La lista de Mabel, mi mamá

25 de noviembre de 2012 - 00:00

 

Por Mayra Lorenzo*

 

Dicen que la vida puede cambiar de un momento al otro, lo que nadie explica es cómo o por qué.

 

Veinte años atrás, Mabel Bastías se desempeñaba como docente en distintas escuelas públicas y privadas del Partido de Pilar. Tiempo atrás ya había puesto en marcha sus planes para formar una familia y poco a poco fue avanzando. Tomaba doble turnos e incluso enseñaba en algunos de los colegios más pobres de la zona, pero para ella esas experiencias fueron sumamente enriquecedoras; dicen que de allí obtuvo algunos de sus mejores recuerdos.

A fines de 1991 nació su primera hija, comenzando una nueva etapa de su vida. Madre primeriza, intentó ocuparse al cien por ciento de la pequeña, cambiando –por un tiempo- la docencia por un emprendimiento particular que le permitiera estar en su casa constantemente.

Tres años después, su vida dio un giro particular cuando debió mudarse del centro de Pilar a la localidad de Del Viso. En ese momento este cambio no pareció tan significativo, pero luego descubriría que iba a significar algo radical para su futuro.

Junto a la mudanza llegaba también un anuncio muy especial: estaba embarazada de su segundo hijo, el verdadero co-protagonista de esta historia.

 

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Desde la casa se escuchan ruidos similares a fuegos artificiales. Es una tarde calurosa de mediados de agosto de 1995, en la que no hay ningún partido de fútbol o celebración que justifique semejantes explosiones. Por curiosidad Mabel cruza la puerta de su vivienda y descubre que en la vereda de enfrente los cables eléctricos y un objeto metálico habían comenzado a incendiarse, generando esos estruendos que alteraban la tranquilidad de un barrio que comenzaba a desarrollarse.

Las chispas y un humo espeso comenzaron a extenderse hasta que un  vecino pudo solucionar la situación, ya que la empresa proveedora del servicio eléctrico no ofrecía respuestas.

 

 

Nahuel  nació el 16 de noviembre de 1995 y completó el cuadro familiar. Bastías dice que “Nahuel era un niño hiperactivo, inteligente, demandante y curioso. Además de que sacó dos características del padre: era juguetón y burlón”.

Durante el mediodía de un 4 de julio, mientras esperaban el remís que los llevaría a los tres al colegio donde Mabel había retomado su actividad docente, nuevamente presenció la explosión de lo que luego conocería como un transformador eléctrico. “Nunca me olvidé de esa fecha porque lo relacioné con las celebraciones estadounidenses. Decíamos: ¡mirá los festejos del 4 de julio! tenemos nuestros propios fuegos artificiales”, dice Mabel. Tiempo después, ambas explosiones iban a cobrar sentido y significado en su vida.

 

 

Un mes después de comenzada la primavera, Nahuel comenzó a expresar que le dolían los huesos y mostró signos de lo que en un principio se pensó que era una tortícolis. Mabel siguió al pie de la letra el tratamiento recomendado, pero el 24 de septiembre su hijo comenzó a levantar fiebre.

Ante este nuevo síntoma, lo llevó a la clínica Trinidad de San Isidro, donde una pediatra solicitó análisis urgentes. “En menos de media hora teníamos el primer resultado: tenía leucemia”. Al día siguiente se les presentaron los oncólogos y Nahuel comenzó su primer protocolo de quimioterapia.

Los meses fueron transcurriendo entre quimioterapias, bajones de defensa, análisis, punciones, descomposturas e internaciones interminables, pero algo más comenzaba a aparecer en la vida de Mabel.

Durante el tratamiento de su hijo, debió dejar nuevamente la docencia pero se incorporó como catequista en la iglesia de su barrio. Sus vecinos se acercaban y mientras pedían por sus familiares y conocidos comentaban algo que le llamó la atención: en la mayoría de los casos se trataba de personas con enfermedades oncológicas.

El número de afectados iba en aumento, dando origen así a una serie de cartas de lectores en diarios locales preguntando ¿por qué se muere la gente en Del Viso? La familia se puso en contacto con el ingeniero Rubén Corominola, quien tras una breve inspección ocular de la zona despertó el recuerdo de las explosiones al decir “me juego mi título a que en el suelo hay PCB”.

