La versión en español de la popular revista norteamericana The Hollywood Reporter acaba de publicar una nota sobre Ricardo Darín que analiza las particularidades de su carrera actoral. Firmado por Hareth Peraza, el texto refiere a una trayectoria atípica, al menos en cuanto a las ambiciones que puede proyectar un artista de éxitos comprobados.
“La mayoría de actores pueden considerar que el éxito está en convertirse en un nombre importante o en una referencia fuera del país. Pero la historia de Ricardo Darín es distinta. El actor oriundo de Buenos Aires decidió convertirse en un emblema del cine nacional participando no solo en producciones profundas y que al mismo conectaban con el público, sino escogiendo papeles que, en muchas ocasiones, eran el espejo moral de la sociedad argentina”, escribe Peraza.
Hay tres momentos bien diferenciados de su carrera, consigna la publicación. Sus comienzos, en la década del sesenta, las telenovelas y su rol de galán, entre finales de los setenta y principios de los noventa. –Estrellita mía (1987), Rebelde (1989), Mi Cuñado (1993)-. Su ingreso y ascenso en el mundo cinematográfico: Perdido por perdido, Nueve reinas, El hijo de la novia, Relatos salvajes. Y un tercer “estilo característico” que surgió con su madurez personal y actoral, y que encontró sus puntos más altos en títulos como Argentina, 1985, donde representó al fiscal Julio César Strassera, y la premiada con un Oscar a Mejor película extranjera El secreto de sus ojos.
Y hay otro capítulo mencionado en este artículo (la etapa actual), que es el de su más reciente y exitoso trabajo, cuando encarnó a Juan Salvo en El Eternauta, proyecto que lo obligó a salir de su bagaje de realismo para meterse en la ciencia ficción.
Su recorrido artístico coincidió con algunas de las transformaciones más profundas de la Argentina contemporánea. Mientras el país atravesaba crisis económicas, desencantos políticos, recuperaciones inesperadas y debates sobre su identidad, Darín aparecía en la pantalla como una figura cercana, reconocible, casi familiar.
No era el héroe invencible ni el líder perfecto. Era el hombre común. El padre preocupado. El amigo leal. El ciudadano que duda. El profesional que enfrenta una injusticia. El argentino que intenta hacer lo correcto aun cuando el contexto parece empujarlo en sentido contrario.
Esa conexión profunda explica por qué tantas generaciones se reconocieron en sus personajes. Cada mirada cansada, cada silencio incómodo y cada gesto de dignidad frente a la adversidad parecían hablar de algo más grande que una simple historia cinematográfica. Hablaban de nosotros.
En películas como Nueve reinas, El hijo de la novia, El secreto de sus ojos y Argentina, 1985, Darín dio vida a personajes atravesados por preguntas morales universales: ¿Qué significa ser honesto?, ¿Cuánto vale la justicia?, ¿Hasta dónde llega la responsabilidad individual?, ¿Cómo convivir con la memoria y el pasado?
Quizás por eso su figura genera algo que pocos artistas consiguen: confianza. No porque tenga todas las respuestas, sino porque representa la búsqueda constante de ellas. En una época marcada por la polarización y las certezas absolutas, sus personajes suelen habitar el territorio más humano de todos: el de la duda.
Ricardo Darín no es solamente uno de los actores más importantes de la Argentina. Es, para muchos, una conciencia cultural compartida. Un intérprete que ayudó a contar quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes aspiramos a ser.
Y en ese espejo construido a lo largo de décadas de cine, millones de argentinos todavía encuentran una imagen reconocible: la de un país imperfecto, sensible, contradictorio y profundamente humano.
¿LO SABÍAS?
RICARDO DARÍN: ¡ORGULLO ARGENTINO!