Por Victor Koprivsek
En la década del cincuenta, cuando Del Viso era todo campo y la Panamericana no existía, Tito Villanueva se casaba con la que sería su gran compañera de toda la vida, Esmeralda Ema Pogliese, madre de sus 3 hijos, Adriana Beatriz, Luis Alberto y Ricardo Miguel.
Por aquel entonces el barrio William Morris, uno de los que están en disputa con Manuel Alberti, se llamaba “Las Torcacitas” y no había dudas, era parte de Del Viso ya que Alberti no existía como tal.
Entonces Villanueva comenzó a recorrer el camino de leyenda entre las calles fangosas de su lugar.
“Mi suegro era un apasionado del fútbol y los chicos lo seguían, le decíamos que era Martin Karadagián porque los pibes andaban todos atrás de él”, sonríe el yerno al evocarlo.
También vecino del barrio y miembro de una familia con profundas raíces delvisenses, Raúl Schaab, repasó en una entrevista la historia de “El Pulpo”, como lo conocían a Don Tito.
“Era un tipo que estaba en todo, principalmente en la Sociedad de Fomento, de la cual fue socio fundador”.
La institución a la que hace referencia es la conocida como “La Tierrita”, que figura en los papeles como Sociedad de Fomento Este de Pilar con cincuenta años de historia.
Allí se dictó clases hasta que se logró la escuela primaria N 28 y más tarde el jardín de infantes 907, todos levantados gracias a la voluntad de las familias del barrio.
Los Mayoral, Avercon, Schaab, Alarcon, Wesner, son algunos de los nombres que el recuerdo trae para sumarlos a la partida de quienes, queriendo o no, forjaron los cimientos del sentido comunitario, tan útil para el progreso de aquellos años y en estos nuevos tiempos también.
Y allí estaba en las filas primeras para ponerle el hombro a todo, Don Tito Villanueva.
“Él no quería figurar, armó una comisión de varios vecinos que todos los domingos durante un par de años estábamos ahí firmes para hacer pozos, levantar pared, poner techo, lo que sea”, asegura el yerno junto a su esposa Adriana, visiblemente emocionada al evocar con tanto orgullo a su padre.
“Siempre para los fines de año se disfrazaba de Papá Noel, me acuerdo que los comercios le daban caramelos y chupetines y él los repartía en el barrio”, recuerda ella.
“Había algunos chicos que le daban la cartita de Papá Noel a él, se emocionaba tanto”, dicen.
En las palabras de hoy se deslizan los tiempos de antes, para dibujar en los baldíos que ya no existen los primeros puntos de encuentro donde el futuro descansa y las anécdotas se deslizan suaves a la hora de la siesta.
Nombres llenos de mística aparecen, nombres que luego son rostros, rostros que se vuelven risas, risas que cruzan fronteras y calendarios para sentarse nuevamente a nuestro lado o pararse en la esquina del tiempo a mirar con asombro lo mucho que ha crecido el barrio en los últimos años.
Don Tito Villanueva es uno de ellos, en William Morris su nombre se alza como bandera de orgullo y de trabajo, mientras los niños corren atrás de una pelota buscando un gol sobre la hora para compartir con las madres y tías que festejan desde la esquina la vida sencilla de los barrios.
