La Revolución Francesa (1789) marcó el inicio histórico de la sociedad burguesa. Esto ya lo han comentado muchos y es un consenso total en el campo de las Ciencias Sociales. Es el punto de partida de un tipo de sociedad que configuró un nuevo modo de estructura económica, política y social liderado por los pujantes comerciantes y profesionales burgueses cansados del sofocante Ancien régime.
Esta sociedad instauró sobre todo una estructura de valores, una urdimbre de sentidos y significados, en fin, un universo cultural. Como dijo Karl Marx (testigo privilegiado de ese proceso pujante), la burguesía “crea un mundo hecho a su imagen y semejanza”. Es decir, no sólo la sociedad burguesa construyó un mundo nuevo sino además construyó una imagen particular de ese mundo.
Ese mundo de valores se construyó sobre la tríada más famosa proclamada tras la Toma de la Bastilla: “igualdad, libertad y fraternidad”. Pero fundamentalmente libertad de comercio para la empresa privada. En términos de Eric Hobsbawm, la doble revolución -Francesa e Industrial en Inglaterra- significó el punto de partida del liberalismo económico. Para comerciar libremente todos tenían que ser iguales. Sobre la base de esa igualdad original se podían establecer las diferencias económicas en base a la ley de mercado, competencia y el propio talento.
Todos somos iguales porque todos tenemos las “mismas oportunidades” de éxito. Esto es muy claro en ese momento histórico, sobre todo en el siglo XIX. Piensen en el descubrimiento de oro en California, los trenes modernos, el telégrafo o el mismo Julio Verne. Todos podían llegar sólo si se esforzaban. Hoy esto no parece tan claro en nuestro imaginario del siglo XXI.
Pero esa igualdad y libertad original necesaria para el libre comercio pronto empezó a entrar en conflicto con otras igualdades que se reclamaban precipitadamente: libertad de elegir gobernantes, de profesar una religión determinada, de elegir un sindicato. Aquí la apertura fue gradual y no tan clara, implicó tensiones, guerras, revoluciones y muertes. Hubo hasta reclamos más osados como la igualdad de todos en la riqueza: cartismo, sansimonismo, el socialismo utópico o los propios escritos de Marx. Es decir, el capitalismo industrial proclamó la igualdad pero había otras igualdades que le molestaban. No todo podía ser igualdad. Se necesitaba mantener ciertas tradiciones o jerarquías para conservar el orden social. Por eso, durante el siglo XIX y hasta el XX inclusive, los liberales han ocupado el bando de los moderados y conservadores en las grandes revoluciones. Repito: no todo puede ser igualdad.
Esto se plantea hoy en el debate sobre el matrimonio homosexual. Lo vemos a Pepito Cibrián luchando como Quijote contra los molinos de viento, apelando a García Lorca ante un Luis Juez que lo escucha, un Luis Juez más cerca de ShowMatch que de los poetas de la guerra civil. Allí se establecerá el debate, en el Senado. Hay posiciones encontradas, por supuesto, ninguna se puede atribuir la verdad absoluta. Habrá que discutir, corregir. Pero habrá que legislar. Es una realidad que ya no se puede ocultar. Los derechos deben ser iguales para todos. No existe el derecho si no existe la igualdad.
El punto fundamental del debate reside en la compleja tensión entre lo que consideramos como Natural o lo que consideramos como Histórico. ¿Qué consideramos “dado” en la historia humana? ¿Hay algo previo, inmanente al hombre, que no se pueda modificar porque estaríamos rompiendo el “curso natural” de las cosas? Para algunos, el matrimonio gay es eso: romper con ese “ADN” natural del hombre. Yo estoy lejos de esa posición. Todo lo que el hombre construyó a su alrededor, hasta las instituciones más evidentes y arraigadas como la Familia y el Matrimonio, no son “dadas”. Son construidas. El hombre ha construido todo lo que ocurre a su alrededor porque es “social”. Pensar en que hay algo “pre-social” que determina al hombre es, por lo menos, estar errando el camino.
Allí se deposita la encrucijada actual del hombre común. Nuestros corazones vibran con todos estos temas complejos: matrimonio gay, aborto, etcétera. Se toman posiciones y se discute fervientemente, en taxis, cafés, almuerzos de trabajo o cenas familiares. Esto sucede porque son temas que ponen a prueba el carácter más histórico de nuestra praxis como sujetos. Se está luchando contra esa teoría de lo “dado”. El dilema es: ¿nos subimos al complejo tren de la historia, nos hacemos protagonistas de ella, y responsables? ¿O seguimos pensando en “lo dado”? Estas igualdades molestas nos enfrentan a un conflicto humano fundamental: convertirnos en Historia.
