La foto post mortem de Domingo Faustino Sarmiento (tomada en Paraguay en 1888) es una de las más conocidas.
Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX existió una práctica por aquel entonces habitual que hoy provocaría escozor y rechazo: las fotos post mortem, retratos que les eran tomados a personas que habían fallecido unos instantes atrás.
Pilar no fue la excepción para esta particular costumbre. En el pueblo, el encargado de realizar esos retratos eraIsidro Laroza, vecino multifacético que a lo largo de su vida dejó huella en varias actividades, entre ellas la fotografía.
Laroza vivía a pocos metros de la plaza 12 de Octubre, en San Martín 633, donde había montado su relojería y casa de fotos. Allí desplegaba sus habilidades y atendía los pedidos, que más de una vez significaban tener que retratar a los muertos.
Isidro Laroza y esposa
Don Isidro Laroza en su relojería, junto a su esposa Elvira Mercedes Máxima Coronel.
Foto: Jorge Rodríguez Laroza.
Fotos y escalofríos
La fotografía post mortem fue un género en sí mismo tanto en el país como en buena parte del mundo –se dice que la práctica comenzó en Inglaterra, durante la época Victoriana-.
Entre estos retratos, uno de los más recordados es el de Domingo Faustino Sarmiento, sentado en una mecedora minutos después de morir en Paraguay, el 11 de septiembre de 1888. Incluso la práctica fue mencionada por Horacio Quiroga en su cuento “La cámara oscura”.
La modalidad tenía sus variantes y dependía muchas veces del factor económico. El precio variaba, siendo más caro si el cadáver era mostrado con su ropa habitual (o uniforme de fajina, si se trataba de un militar), ya sea sentado o incluso de pie –sostenido con arneses o por otros familiares-. Retratarlo ya dentro del féretro era más económico.
En cambio, no había distinción para las edades de la particular “clientela”: ancianos, hombres, mujeres, niños, bebés… Todos podían llegar a protagonizar algunas de estas fotos una vez fallecidos.
Para los parientes se trataba de una manera de conservar un recuerdo del difunto, en una época en la que –a diferencia de la actualidad- las fotos no abundaban. En el caso de los más pequeños (representados como angelitos en algunas ocasiones), quizás era la única imagen que sus padres podían atesorar.
foto post mortem
El cuerpo del difunto era algunas veces sostenido por un arnés, mientras el fotógrafo hacía su trabajo.
Imágenes paganas
“Yo era muy chico, pero recuerdo que en mi casa estaban los negativos”, indicó a El Diario Jorge Rodríguez Laroza, nieto de don Isidro Laroza y quien en su niñez tuvo la oportunidad de ver aquellas imágenes.
En esos tiempos, los negativos estaban impresos en pequeñas placas de vidrio. “Normalmente –describió-, a las fotos las hacían con el muerto sentado y vestido de traje. Muy pocas fotos eran de los difuntos en el cajón”.
A los 13 años, Jorge comenzó a aprender de su abuelo los secretos de la relojería, que le hacía arreglar despertadores. “Esos negativos se lavaban y al vidrio lo cortábamos redondo, para cambiar los que venían rotos de esos despertadores”.
Radicado en Italia desde hace más de 20 años, Rodríguez Laroza rememora que “todos los negativos estaban en unos cajones chicos de dulce de membrillo. Ahí estaban todos parados y más de una vez me retaron por estar revolviendo… ‘¡cómo mirás eso!’ Me decían si encontraba las fotos de los muertos”.
Sobre las imágenes, precisó que en estas “había hombres, mujeres y niños. Sobre todo hombres vestidos de traje a los que habían sentado en algún sillón o silla y les sacaban la foto”. Y reiteró que “también había fotos en las que los muertos ya estaban en el cajón, eso era cuando ya los habían preparado o no tenían dinero como para armar toda la escena. Es lo que yo viví de chico”.
Si bien no hay precisiones sobre el final de esta costumbre, se estima que las fotos post mortem fueron desapareciendo a medida que avanzaba el siglo XX.
“No sé hasta qué año se hizo –añadió Jorge-, pero sí recuerdo que en el comedor de su casa mi abuelo ponía una alfombra y sacaba las fotos con su cámara de madera, esas de las que había que ponerse un paño negro en la cabeza para tomar las imágenes en exteriores. A esa cámara, una reliquia, la compró Foto Kurt como una joya del pasado”.
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Isidro Laroza fue un destacado relojero y fotógrafo de Pilar, entre otras actividades.
Un vecino particular
Autodidacta e inquieto, Isidro Laroza tenía una llamativa habilidad para los trabajos manuales. Si bien era fotógrafo, su actividad principal fue la relojería, incluso estando encargado del reloj de la Parroquia Nuestra Señora del Pilar.
Laroza practicaba remo y esgrima; además de tocar un instrumento bastante extraño, el “serrucho”, al que hacía sonar con un pequeño martillo. Fue también maquillador de elencos de teatro, como para agregar aún más actividades a su CV…