Además, el ingeniero hizo un trabajo de investigación al que denominó Informe Factores de Riesgo en el Barrio Del Carmen de Del Viso, pero Bastías también investigó hasta confirmar las sospechas: debajo de los transformadores que habían explotado en Villa del Carmen, la Secretaría de Política Ambiental de la Provincia de Buenos Aires (hoy OPDS) detectó PCB o bifenilos policlorados, mientras la denominada “Lista de Mabel” crecía a más de 500 afectados solo en su barrio.

 

….

 

Pasados casi siete meses, Nahuel culminó el primer protocolo con una remisión total de la enfermedad, y aunque parecía que todo terminaba, en realidad solo comenzaba una nueva seguidilla de controles quincenales al principio y mensuales luego, hasta que dos años y medio después tuvo su primera recaída.

“En junio de 2001 estábamos nuevamente internados y mucho más complicados que al principio. Comenzaba su segundo protocolo de quimioterapia; mucho más duro, además de la búsqueda de una médula para trasplante”. Desgraciadamente, ninguno de los integrantes de la familia tenía la compatibilidad necesaria como para donarle médula al niño, por lo cual comenzó una búsqueda internacional.

“El centro de búsqueda estaba en Estados Unidos y en la semana en que comenzamos los trámites fue el atentado a las Torres Gemelas. Nunca había pensado que no iba a llegar al trasplante hasta ese día. Todo comenzaba a complicarse y atrasarse, y los enfermos oncológicos lo que menos tienen es tiempo. Sentí que era la señal de que esto no venía bien”.

El 25 de octubre Nahuel tuvo su segunda recaída, y tanto Mabel como su esposo debieron enfrentarse a una nueva reunión con el equipo médico, que intentaba explicarles que a partir de ese momento se le iba a hacer un tratamiento paliativo, que ya no era factible el trasplante y que solo debían “esperar el tiempo que Dios le brindara para despedirse de sus familiares hasta llegar a una muerte digna”.

A partir de ese momento, tanto los psicólogos como los sacerdotes del Hospital Austral trataron de apoyarlos y explicarles lo que para la familia era inexplicable: que un niño de 6 años recién cumplidos tenía que partir “sin lograr cumplir su sueño de comprar su uniforme de primer grado con una corbata azul como la de papá”.

El 25 de noviembre de 2001 Nahuel falleció, pero para Mabel Bastías la lucha continuaba. Darse cuenta de que su hijo no era el único que moría de cáncer la incentivó a investigar y movilizarse aún más. Peleaba con funcionarios y con la burocracia, mientras escuchaba a otros decir que en realidad no pasaba nada.

Las empresas y entes de control sacaban solicitadas diciendo que no habían trabajado con esa sustancia, pero de a poco y obligadas por los medios comenzaron a realizar análisis y a reconocer la gran cantidad de transformadores contaminados. Eso permitió que algunos legisladores interesados en el tema escribieran una ley nacional para minimizar los riesgos del uso de esta sustancia. Esta ley fue mutando día a día con las presiones empresariales y se la denominó Ley de Presupuestos Mínimos (25.679/02).

Durante los años posteriores al fallecimiento de su hijo, Mabel se dedicó a continuar informando, con el apoyo de diversos grupos vecinales o de ONG que, interesados por la problemática, le ofrecieron diversos espacios para dar charlas y concientizar.

Su trabajo se ha expandido a otras provincias (así como a otros  países), dando lugar a la creación de nuevas normativas que regulen el uso del PCB hasta erradicarlo lo antes posible.

Esta docente jamás creyó que la vida iba a enfrentarla a tal desafío, pero los años le dieron algo por qué luchar y ella procura mantenerse a la altura de esta lucha; tal vez ya no desde ese lugar destacado que le habían dado los medios de comunicación en su momento, pero sí desde el reconocimiento social como referente.

 

*Estudiante de periodismo, hija de Mabel Bastías y hermana de Nahuel Lorenzo.

 

 

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