por Victor Koprivsek
Pensando el barrio, refundando esquinas, caminando por las calles y reflexionando sobre posibles futuros y pasados, como piezas de un rompecabeza que intentamos salvar, así también anduvo Alejandro Coronel, hijo de Don Mario y Doña Elisa, hermano de Claudia y profesor de historia, quien hace poco partió de este mundo dejando un legado de huella y amistad.
El mismo que alguna vez escribió: “Lo que más me asombra es cómo un lugar tan pequeño pudo cruzar los destinos de tanta gente. Lo que más extraño… son los rostros y sonrisas de los que no están, personas que para el resto del pueblo se hicieron invisibles, pero que para muchos andan todavía derrochando alegría en cada una de las esquinas de Derqui”.
Esta ciudad crecida en sueños, esta patria de pocos, con bombos que baten murgas y poesías, esta ciudad con autos a todo volumen cruzando por las siestas, con persianas llenas de comercios amontonados, ciudad multitud sin cloacas ni agua corriente pero con vecinos que saludan y trabajan; esta ciudad acaso fuera uno de los entrañables desvelos de ese muchacho pibe de libro y bares, que eligiera preguntarse y preguntarnos: “¿Cuántos de nosotros donaríamos tierras para construir un pueblo como lo hizo Antonio Toro? Pregunta dura ¿No?... les aseguro que la respuesta sería más dura”.
Porque Alejandro Coronel eligió ser profesor y quedarse, trabajar acá y llegar a esos jóvenes, chicas y chicos de los barrios para ganarles estratégicamente el corazón, para acercarles no las fechas precisas de tal o cual batalla sino la historia oculta, sistemática e intencionalmente invisible.
“Moreno, Belgrano, Castelli, Monteagudo, fueron duramente criticados en su tiempo. Por solicitar una educación para todos, igualdad de derechos para los pueblos originarios. Ellos también eran jóvenes. Moreno, asesinado en altamar a los 33 años, nuestro Antonio Toro muerto alrededor de los 30, víctima de un certero balazo. Pero allí estaban, al igual que nuestros jóvenes ahora… construyendo sueños, regalando corazón, alma y vida, realidades”, escribió.
Y la palabra entonces, la semilla entonces, más todo cuánto queda; risa, abrazo, emoción, compañerismo, mirada, pie de un lado de la vereda sin excusas; sabiendo que es necesario tener una lectura social y política de la situación, sí, jugarse pero con acento puesto en el corazón.
“La espera valió la pena, en mis años de vida jamás había visto tanta gente junta en la plaza, tantas almas en un cálido 25 de mayo festejando el Bicentenario de la Revolución, festejando “Ser parte de Derqui”. Muchos chicos, juventud vapuleada a veces y señalada como pibes que no saben qué hacer de su vida, criticados por ese pecado que es no tener dinero o contención social, estaban allí, acompañando y participando, llevando a sus hijos a ver ‘su’ plaza. Es fácil sentarse a criticar desde un sillón, pero es ahí donde la facilidad se vuelve tristeza”, expresó en palabras de la fiesta vivida el 25 de mayo del 2010 en Derqui.
Su padre Don Mario fue autor del libro “Caminos de fe de mi pueblo”, la obra reúne un extenso trabajo de investigación local.
“Y aquí estoy mirando las fotos de mi padre en las calles de Derqui, majestuoso, inmortal, eterno. En un trozo de papel en el que cobra fuerza todos los días y parece volverse leyenda, se vuelve visible. Don Mario Coronel, que escribió un libro sobre Derqui en el que cuenta la historia de fe del pueblo, y pocos saben que tras largos años de juntar información, lo presentó en el Club Unión allá por diciembre de 2006. Luego su salud empeoró dejando este mundo dos meses después”.
Vaya pues este homenaje breve que ha de continuar en otras páginas, sobre la vida de un muchacho de barrio, su reflejo ensimismado, su andar de la casa al club, del aula a la vida, su legado y su pensamiento.
“Mediante una larga invisibilidad del otro, se ha ignorado cultura, historia, actualidad y derechos. La exclusión quitó protagonismo a mucha gente valiosa, sus voces jamás han sido tenidas en cuenta; es ahí donde el sueño de ese joven que ahora es calle y plaza, que ahora se agiganta al escuchar su nombre, Antonio Toro, debe volverse realidad. Su obra se expande por cada uno de los habitantes de su ‘Villa Toro’, rompe fronteras, se transforma y encuentra a Derqui en el planeta tierra”.
Sus alumnos lo extrañan Profe, les falta un amigo en el recreo, uno que tenía la mirada puesta en ellos y en su querido pueblo.