Correo de Lectores

21 de agosto de 2011 - 00:00

 

Malfo Della  Vedova, mi padre

 

Sr. Director:

Hoy ya es tarde, ya no estás con nosotros. Ya no escucharemos tus historias y recuerdos desde la cabecera de la mesa.

¡Cómo me gustaba escucharte, relatar una y otra vez todo lo que habías vivido en tu querido Navarons!

Cuántas veces soñé con ir de tu mano a visitar tu pueblo y que me contaras sobre tu niñez y juventud. Visitar los lugares que yo me imaginaba maravillosos: la fuente en el centro del pueblo; tu casa y la de mi bisabuela con el establo donde dormían las vacas; el río donde pescabas truchas en pleno invierno; el monte donde recogías hongos y frágolas que después vendían a la panadería del pueblo; la usina láctea donde producían el queso en forma cooperativa; la iglesia…No pudo ser. Pero mi hija Magali vio con sus ojos todo lo que vos me contabas y pudo compartir con vos el maravilloso viaje de vuelta a tu pueblo postergado por más de 60 años.

¡Cuántas cosas podría contar sobre vos! ¿Cuántos pueden tener el orgullo de decir que su padre fue un héroe de la Segunda Guerra Mundial, que sobrevivió a los campos de concentración y que cruzó el Océano Atlántico para venir a este bendito país para trabajar y formar su familia?
Si, mi papá fue a la guerra cuando tenía 18 años, y fue como voluntario, porque no llegaba a los 21 años requeridos para ir al frente. Formó parte de la resistencia, la Resistenza Partigiana. Luchaban contra los invasores alemanes destruyendo puentes, cortando caminos para dificultar su avance, hasta que cayó prisionero y fue llevado a uno de los tantos campos de concentración. Lo llevaron en tren, hacinado junto a cientos de prisioneros de distintos orígenes. En el campo de concentración conoció el hambre, el dolor y la enfermedad. A pesar de su juventud, enfermó gravemente y sufrió la infección en una pierna que lo dejó imposibilitado de caminar. Nos contaba que durante un bombardeo aéreo lo dejaron en el medio del patio del campo de concentración a la merced de las bombas. El no podía moverse en la camilla, y veía cómo los racimos de bombas eran arrojados por los bombarderos. Las esquirlas caían a centímetros de él, tal es así que se quemó cuando quiso agarrar una con la mano. Inexplicablemente salió ileso, cuando terminó el bombardeo lo vinieron a buscar y no podían creer que estuviera vivo.

Cuando terminó la guerra, los soldados aliados norteamericanos lo rescataron. Pesaba 45 kilos (mi papá medía un metro ochenta y cinco). Literalmente era piel y huesos. En el hospital donde lo llevaron pudieron curar la infección de su pierna y luego de más de dos meses de recuperación, pudo retornar a su pueblo. Allí lo esperaban su madre, sus hermanos y la miseria que sigue a la guerra.

La decisión no fue fácil: viajar a América. Mi abuelo hacía años que estaba en Argentina, había viajado antes de la Segunda Guerra Mundial y les enviaba el dinero para que subsistieran en Italia.

Mi papá y mi tío viajaron a la Argentina, más precisamente a Pilar, donde los esperaba su padre que no los veía desde que eran niños.

Llegaron en barco como tantos inmigrantes huyendo del hambre y del horror de la posguerra, hace 62 años.
Me contaba que Pilar en esa época se reducía a unas pocas cuadras alrededor de la iglesia. Villa Morra, que era el lugar donde viviría, era poco menos que campo abierto.
Acá los esperaba mucho trabajo. Mi abuelo le enseñó el oficio de albañil y a eso se dedicó toda su vida.

Una anécdota que pinta la realidad de aquella época, los primeros años del peronismo.
Mi papá y su hermano trabajaban en obras de la Capital Federal, viajaban todos los días en tren, con la bicicleta al hombro. En uno de los primeros trabajos que tuvieron los pusieron a levantar paredes. Ellos no hablaban el castellano y se hacían entender como podían.

Se pusieron a trabajar y en medio día habían llegado a la altura de los dinteles en la pared que les habían asignado. Uno de los obreros que estaba mirándolos atentamente los llamó aparte y les dijo que así no se trabajaba en la Argentina, no se podía levantar más de tres hiladas de ladrillos por día, que ellos debían trabajar como los demás.

Mi viejo no entendía nada, ¿Cómo que no se podía levantar más de tres hiladas por día? ¿Estaban todos locos? ¡Si a él le pagaban por trabajar! Entonces se fue a hablar con el capataz y le contó como pudo lo que le habían dicho.

Al otro día sólo quedaban ellos y fueron los encargados de terminar la obra. Ese era mi viejo: honesto, trabajador, amaba lo que hacía, era responsable, trabajaba a la par de sus empleados, les enseñaba a hacer bien su trabajo, nunca le debió nada a nadie y eso nos inculcó a mi hermano y a mí.

La guerra, el hambre, la miseria, la enfermedad no mellaron su espíritu. No lo transformaron ni en un resentido, ni en un drogadicto, ni en un depresivo, ni en un ladrón ni en un asesino. No necesitó de subsidios ni de pensiones para salir adelante. Nunca tuvo que ir a un psiquiatra. Al contrario fue un hombre útil en la sociedad que eligió para vivir, un padre cariñoso y responsable que nos supo educar y darnos todo lo que necesitábamos.

Ahora ya no está, pero esas historias que contó una y mil veces en la cabecera de la mesa, hoy están en mi mente y en mi corazón, quería compartir aunque sea algo de todo lo que me enseñó con ustedes. Creo que hombres como él hicieron grande a la Argentina y es una pena que hoy escaseen. El siempre será mi guía.

 

Ing. Agr. Marisa Della Vedova

 

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