Por Celeste Lafourcade
Por Celeste Lafourcade
Una de las escasas viviendas centenarias que permanecen en pie en el centro de Pilar colgó el cartel de “vendida”. La reciente operación inmobiliaria vuelve a poner sobre la mesa la importancia de la conservación de las fachadas, de modo tal que con el cambio de manos y de funcionalidad de ciertas propiedades, no se vea afectada la huella urbana.
Se trata de la casa ubicada en Lorenzo López 821, entre 11 de Septiembre y Alsina, que durante más de 50 años perteneció al matrimonio conformado por Roberto Álvarez y Nelly Kisnerman, en el que crecieron sus tres hijos y varios de sus nietos.
Una puerta de madera doble hoja castigada por el tiempo y dos ventanas enrejadas conforman la fachada del inmueble construido en una planta que según la inmobiliaria Leonardo Salmini, que estuvo a cargo de la venta, cuenta con unos 103 años de historia.
Deshabitada desde hace seis años, cuando Nelly (fallecida en 2018) se trasladó a vivir con su hija a Córdoba debido a sus problemas de salud, la casa sufrió el deterioro lógico del paso del tiempo. No obstante, su valía arquitectónica sigue embelleciendo la cuadra.
En su estilo se deducen influencias italianas de principio de siglo XX propias de los inmigrantes que arribaban a estar tierras y adaptaban de forma libre -tanto como sus recursos y su memoria se lo permitían- de los palazzos típicos de su patria. Esto se refleja sobre todo en los marcos de las ventanas: dintel, jambas y antepecho con rasgos de arquitectura italianizante.
Fue allí donde Samanta Álvarez, tercera generación de la familia, pasó buena parte de su infancia junto a sus abuelos que adquirieron la vivienda a poco de casarse, a principios de la década de 1950.
En sus recuerdos, todavía resuena el crujido de los pisos de madera. También quedó grabada en su memoria la altura de los techos, las cerámicas en damero y lo pintoresco del zaguán que conducía al patio interno desde donde se distribuían las habitaciones.
El taller de bobinado de don Roberto (fallecido en 2014) funcionaba en uno de los ambientes y la cocina era propiedad casi absoluta de su esposa, que acostumbraba a empapelar las paredes con imágenes que recortaba de revistas y que mechaba con fotos de sus nietos.
El resto de la casa se compone de dos dormitorios y un patio exterior donde se instaló una pileta en las últimas décadas.
Finalmente, tras años de permanecer deshabitada, poco tiempo atrás fue vendida a un particular por una suma cercana a los U$S 90 mil y se estima que en el mediano plazo será reconvertida en oficinas.
Sin certezas sobre lo que ocurrirá con la casa de sus abuelos a la que la une un gran valor afectivo, Samanta reflexiona: “me encantaría que la conserven porque si la derriban es un pedazo de historia que se pierde”.
