Mercado boliviano, un paseíto cool para los reyes del regateo

Funciona sobre la ruta 25. Venden verduras y frutas al por mayor, además de productos autóctonos. Arrancó para proveer a verdulerías y hoy se convirtió en un paseo para familias dispuestas a dividir gastos.

6 de marzo de 2011 - 00:00

 

Frutas: 17 kilos de limones $70-$110, un cajón de duraznos $65, lo mismo que el de bananas. Naranjas $35.

 

por Celeste Lafourcade

 

La voz de un locutor de radio desconocido compite con los murmullos. Cada tanto, la música de algún exponente del folclore boliviano llena algún repentino silencio en el enorme galpón donde algunas señoras paquetas regatean precios y las verduras se venden por cajones.

Desde las 4 de la mañana hombres y mujeres con las manos curtidas llegan al predio de la cooperativa para enfrentarse a la incertidumbre de un nuevo día de trabajo. Sentados en sus cajones, ven pasar por lo menos 500 personas al día y responden una y otra vez las mismas preguntas, no sin antes formular la propia.

“¿Qué le doy señora?” se apresura una vendedora y antes de que la destinataria entienda que le hablan a ella, ya prepara las bolsas para guardar la mercadería. Es que, si bien la convivencia es pacífica, la competencia es mucha y cercana.

Son cerca de 90 los quinteros de Pilar y alrededores que forman parte de la cooperativa de la comunidad boliviana “2 de Septiembre” que funciona en un predio ubicado en el kilómetro 2 de la ruta 25 camino a Moreno.

Es allí donde se reúnen de lunes a sábado desde el alba hasta las 14 para exhibir y vender sus verduras, frutas y demás productos regionales. Es allí donde llegan cientos de pilarenses –de los “nacidos y criados” y de los “venidos y quedados”- en busca de precios que no se encuentran en ningún negocio.

 

Compra comunitaria

Un par de puestos con chucherías distraen la atención antes de ingresar –previo pago de un bono de $2 por el estacionamiento- al gran mercado fruti-hortícola que ha ganado popularidad en los últimos años.

El movimiento en el lugar empieza mucho antes de que amanezca, entre las 3 y las 4 de la mañana, con verduleros y supermercadistas que arrasan con buena parte de la mercadería. Los lunes, miércoles y viernes son los días de reposición de verduras, y por lo tanto, los más concurridos. Mientras que el resto de la semana es aprovechado por los buscadores de ofertas.

“Anotame en una lista lo que llevé así puedo dividir”, pide una señora de mediana edad, acompañada por su hija, mientras que un fletero –negocio aparte dentro del mercado, encarado por hombres jóvenes- carga en uno de los carros de madera los cajones y bolsas repletos de vegetales y los acerca al auto.

En los últimos años de los seis que lleva el lugar, ya no sólo los restoranes y verdulerías acuden para abastecerse, sino que también los consumidores finales encontraron en él una forma de darle algo de respiro a la economía doméstica y de paso, aventurarse en un paseo tan rústico como autóctono que el boca a boca se encargó de convertir en “cool”.

Las compras comunitarias por cajones, bolsas o docenas permiten que varias familias enteras se provean por un buen tiempo de material verde. Así es como matrimonios, pero sobre todo mujeres de un poder adquisitivo de medio a alto, recorren el galpón cada semana. Se calcula que por día, unas 500 personas hacen su paso por el lugar.

Del otro lado de los mostradores improvisados, otras mujeres, dueñas de una paciencia infinita, acompañadas por sus hijos adolescentes intentan sacarse de encima la mayor cantidad de bultos antes de finalizar la jornada. Saben, a ciencia cierta, que la mayor carrera es contra el reloj.

 

Gran barata

Como si se tratara de una gran feria persa, al igual que un par de perros cuzcos que entran y salen sin inmutarse, varios reyes del regateo merodean el lugar tratando de satisfacer su eterno placer por el descuento. Antes de que las hojas empiecen a achicharrarse, una docena de generosos ramilletes de rúcula cuesta 8 pesos, dos pesos menos de lo que hubiera costado más temprano.

Si de precios de esos que nos hacen buscarle la falla se trata, un cajón de morrones colorados cuesta 20 pesos, uno de tomates 45, uno de lechuga entre 25 y 28, y 20 uno de acelga, al igual que una bolsa de zanahorias o 17 kilos de calabaza. Los 24 de papas, oscilan entre 23 y 34 pesos y la misma cantidad de cebolla, 25 pesos. La de verdeo, por su lado, se vende por ramilletes entre 4 y 7 pesos.

Con las frutas, muchas de ellas provenientes del sur, también puede hacerse diferencia. Los 17 kilos de limones –joyas preciadas en esta estación- se consigue entre 70 y 110 pesos, un cajón de duraznos 65, lo mismo que el de bananas. En este grupo, la oferta está en las naranjas, que se venden a 35 pesos.

Para los más sofisticados, el cajón de paltas se vende a 120 pesos y el de kiwi a 90. Y aunque cueste creerlo en tiempos donde se esfuman los billetes de 100, en el mercado pueden adquirirse cosas con 1 peso. Además de ciertas verduras, uno puede llevarse una planta con flores por una moneda.

 

Otras gangas

Pero como no sólo de vegetales vive el hombre, en el mercado pueden encontrarse algunas curiosidades si se presta debida atención. Cereales bolivianos con aspecto de maíz gigante, semillas de kinoa y otras legumbres también están presentes. “Los traemos directamente de Bolivia”, afirma la vendedora que, de paso, explica cómo cocinarlos.

Condimentos, raíces de jengibre, cerveza boliviana y hasta un kit de sahumerios para honrar a la Pacha Mama también están a la espera de un comprador.

Por fuera del galpón, reductos más pequeños ofrecen ropa, DVD´s de música de Bolivia y coloridas mantas del mismo país y algún que otro vendedor ambulante intenta tentar con sus paneles de estridente bijouterie.

La cumbia que sigue sonando, se escucha con más claridad cerca del mediodía. Las voces de los visitantes comienzan a callarse y sólo quedan los miembros de la comunidad cerrando cuentas y planeando el carnaval del próximo martes, que se celebrará en el mercado y donde, adelantan, “habrá espuma y baile”.

Como cada 6 agosto, recordando la independencia de Bolivia, el lugar dejará de lado la sacrificada rutina para convertirse en una fiesta.

 

“Somos un argentino más”

Fundada en el año 2000, la comunidad boliviana “2 de Septiembre” es una de las comunidades extranjeras con mayor presencia en el distrito. En el 2004, varios de sus miembros decidieron formar la cooperativa con el mismo nombre tendiente a vender los productos en un mismo espacio. Hoy son 220 los socios de la cooperativa y 90 los productores activos que venden en el mercado.

Según Cristóbal Alejo, presidente de la comunidad, por el lugar transitan “500 personas por día y el fuerte es entre las 3 y las 4 de la mañana”. “Somos mayoristas –aclaró en diálogo con El Diario- le vendemos a todas las verdulerías de la zona, no competimos con ellas”.

En relación a los orígenes del mercado, afirma que “nació para generar trabajo y hoy también genera trabajo para los argentinos, como los fleteros o los remiseros y hay seis productores de acá”. En cuanto a la integración en el país asegura que “nos sentimos un argentino más”.

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