La cola, una pesadilla en la que se escurre el tiempo de los pilarenses

Bancos, hipermercados, empresas de servicio. Se le suman las del tránsito en Panamericana y los semáforos de la ruta 8 como abanderadas. Tres años de nuestra vida se van haciendo la fila.
martes, 21 de agosto de 2012 · 00:00

por Alejandro Benedetti

 “Ahora que está todo computarizado, chau colas”, se pensaba unos 15 años atrás porque todo está sometido a presuntos veloces sistemas cibernéticos a los que “no se les escapa nada y resuelven más rápido”. Pero casi nada es así.

“Vos quedate en esta fila, que yo voy a la otra”, le dice el marido a su mujer, en cualquier hipermercado. Pero esa táctica para ahorrar tiempo casi nunca garantiza el éxito. A pesar de esforzarse por descubrir cuál es la fila que avanzará más rápido, tras calcular la cantidad de productos en los carritos que están adelante, aún resta saber si la cajera es algo lenta, si el precio no coincide y hay que cambiar algo o si, además, quieren pagar facturas de servicios. Como consecuencia, el general de los consumidores deduce: “Lo que tardamos en hacer las compras es mucho menos que el tiempo para pagar”.

Al menos en Occidente, según un estudio del Massachusetts Institute of Technology (MIT), entre dos y tres años de la vida de un adulto se pierden haciendo colas. Todos los males y bondades de la “modernidad” parecen condenar a tediosas esperas: el caótico tránsito de la ruta Panamericana multiplica los minutos de viaje; en la parada para que alguna vez llegue el colectivo porque poco antes pasaron, raudos, otros juntos; que el mozo nos traiga la cuenta; que el médico atienda una hora después de la cita porque dio tres sobreturnos, que los empleados de los 0800, o de cualquier empresa de servicios públicos, respondan a los reclamos por fallas en el servicio o por sobrefacturación. Todo ya se torna dantesco en las largas colas de la mayoría de los bancos, -para ventanilla o cajeros automáticos-, del Correo Argentino o para hacerse de la tarjeta SUBE; entre otros tantos ejemplos diarios.

El tiempo malgastado estimula el malhumor. Un ciudadano medio que utiliza el colectivo en Provincia consume, en promedio, una hora y 20 minutos por día sólo en ir y volver del trabajo. En tanto son casi cinco horas para los que toman el tren en Pilar, u otras estaciones del distrito, para llegar al trabajo de Capital y retornar a su casa. Ni hablar si se pierde el tren o hay frecuencias suspendidas. Luego hay que intentar pedir el Libro de Quejas, o “De sugerencias”, como le dicen ahora.

“Las dificultades del tránsito y las largas esperas generan malhumor, angustia y también agresividad. Lo importante es no perder la tolerancia”, opinó la psicóloga Susana Traba (UBA).


En el hipermercado

Florencia Estévez es una madre de 39 años que vive en un barrio privado del acceso a Presidente Derqui. Los jueves hacía las compras en el hipermercado de ruta 8 y Guido. Pero un día se agotó. “Los jueves había descuentos con tarjetas de débito, y varias ofertas; era imposible comprar. La última vez tardé una hora en llegar hasta la caja, y mi mal humor empeoró cuando vi que de las 30 cajas sólo funcionaban menos de la mitad, la gente se amontonaba y nadie habilitaba otras”, contó Florencia, que decidió comprar en otro hipermercado de calle Las Magnolias, “aunque hay días en que la diferencia de tiempo perdido no es mucha, el domingo por el Día del Niño tardé media hora en una caja, y acá también sólo funcionaban menos de la mitad”.

 

En la ruta 8

En el rojo de los semáforos también se escurre el tiempo de los pilarenses. En los últimos dos años se instalaron varios en la vieja ruta 8, más precisamente en el tramo que va desde calle Uruguay hasta La Lonja. Se calcula que para cubrir ese corto recorrido, aún con el 50 por ciento de los semáforos en verde, se tarda fácilmente 25 minutos. En tiempo es igual a ir por Panamericana hasta la Avenida General Paz a una velocidad de 100 Km por hora.

Primero los semáforos del bulevard, luego el de la entrada a Carrefour, poco más adelante el de calle Guido con sus demoras por cuatro pasos, luego el de calle Manfredi (escuela del Club Atlético Pilar sólo con tránsito en horario de entrada y salida escolar), poco más adelante el del SHA, a escasos 500 metros el del barrio Santa María, también de muy escaso tránsito; otros 500 metros y están los de acceso a Derqui, a calle Las Magnolias y para continuar por ruta 8. Desde allí no se circularon 400 metros que nuevamente se debe frenar por el semáforo con dársena hacia Easy. Superado este, enseguida hay otro hacia el parque tecnológico Austral. Después, increíblemente, sólo quedan otros dos hasta La Lonja. Siempre y cuando no haya un accidente que desemboca en un desvío y recorrido turístico por algún barrio adyacente a la arteria nacional.

 

En los bancos

Lo peor ocurre en las largas colas de los bancos. Generalmente el depósito o retiro de dinero es por cajero automático: es un milagro cuando funcionan todos. La gente, -muchos jubilados-, empieza la fila una hora antes de la apertura de la sucursal aunque llueva, haga mucho frío o calor. Este año se implementó el cobro por cajero para jubilados y pensionados, sin embargo la gran mayoría desconoce los pasos. Así surgen las demoras porque casi nunca hay un empleado que les explique la extracción. Luego “hay que rogar que los cajeros tengan efectivo porque si no hay que irse sin un peso o esperar una media hora hasta que lo reponen”. Las circunstancias para los que van por ventanilla no son muy distintas. Por ejemplo, casi siempre de las cinco habilitadas sólo atienden en dos. En consecuencia, ir al banco para cobrar por cajero automático implica, considerando la previa cola, una hora promedio. Pero todo se agrava si, además, se busca tramitar una tarjeta de débito o crédito. Primero hay que hacer otra larga y tediosa espera “por la atención personalizada”. Y luego rogar que los únicos dos empleados puedan llamarnos, a medida que van sacando expedientes y, sobre todo, no se turnen para “ir a picar algo al mediodía”.

 

Consumidores, culpables

“Crecen el maltrato hacia los consumidores. Pareciera que siempre la carga de la prueba recae sobre el consumidor, que es quien debe movilizarse hasta las oficinas, debe hacer las colas, debe acreditar antecedentes”, disparó Fernando Blanco Muiño, presidente de la Unión de Consumidores de Argentina.

 

Comentarios