por Alejandro Benedetti
A pesar de que los menores no deberían trabajar, las mediciones oficiales contemplan una franja de 10 a 19 años con una realidad inevitable. Si bien Pilar está entre los distritos con menor índice de desocupación de la provincia de Buenos Aires, cada vez son más los chicos, adolescentes, -y hasta algunos adultos-, que limpian vidrios de automóviles en los semáforos.
Está claro que no trabajan en el tradicional mercado laboral y que se rebuscan la vida limpiando los parabrisas de los autos en las avenidas, cruces de rutas más transitadas, o sobre el acceso de algunas estaciones de servicio de nuestro distrito.
Hoy, se puede considerar ese método como una forma un poco más digna de obtener una limosna. Esperan la luz roja del semáforo en cada esquina, algo que se contradice con la ansiedad por pasar de parte de los automovilistas.
Valen algunos ejemplos: cruce de ruta 8 y ruta 234 (acceso a Presidente Derqui), cruce de rutas 8 y 25 (ingreso principal a la ciudad de Pilar), ruta 8 y Guido (semáforo de cuatro pasos sobre un hipermercado), ruta 8 y calle San Martín, o los que esperan sobre el playón externo (porque adentro no les permiten estar) del ACA. También en la mano de enfrente, o sea sobre ruta 8 y una sucursal bancaria.
Organizados
Particularmente durante los viernes, sábados y domingos los chicos descienden de los barrios más humildes del Partido en busca de un modesto aporte. Primero para ellos y luego para sus familias.
Se ubican temprano en los lugares más transitados con un balde, una botella chica descartable de gaseosa, un limpia vidrio y un trapo. Ya llegan con un detergente comprado entre dos o tres. Los baldes son -o eran- de la casa donde duermen.
El agua para mezclar con el detergente la piden a un comerciante o en las estaciones de servicio, y la carga de las botellas es la antesala de una larga jornada de changas que les espera.
La escena se repite cada minuto, o minuto y medio cuando es un cruce, el tiempo que tarda el semáforo en cambiar de rojo a verde. Los chicos esperan ansiosos sobre la vereda porque el segundo que implica el paso a la luz roja es imperdible: ya están encima de los autos y los limpiavidrios sobre los parabrisas.
“¿Le limpio el vidrio amigo?”, es la clásica pregunta. Si la respuesta es positiva todo transcurre con normalidad y el servicio se cierra con una moneda honestamente ganada porque, generalmente, lo hacen muy bien. Pero si es negativa llega el segundo pedido: “¿Y no hay una moneda amiguito?”.
Si el rechazo persiste, a veces, llega un insulto que hasta podría derivar en alguna reacción violenta de un irascible conductor. Cuando el semáforo da vía libre los limpiavidrios se reparten “la moneda de la fila”, o sea los metros de vehículos que permite el semáforo rojo.
En la mayoría de los casos se trata de una tácita cooperativa. “Si el Jonatan no hace una moneda en un corte (de semáforo) igual recibe la mitad de las que yo hice, y lo mismo yo si no hago nada”, asegura Leo mientras camina presuroso, mira los nubarrones, y desea “que no llueva padre, porque si no nadie quiere limpiar”. Todo lo contrario sucede a las pocas horas de una tormenta porque reaparecen para una higiene de parabrisas que muchos aceptan por el agua con barro que se recibe del vehículo de adelante.
Pero no todo es cordialidad a la hora de ocupar y permanecer “en las esquinas de la moneda”. Y la ley de la calle se cumple, o se hace cumplir: “Amigo, hay que respetar al que llegó mucho antes, todos nos conocemos, estamos organizados en lugares y horarios, nadie viene de malo a meterse para sacarte la moneda, no es así, ¿Entendés?”.
Según los mismos adolescentes, en todo Pilar debe haber unos 60 limpiavidrios que se alternan sobre los numerosos semáforos de acceso a las localidades del Partido. Sólo en dos esquinas puede haber ocho de ellos, sin contar los más pequeños que crecen en la calle jugando o pidiendo, “y sin changuear”.
“El imbécil”*
“Sos de los que quieren que los chicos estén pidiendo guita y comida en las calles. Cerrás las ventanillas de tu auto falo, cuando los chicos te piden un mango. Cuidado Patri, guarda Ezequiel, cuidado el bolso con cosas de valor. Cuidado Nancy, poné el brazo adentro, de un manotazo te sacan el reloj”
*Fragmento de la canción de León Gieco.
Reacciones de los automovilistas
No robar es el primer mandamiento
Este fenómeno social que implica la necesidad de un pibe de limpiar un vidrio para tener una moneda, no solo es un síntoma de la desocupación de sus padres, sino también del “rebusque” al que muchos están obligados. Asimismo, no deja de ser un servicio, aunque informal, que muchos consideran necesario para garantizar buena visibilidad a la hora de conducir.
Otro aspecto es la caridad: las esquinas con limpiavidrios son termómetros que miden valores como comprensión, sensibilidad, solidaridad, sociabilidad. Y tampoco falta el miedo: ventanillas que se cierran rápido, caras feas y amenazas con la policía denotan el temor al robo en una sociedad hipersensibilizada por la inseguridad.
Todos los limpiavidrios hablan de códigos de conducta: por ejemplo, no hay que robar. “Amigo, acá nos hacemos unos 40 o 50 pesitos por día, no cumplimos un horario como en los lavaderos de autos donde los pibes en invierno se mueren de frío, y los que salen a chorear (robar) pueden perder más por la misma moneda, y esa no nos cabe”, especifica uno de los muchachos.
Muchos no van a la escuela y la mayoría no cree en los políticos. Otros sueñan con estudiar y trabajar para alimentar a sus hijos. Es que entre ellos hay papás adolescentes. No son introvertidos; les gusta hablar, cuentan sus problemas.
Pero lo más concreto es que todos despiertan inquietud, impotencia e interrogantes: ¿Tendrán cargo de conciencia los funcionarios que están?; ¿Se ocuparán de ellos?; ¿Tendrán en cuenta a los limpiavidrios y su necesidad de trabajar?; ¿Qué pasaría con ellos si sacan los semáforos de todas las esquinas?

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