Destacamento de Agustoni: cruce entre policías y su jefe

Un grupo de uniformados habla de desarmaderos a la vista de todos, maltrato a demorados y maniobras poco claras. El titular desmiente y lo atribuye a un conflicto laboral.

5 de junio de 2010 - 00:00

 

El destacamento de Agustoni, escenario del conflicto entre uniformados.

 

“La verdad, nunca pensé que me fuera a pasar esto. Cuando llego todas las noches no sé si entrar. No tengo ganas de ir a trabajar. Es difícil de soportar”. Con su pulóver claro, jeans y la bufanda anudada al cuello no es fácil adivinar que el que habla lleva más de 10 años en la policía. Y que el lugar al que cada vez le cuesta más acercarse es el destacamento del barrio Agustoni.

Podría ser un típico caso de maltrato laboral, de esos que se repiten tan a menudo. Eso es lo que podría ser si el jefe señalado no fuera un oficial principal de la bonarense y las denuncias no incluyeran, como lo hacen, irregularidades.

Son cuatro los efectivos que decidieron hablar con El Diario pidiendo reserva de su identidad. Llevan entre seis y veinte años vistiendo el uniforme y aseguran que nunca antes habían atravesado una situación como la que ahora quieren hacer pública.

El blanco de las denuncias es el titular del destacamento, el oficial principal Néstor Fabián Silva. Manejo irregular de horas adicionales, desaparición de elementos incautados en procedimientos –una moto y drogas-, vista gorda para desarmaderos y la violencia ejercida contra los detenidos y transmitida a los agentes como método de trabajo.

El propio Silva, por su parte, negó todas las acusaciones con explicaciones puntuales. Y circunscribió las denuncias de sus subordinados a un reclamo laboral por la mayor exigencia que él les impone. “Estamos en democracia y todos tienen derecho a opinar”, dijo (ver aparte).

Los policías que se acercaron a El Diario dicen que no saben dónde denunciar: “En el Ministerio nos dicen que las denuncias tienen que seguir la escala jerárquica, pero cada vez que hablamos con alguien acá, Silva se entera de alguna manera y nos amenaza”, sostienen.

Aquí, un compendio de lo que relataron.

 

Moto

Ocurrió hace no más de una semana. Un procedimiento de rutina, de los que se repiten por decenas en todas las comisarías: un joven en moto fue interceptado en las calles del barrio para revisar los papeles del vehículo que, como también suele ser habitual, el conductor no tenía.

La moto fue secuestrada, tal como indican los procedimientos y se le informó a su propietario que sólo se le devolvería cuando acreditara su condición de tal.

Pero lo que habría sucedido esa noche no fue habitual. Una pelea entre bandas rivales en Agustoni –que terminó con una nena de 12 años herida de un escopetazo- generó un revuelo inusitado.

“El destacamento estaba lleno de agentes que iban de un lado para el otro y salían al patio. Nunca estuvo solo; al contrario, hubo mucha más gente que lo habitual”, cuenta uno de los efectivos que estuvo abocado a controlar la situación.

Por eso mismo, ni él ni sus compañeros entienden cómo pudo ser que esa noche, con el destacamento lleno de uniformados, alguien se hubiese llevado la moto secuestrada.

Lo cierto es que en la mañana siguiente, a la hora del cambio de guardia, alguien habría notado el robo de la motocicleta. El revuelo que generó la desaparición del rodado llegó rápidamente al jefe del destacamento. Pero, según los testimonios de los policías, la reacción de Silva estuvo lejos de los procedimientos que indican los manuales.

“Le dijo a (uno de los efectivos cuyo nombre también se mantiene en reserva) que buscara al dueño de la moto y lo llevara al destacamento para un doble A (averiguación de antecedentes). Y que después, entre los papeles que firmara para salir libre, le diera a firmar la entrega de la moto”, relataron los de los policías.

El efectivo se habría negado a cumplir esa orden de su jefe. Una situación que, cuentan sus compañeros, no le trajo sino más presiones y amenazas de sanciones. De todos modos, sin la firma irregular del certificado de entrega, dos días más tarde, la moto habría aparecido, tan misteriosamente como había desaparecido del patio del destacamento. Estaba oculta debajo de unas mantas en una vivienda cercana a la sede policial que fue allanada por otra denuncia.

Silva niega que ese hecho se haya producido y asegura que, de haber sido así, no hubiera existido otra opción más que el sumario.

 

Horas CORES

Compensación por Recargo de Servicio (CORES) es el nombre que se le da desde el Ministerio de Seguridad a las horas extras que realizan los uniformados. Cada uno puede realizar hasta un máximo de 180 mensuales, un límite que la mayoría trata de alcanzar como forma de ensanchar un poco los ingresos básicos, siempre insuficientes. Pero no todos conseguirían horas CORES en el destacamento del barrio Agustoni.

“Silva se las da a los de su grupo. Incluso, muchos figuran en los libros aunque se vayan a su casa apenas se cumpla el horario. Pero los que no estamos con él, no recibimos ni una sola hora, aunque nos corresponde”, aseguraron los efectivos.

Pero las horas CORES no son las únicas extras permitidas. También existen los adicionales. Mientras que las primeras deben cumplirse en el servicio, es decir, en la propia jurisdicción, las segundas tienen por finalidad la vigilancia de objetivos privados.

Pero según cuentan los uniformados que hablaron con El Diario, en el destacamento de Agustoni tienen una interpretación particular del sistema.

“Silva tiene un acuerdo con una estación de servicio para dar vigilancia. Pero lo hace con personal de servicio. Cuando llegás, en vez de hacer la tarea que te toca, te manda para allá”, cuenta el policía que varias veces debió pasar la mayor parte de su guardia en el playón de la estación de servicio.

