Don Luis y Don Peralta

Cuando la vida se abraza en un cruce de esquina. Presidente Derqui, la ciudad del saludo y la amistad. La historia y las anécdotas de dos personajes queridos de la localidad.

30 de agosto de 2012 - 00:00

por Victor Hugo Koprivsek

 

Días atrás, mientras en Europa el seleccionado argentino le gana a su viejo rival, el alemán, acá, en un cruce de esquina, Presidente Derqui, se encuentra con su historia en la voz de dos legendarios vecinos que viven en el casco céntrico de la ciudad.

“Nací en Córdoba, en Villa del Rosario en el año 1922, el 6 de septiembre, voy a cumplir 90 años”, dice Don Peralta sonriente. Hombre de tierra y respetos, viejos códigos y mucha alegría pone brillo a sus ojos. Se casó en el año 1950 con Olga, su compañera. Tuvieron dos hijos, Alba y Marcelo.

“Con mi señora hemos sufrido mucho el frío, ahora tengo una estufa de 6.000 calorías, la prendemos en abril y la apagamos el 30 de septiembre”, suelta.

Escuchar a los mayores, rescatar esa sabiduría que sólo el tiempo enseña, es un tesoro que la vida nos regala.

 

-Y usted Don Luis, ¿cuándo llegó a Derqui?

- Yo vine en 1955, llegué de San Martín pero nací en Tucumán.

 

-Los dos son provincianos, ¿se extraña el pago?

- Sí, cómo no se va a extrañar-, suelta uno.

- Se extraña mucho el clima, Buenos Aires es muy húmedo-, dice el otro.

-En Tucumán vos pisás las heladas y sentís “crac” abajo del pie, pero no se rompe, después es una cosa que vos salís a pelar caña en pleno invierno y allá no se pela con luz, allá se pela nada más que con la luna, se voltea a la mañana surco por surco, venís macheteando y con la luz de la luna empezás a pelarla.

 

-¿De qué trabajó Don Peralta?

- Tengo 21 años de bodegas, Peñaflor 10 años, Furlotti 7 años, Grarfigna 4 años y medio y después me fui con mi señora a una maternidad de Haedo, Olga era enfermera y yo estaba en la parte de mantenimiento, después seguimos en lo de Marconcini. Y por último estuve en la cochería Ponce de León dando una mano, gente muy buena.

 

Don José Luis Brito, el “viejo Luis” cariñosamente, el 19 de marzo va a cumplir 73 años, hace poco la vida le jugó una extraña pasada, se le prendió fuego la casa y perdió todo. Gracias a muchos vecinos, a su compañera y su fuerza de voluntad pudo levantarla de nuevo.

“Había pocas casas cuando nos mudamos a Derqui, estaba Don Velárdez en aquella esquina, tenía un bar y una cancha de bochas”, señala por Iparraguirre para el lado de los bomberos mientras se acaricia la barba.

“Era cancha de tierra pero la pasábamos bien, con la botellita de vino, quien perdía pagaba”, se ríen.

Don Benítez, Pineda, Aranda, Maciel, Navarro, Cardozo, Moiselo, Mónaco, apellidos que sobrevuelan en la charla, mientras la bolsa de los mandados espera el regreso a las casas.

“Mirá si tendríamos que hacer un libro con la historia de Derqui, no nos alcanzarían las hojas”, vuelven a reír en la esquina.

 

-¿Cómo eran las calles en esa época? ¿Había luz?

- No había nada, una zanja nomás, puro barro, con decirte que el doctor Fulco se iba en sulky.

 

-¿Qué es lo más lindo que tiene Derqui?

- Para mí… la gente, soy amigo de éste, de aquel, te quiero a vos, lo quiero a él, a mí en Derqui… hasta los perros me saludan-, dice Peralta y suelta la carcajada otra vez.

 

-A mí la mayoría de las chicas me dicen: “¡Chau Luis, chau!”

 

La alegría se levanta como bandera de esperanza, como serena mansedumbre, en los rostros de los mayores se arremolinan las anécdotas al evocarlas.

Yo ya pasé las bodas de plata, ahora vienen las de lata”, dice Don Peralta, abuelo de cinco nietos y una bisnieta, 62 años de casado.

Mandados, respeto, recuerdos, palabras, esquina, reparo, barrio, paz, vecindad, cuántas cosas se entrelazan mientras la tarde rueda hacia la noche y las luces se preparan para encender las estrellas. El barrio sirve, el barrio acompaña.

 

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