por Víctor Ejgiel
Desde hace un tiempo vemos las escuelas con una serie de problemas que sólo pueden observarse desde adentro, esos problemas que sólo conocemos los docentes y que pasan los años y las soluciones no llegan.
Todo el tema de la asignación universal por hijo, de la obligatoriedad de la secundaria, de las famosas netbooks, acercaron a la escuela a muchos chicos, muchos, más de los que las escuelas pueden contener. Contener, esa palabra que hasta la Presidenta usó para describir una de las funciones de la nueva escuela. Pero contener en muchos casos se transforma en hacinar, y contener también transforma lentamente el sentido de enseñar, que se torna imposible cuando del otro lado te encontrás con quien no quiere aprender, entonces la relación docente – alumno no existe, porque el alumno nunca lo es, porque llega a la escuela porque lo mandan.
Hay escuelas donde en un salón de 4 x 4 metros, que si la matemática no me falla me da unos 16 metros cuadrados, se “contienen” a unos 40 pibes, chiquitos de 6, 7 u 8 años que llegan a ese lugar con una gran expectativa que se diluye inmediatamente, cuando se dan cuenta que es más parecido al colectivo o al camión de las vacas que a lo que les contaron de una escuela.
Ahora bien, si la reglamentación indica que debe existir en un salón de clases un alumno por cada metro cuadrado, podemos decir que hay bastante más que el doble de lo permitido. Entonces obviamos el reglamento, ese mismo que la hace cargo a cada maestra de cualquier accidente que le ocurra en ese espacio, y como dice el que sabe, si se puede evitar no es un accidente. Y entonces…
También desde hace unos años se llenó a la institución escuela de un sinnúmero de reglamentaciones que “la hacen cargo” de un montón de situaciones muy lejos del objetivo principal, el de enseñar. Cuando un docente puede perder su trabajo de años porque un chico se lastima en el salón, ese mismo que te obligan a ocupar muy fuera de la otra parte del reglamento, cuando un docente se encuentra constantemente con situaciones de agresión que supera las malas palabras, en el salón, en la puerta de la escuela, en la calle, cuando un docente pide y pide, y pide soluciones a estos temas y no llegan, ese docente puede no cumplir con lo que quisiera, para lo que estudió, para lo que se capacitó, para todo aquello que lo llevó a elegir esa carrera que tiene mucho de vocación pero cada vez menos de docencia.
El crecimiento poblacional de nuestro distrito se sabe es potencial, cada año se suman muchos chicos al circuito escolar, los padres saben lo que cuesta anotarlos a comienzo, hasta las escuelas privadas están abarrotadas, entonces esa famosa inversión en educación de la que se habla desde el Gobierno nacional o provincial, ¿Dónde está?
Éste es sólo otro de los permanentes reclamos diarios que todos escuchamos y vivimos en las escuelas, que todos escuchamos menos los que deberían tener los oídos más atentos, esos que pueden decidir las soluciones, no nosotros que sólo podemos acatar las nuevas directivas.
El otro día, no hace mucho tiempo, escuchaba un jugoso intercambio de opiniones entre el actual Director General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires, el profesor Mario Oporto, y un ex rector de la Universidad de Buenos Aires, el también profesor Jaim Etcheverry, con motivo de la nueva reglamentación, que entre otras cosas, impide a cualquier alumno de esta provincia llevarse la materia directamente a febrero. Recuerdo correctamente que la respuesta del rector al director general fue muy sencilla: “profesor Oporto, usted debería volver a las aulas, a dictar clases para entender la problemática de las mismas, desde una oficina es muy difícil hacerlo”, pocas veces la verdad fue tan cierta.
A cuántos les vendría bien estar en el lugar para poder tomar las decisiones correctas.