Tras el agónico tanto de La Pulga y el triunfo de Argentina, centenares de pilarenses se congregaron en la plaza 12 de Octubre para celebrar. Todo el color de un festejo cargado de esperanza.
22 de junio de 2014 - 00:00
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Los pilarense coparon la cancha a ritmo de bombos y redoblantes..
Al final, todo se redujo a ese instante decisivo. Todo el nerviosismo contenido durante 90 minutos se diluyó con ese zurdazo, con esa arremetida ya característica del crack argentino. Una pincelada, una porción brevísima de talento puro alcanzó para teñir las calles de Pilar de celeste y blanco.
Cuando todos los caminos parecían cerrarse, ese golazo de Lionel Messi a los 91 minutos consumó la victoria de Argentina frente a Irán. Su gol acalló críticas, nos clasificó a los octavos de final y desató el festejo contenido, aunque no ocultó la pobre actuación del seleccionado.
Está claro. En el fervor de los festejos, no hay grises. Las adolescentes con la cara pintada que agitan desde la caja de una camioneta, los tres que van apiñados en una moto con todo el cotillón que pudieron cargar, las familias con banderas en los autos y los que se animan a la caravana a pie. Todos tienen una fe ciega.
El equipo puede jugar mal o bien, pero cuando gana despierta eso que solo se ve cada 4 años y, ayer, ese sentimiento tuvo su epicentro en la plaza 12 de Octubre de Pilar.
Apenas finalizado el partido y como cada vez que la selección de fútbol alcanza su primer objetivo en un mundial (clasificar a octavos), la gente se concentró para celebrarlo.
Unas 300 personas se pasearon y desfilaron durante media hora. Primero en auto y luego a pie, cuando un grupo encabezó una pequeña caravana detrás de un bombo y varias cornetas.
Se concentraron en la esquina de Rivadavia y Lorenzo López, y, ante la consulta de El Diario, ven a Messi como un salvador. Acá nadie discute a La Pulga. Si están acá festejando, es porque confían en que el 10 nos guiará hasta la final. “Poné que Messi es indiscutible.”, ordena José, ante el anotador y la cámara. José vende banderas y cotillón en una esquina pero, aclara, el hincha está primero. “Fue un partido difícil. Poné que es la figura. Nos salvó”, agrega.
No lo dice, pero seguramente habría deseado otro partido, uno más convincente. Pasó una hora y la multitud no crece. El climax duró poco y el festejo empieza a diluirse. Quizás por la forma, porque el equipo no brilló, pero la celebración por el triunfo ante Irán está muy lejos, por ejemplo, de las grandes caravanas que se formaron en los mundiales de 2006 y 2010.
Pasaron 2 horas y la familia que todavía se pasea agitando banderas por las ventanillas del auto está fuera de contexto. José mete sombreros en una caja, empieza a levantar el puesto.
“Vas a tener que venir seguido porque hasta la final no paramos”, me dice, con una fe ciega. “Estamos para campeones”, piensa.