del hecho de cometerlo, la Justicia enumera agravantes y atenuantes, muchas veces enroscados en esos caminos legales tan inentendibles como “arreglables”.
Mientras no consideremos al delito como el mismo nombre lo dice y actuemos en consecuencia, volviendo a cualquier persona a recapacitar ante él porque la pena puede ser terrible y por sobre todas las cosas, cumplible, seguirá habiendo delincuentes incontrolables, total, no pasa nada.