“Son 12 horas de guardia ahí de las 16 que hay cumplir en el tercio”, cuenta el efectivo.

Los policías no solamente denuncian las supuestas irregularidades. También señalan la situación de indefensión a la que es sometido el agente al que le toca el servicio particular.

“Si tenés auto particular, te quedás en tu auto; si no tenés, te quedás a pie. Te llevan en el patrullero y te dejan solo: sin compañero, sin chaleco (antibalas) y sin radio. Cualquier cosa que pasa hay que llamar al 911 como cualquier vecino. Y no siempre te atienden rápido”, describió el policía. Y agregó que el lugar es un punto de alto riesgo, que sufre intentos de robo muy seguido.

Ese es, justamente, el motivo que aduce Silva para el servicio que, según dice, no es un adicional sino una orden emanada de la Jefatura Departamental (ver página 3).

 

Desarmadero

Los agentes lo describen como un megadepósito de autopartes. Funcionaría en uno de los accesos al Parque Industrial, lindero al country La Cañada.

“Desde el country denunciaron varias veces que había movimientos raros y tenían miedo que entre gente”, contaron los policías. Sin embargo, las piezas de autos desguasados se siguen acumulando –parece que el emprendimiento tendría predilección por la marca Fiat- sin que se ordene ninguna actuación.

Al cierre de esta edición, El Diario volvió a contactarse con los efectivos que denunciaron la situación descripta en esta nota. Todos ratificaron que nada cambió desde la última entrevista, unos días antes. “En realidad está cada vez peor. Varios ya están pensando en pedir un traslado, porque esto ya no se soporta”, dijo uno.

 

 

La planta perdida  

El procedimiento comenzó por una denuncia de violencia doméstica, uno de los motivos más habituales en el destacamento. Pero cambió cuando la madre del hombre imputado denunció que su hijo cultivaba marihuana en el fondo de la casa.

“La tuvieron que cortar para subirla a la camioneta de tan grande que era”, cuenta uno de los efectivos mientras muestra la foto que le tomaron a la planta secuestrada. Esa imagen, sin embargo, es lo único que quedó. Los agentes cuentan que la marihuana desapareció misteriosamente del destacamento sin que se le hubiera permitido al agente responsable del procedimiento firmar el acta de secuestro.

 

Violencia

Barrer el piso de rodillas y esposado

Según relatan los efectivos que hablaron con El Diario, la violencia es moneda corriente en el destacamento y es la línea de conducta que el titular de la dependencia, Néstor Silva, intentaría inculcar a sus subordinados.

“Ordena entrar en las casas sin orden de allanamiento y llevar a la gente al destacamento. Cuando hay un caso de violencia familiar nos dice ‘pateale la puerta y traelo al destacamento a patadas’”, relató un agente. Y de acuerdo a los casos que describió, la orden tendría poco de metafórica.

Contaron, por caso, que hace poco llevaron al destacamento a un hombre de nacionalidad paraguaya al que la esposa había denunciado por violencia. Como en el edificio no hay calabozos, los aprehendidos quedan bajo custodia en la oficina de guardia, con las esposas puestas.

Pero lo que el agente que había hecho la detención habría visto a su regreso de un procedimiento sale de lo habitual.

“Estaba esposado y de rodillas. Cuando el policía le dice que se pare, el hombre se negaba. Al final, se paró y contó que el que lo obligó a arrodillarse fue Silva después de golpearlo”, relató un efectivo que fue testigo de la situación.

El hombre habría  obligado a barrer todo el destacamento de rodillas con una escoba que, según los testigos, el propio oficial Silva puso en sus manos.

Silva niega la existencia de cualquier denuncia por malos tratos o apremios ya que, de existir, debería haber terminado en un sumario para todo el destacamento (ver aparte).

 

Negó las acusaciones

Para Silva, es un reclamo laboral

El oficial principal Néstor Silva negó ayer todas las acusaciones formuladas por cuatro de los efectivos que trabajan bajo su mando en el destacamento de Agustoni.

En diálogo con El Diario, el jefe policial circunscribió el episodio a un reclamo laboral. “Este es un barrio conflictivo, hay que hacer identificaciones”, dijo, y se refirió a los denunciantes como “gente que a lo mejor estaba acostumbrada a trabajar de otra manera”.

En cuanto a los hechos puntuales que le adjudicaron los efectivos que hablaron con El Diario (ver nota central), Silva dio sus explicaciones.

Respecto al supuesto manejo irregular de las horas adicionales, sostuvo que su dependencia no tiene las llamadas Polad. De hecho, apuntó que la vigilancia en la estación de servicio Parador Norte a la que refirieron puntualmente los policías no es ordenada por él, sino por la Jefatura Departamental. “Ese lugar sufría muchos robos. Primero se probó con una custodia dinámica con los móviles, pero no dio resultado”, explicó. Incluso se quejó de que ese servicio le quita efectivos al destacamento. “Si me lo sacan, me hacen una gauchada”, señaló.

Silva negó también la desaparición de elementos secuestrados (los efectivos hablan de una moto y de droga). “Si eso fuese así, se habría iniciado un sumario y no hay ninguno. Esas cosas no se pueden tapar”, aseguró Silva.

Lo mismo dijo sobre las acusaciones de apremios: “Con una denuncia de esas, todo el destacamento estaría sumariado”, aseguró y negó la existencia de malos tratos.

“Esto pasa por una cuestión de mayor exigencia de más operativos”, señaló Silva. Y admitió que notó disconformidad en un grupo: “Son unos pocos que no quieren trabajar de esta forma”, aseguró.

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