Mitos y leyendas: El mítico túnel del amor prohibido

por Manuel Vázquez

7 de mayo de 2011 - 00:00

 

 Un mito de larguísima data y existente en todos los países de culto católico, se refiere a las supuestas relaciones íntimas entre sacerdotes y monjas.

Posiblemente el misterioso encierro en que vivían los religiosos de ambos sexos, sumado al celibato como imposición obligatoria para quienes deseasen consagrar su vida a la contemplación, la oración o el servicio divino originaron historias truculentas en monasterios y abadías.

La tradición popular llegó a inventar la existencia de órdenes monacales femeninas que, durante los siglos XVII y XVIII, incorporaban a hermosas adolescentes que, tomando los hábitos, tenían como única misión satisfacer, con suma discreción, los apetitos sexuales de sacerdotes incapaces de mantener su voto de castidad. Demás está decir que nunca se encontraron pruebas sobre la existencia de estas órdenes que, por otra parte, habrían fracasado totalmente en sus objetivos; prueba de ello es que, durante esos siglos, fueron muchos y escandalosamente públicos los casos de tonsurados que hicieron de las suyas fuera de las casas de oración. También es notable que, entre los casos de sacrílego tálamo, resulta ínfimo el número registrado de relaciones amorosas entre curas y monjas. Esto nos lleva a pensar que la mayoría de esos sacerdotes libidinosos preferían a las mujeres sin hábitos ni tocas.

De todas maneras, el mito ha sobrevivido y sirvió para avivar la curiosidad y el morbo de un grupo de alumnos de uno de los colegios confesionales del distrito que, varias décadas atrás, sólo aceptaba varones.

Esos alumnos, obligatoriamente misóginos, quedaron encantados ante el traslado de una escuela para niñas, conducida por monjas, al flamante edificio; distante sólo un centenar de metros de la casa de estudios regenteada por los sacerdotes.

Los adolescentes en cuestión no tendrían más que catorce o quince años cuando el abuelo de uno de ellos, robusto y descreído asturiano, amigo del vino tinto y de la fabada, les contó un supuesto suceso acaecido en su pueblo natal. Allí, les dijo, se descubrió un pasadizo secreto entre la casa del cura y el vecino convento de clausura lleno de monjas y novicias.

El relato, como es de suponer, no constituía más que una versión asturiana del antiguo mito, pero los adolescentes quedaron seducidos por la historia. Cuentan también que el abuelo, para divertirse con la inocencia de su auditorio, sembró en las aún tiernas mentes la semilla de la intriga: “¿No habrán cavado también aquí un túnel uniendo el colegio de curas y el de monjas?”. Y, ante la primera manifestación de duda de los muchachos, el viejo, acostumbrado a convencer en su oficio de vendedor de hacienda, les largó: “Con toda la plata que manejan los curas ¿no habrán aprovechado cuando construyeron la Panamericana para hacer que les cavasen el túnel debajo de la ruta?”

Varios días anduvieron los muchachos examinando inútilmente el terreno circundante a la escuela en busca de respiraderos, lozas o algo que delatase la existencia del pasadizo subterráneo, hasta que una tarde, cuando terminaba la clase de Educación Física y marchaban a cambiarse en el vestuario del subsuelo, descubrieron que estaba abierta la puerta que conducía a la enorme cocina ubicada en ese nivel.

Mirarse y ponerse de acuerdo fue simultáneo. Subrepticiamente, cuatro adolescentes ingresaron en la cocina desierta.

“El colegio de las monjas está para aquel lado” dijo el cabecilla. “Si es cierto que hay un túnel, la entrada tiene que estar en esta pared”.

Con precaución, los muchachos comenzaron a golpear con sus nudillos los azulejos blancos, pero ninguno logró oír el característico sonido que produce  la oquedad.

Desanimados, mientras contemplaban la pared ciega, pusieron sus ojos sobre la enorme heladera de cuatro puertas que recostaba su mole sobre la blancura de los azulejos.

“¡La entrada al túnel está detrás de la heladera!” gritó uno de los chicos como, seguramente deben haberlo hecho los descubridores del punto de apoyo, o de la fuerza de gravedad o de la ley de relatividad.

De inmediato, haciendo palanca con unos caños galvanizados que encontraron el depósito vecino, los cuatro adolescentes se dieron a la tarea de separar de la pared la inmensa heladera, haciendo caso omiso al ruido producido por los caños de cobre que la conectaban al motor y que ellos iban destrozando en su intento, ni a las botellas, frutas y frascos que se estrellaban contra el piso al abrirse una de las puertas del armatoste.

“¡Pero ¿qué están haciendo?! ¡¿Se han vuelto locos?!” El vozarrón con acento alemán del sacerdote a cargo de la cocina paralizó a los muchachos que, tras un segundo, comenzaron a correr tratando de esquivar la catarata de mamporros y puntapiés que, como otras veces y por faltas menores, se vendría sobre ellos como un tornado.

Los padres de los atrevidos fueron de inmediato convocados por las autoridades del instituto para ser informados sobre la inminente expulsión de sus vástagos; pero las lágrimas de las madres y una feroz sangría a las billeteras de los padres lograron frenar la drástica medida.

Sin embargo, los cuatro trasgresores no la iban a sacar tan barata. El prefecto de disciplina determinó: “Puesto que a estos muchachos les gusta tanto merodear por las cocinas, durante dos meses deberán, aunque sean alumnos externos, colaborar con el lavado de la vajilla después del almuerzo.”

Por miedo a tirar la soga tras el balde, como acostumbraba decirse cuando existían los aljibes, los chiquilines cumplieron la penitencia pero, en venganza, hicieron correr la voz de que efectivamente habían vislumbrado la entrada al famoso túnel justo cuando el cura irrumpió en la cocina.

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Las Más Leídas

Tras ser impactado por el tren, el auto quedó volcado junto a las vías. 
ESCALONADO. El boleto de trenes aumentará 60% hasta septiembre.

Te Puede Interesar