Por Víctor Ejgiel
¿Querés que te lo cuente? No creo que nadie quiera ser el oyente del cuento de la buena pipa, pero parece que en su nueva versión somos los permanentes receptores.
Lamentablemente es muy feo hacer leña del árbol caído pero cuando ese árbol no se cae solo sino que se encargan de serrucharlo por años para que caiga, no queda otra que volver a defenderlo como se hizo durante mucho tiempo, como se vino denunciando.
Pilar es un pueblo ferroviario, hemos tenido la suerte de no formar parte de la baja de estaciones que generó el gobierno justicialista de Carlos Menem, ese generoso privatizador que vació al Estado de sus bienes añejos. Puede que estemos de acuerdo con que algunas empresas en manos del Estado nacional no funcionen como corresponden, de hecho quienes éramos usuarios de trenes sabíamos que así era, desde mis años de colimba volviendo tarde y vaciando mis bolsillos ante el ladrón de turno, de la facultad volviendo a mi Pilar en la locomotora (porque en el vagón no se podía subir), año 88/89 o esperando que se liberen los frenos de emergencia que se activaban todos los días en lo que hoy es la nueva estación Sol y Verde, ligando las bombitas de agua o los piedrazos que algún chico que por su edad resulta impune de la pérdida de un ojo de algún pasajero.
Pero lo cierto es que la privatización pintada de los mejores colores del espectro, terminó siendo un buen arranque que no duró más de un año para transformarse en más de lo mismo, o tal vez peor siendo que además de recibir el valor del pasaje, del alquiler de cada puesto en la estación, el Estado les paga más de 4 millones y medio de pesos por día.
Cualquiera de nosotros si da plata con un propósito, mínimamente se encarga de ver si esa donación tiene el destino acordado, si no, no lo hace nunca más. Esta es la función del Estado, generar el subsidio correspondiente para que las líneas ferroviarias operen con normalidad como en cualquier país del mundo donde sin subsidio el tren no se mueve. Lo grave es que nunca jamás se encargó de controlar que el destino de esos subsidios sea aplicado para la función de destino. El tema es que ya no podemos hablar del desconocimiento, el Estado posee entes de control con gente a la que se le paga el sueldo para realizar estas tareas, existen los medios que se encargaron de avisar que este problema existe, y no sólo Clarín (porque algunos creen que miente), la misma gente que llena los libros de quejas de las estaciones, los accidentes ferroviarios anteriores, no se puede alegar desconocimiento.
Sumado a la falta de control, de quien es único responsable el Gobierno nacional, las mentiras de los anuncios y reanuncios que con bombos y platillos iniciaban tres veces el soterramiento del Sarmiento, que nunca empezó, la reapertura de los talleres ferroviarios en Córdoba adonde nunca llegó un solo vagón, cada tren del interior al que se subió para hacer un único viaje, la creación del tren a Uruguay que ya están anunciando su acortamiento por falta de rentabilidad. Todo es parte de la eterna connivencia del Estado con el amigo terrateniente encargado de vaciar las arcas públicas al bolsillo del gobierno de turno con cierto disfraz cada vez menos creíble pero con bolsillos cada vez más grandes. ¿Sabemos quién es el culpable del accidente de nuestro San Martin en San Miguel el año pasado? Nadie. Escuchar a los mismísimos mecánicos que por no perder su trabajo tienen que liberar formaciones que no contemplan las condiciones mínimas de servicio, nos da la pauta que esto no parece tener solución.
Siempre la mejor manera de encontrar la solución es reconocer el problema, pero cuando nunca nos creemos responsables de ello, jamás habrá vocación de solución, así estamos, así podríamos ser uno de los pobres 51 laburantes que no pudieron llegar. Por favor háganse cargo.
