Recuerdos futboleros de un Mono bohemio

Durante seis temporadas fue un fino volante de Atlanta. Pero una lesión cortó una carrera que prometía más.  “Llegué, pero soñaba otra cosa”, confiesa.

16 de octubre de 2010 - 00:00

 

Carlos Galera en su casa del centro de Pilar junto a su hijo Agustín.

 

El Mono durante un partido del ascenso en la década del 90.

 

 

por Alejandro Lafourcade

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Durante la primera mitad de la década de 1990, Pilar tuvo en el ascenso a un jugador fino, que repartió fútbol por las canchas del país para luego ser sorprendido bruscamente por una lesión traicionera. Es la historia de Carlos El Mono Galera, volante de Atlanta que dejó un gran recuerdo entre los hinchas del Bohemio y fiel exponente de la frase “fue bueno mientras duró”.

Su trayectoria comenzó en 1983, cuando fue a probarse al club de Villa Crespo y quedó seleccionado. Allí transitó todas las divisiones inferiores hasta 1989, cuando llegó el día del debut: “Fue en un partido contra Argentino de Rosario, de visitante –recuerda-. Ganamos 1 a 0 con gol del Tero Fernando Di Carlo”.

Galera hace un resumen de su pasado de futbolista, indicando que “mi carrera duró del ’89 al ’95, que fue cuando largué por el tema de la rodilla –rotura de ligamentos cruzados-, ya que me costó volver al mismo nivel. Me lesioné en 1993 y estuve dos años intentando salir adelante, pero no lo logré”. Fueron seis temporadas, “y en el ’91 ascendimos al Nacional B, pero éramos muchos pibes y descendimos en una temporada”.

En su paso por Atlanta jugó al lado de, entre otros, Pucho Castro, el mencionado Di Carlo, Damián Manusovich, Bernardo Ragg, Marcelo Carracedo (compañero de inferiores), Sergio García (el arquero del Juvenil campeón ’79) y Cristian Castillo en sus comienzos.

“Siempre estuve en Atlanta, aunque hubo chances de ir a otro lado, pero no se dio”, cuenta hoy en su casa del centro de Pilar, donde vive con su esposa Andrea y sus hijos Agustín (14) y Delfina (11).

Por otra parte, asegura que “con los hinchas me llevaba muy bien, me daban mucho cariño porque era un jugador surgido del club, en el centenario me recibieron como si todavía jugara”, refiriéndose a la fiesta de 2004, cuando Atlanta cumplió los 100 años y realizó un partido con viejas glorias del club, entre las que se encontraba el pilarense.

Carlos jugaba como volante, y por sus condiciones pasó por todas las posiciones del mediocampo. “La verdad es que tenía poca marca, me gustaba la pelota, era de características ofensivas. Llegaba al gol, aunque no era goleador, pero tenía la obligación de llegar al área”, se describe.

Desde que desembarcó a la primera de su club, su hermano Marcelo –que llegó hasta la 4º de Argentinos Juniors- se dedicó a seguir toda su campaña, armando una carpeta plagada de recortes de diversos diarios y revistas, como Sólo Fútbol, una publicación que le daba mucha importancia al ascenso. En Pilar, el apellido Galera es sinónimo de fútbol, ya que el padre de ambos, Osvaldo, es un histórico dirigente de Abrojal y siempre estuvo ligado a la actividad local.

 

Maldita rodilla

El Mono Galera era uno de los preferidos de la hinchada y un indiscutido del plantel, con un ascenso y un descenso sobre sus espaldas, hasta que llegó la fatídica tarde de 1993, en cancha de All Boys. Durante un partido frente a Sarmiento de Junín, una dura falta desde atrás le provocó la rotura de ligamentos cruzados de la rodilla izquierda, dando el puntapié inicial hacia la cuenta regresiva.

“Hoy los jugadores se recuperan de otra manera –expresa-, a mí me dieron 14 puntos y me pusieron un yeso en toda la pierna, mientras que hoy salen de la clínica caminando… Antes, romperse los cruzados era casi como despedirse. Hace 4 meses me operé los meniscos de la otra rodilla y fue totalmente distinto, a los 20 días estaba jugando”.

Además, agrega: “Empezaba a formar una familia, pero mi retiro fue fundamentalmente por la lesión. Tratar de seguir y no poder avanzar era duro. Fue difícil porque hay que dejar de un día para el otro, si bien lo venía pensando porque en la ‘94-‘95 me costaba, se me estaba por terminar el contrato y no lo iban a renovar porque jugaba cada vez menos”.

Sobre la imposibilidad de seguir jugando al fútbol como profesional, confiesa que “de golpe te encontrás con que sos uno más de los que quedaron en el camino. En definitiva, si bien llegué, soñé con otra cosa”.

El retiro le dejó lugar al docente: desde 1994, que coordinó el predio 6-0 junto a Daniel Loraschi, Galera se dedicó a la formación de chicos. Hoy trabaja en tres colegios (Madre del Divino Pastor, Los Robles y D´Annunzio), la Asociación Italiana y el country San Francisco.

“Aprendí que llegan muy pocos, aunque el sueño lo tienen todos. Los que llegan y se mantienen son los menos, y ni hablar de hacer una diferencia. La carrera del futbolista es muy corta, más si tienen que dejar jóvenes, como yo”. Y agrega: “Los padres tienen que inculcarles a sus hijos que hagan algo paralelo, porque vivir del fútbol es para pocos, el 95% queda en el camino. Hay que tener constancia, dedicación, estar en el momento indicado… No alcanza con jugar bien”.

 

Amor auriazul

Carlos Galera no duda en afirmar que “Atlanta tiene todo para estar más arriba. Yo jugaba contra rivales que hoy están en Primera, como Tigre o All Boys, pero han hecho mejor las cosas. El club sufrió la quiebra, le embargaron la sede social, no podía usar su estadio, le remataron jugadores… Le costó y todavía le cuesta salir, pero tiene infraestructura para estar en Primera”.

 

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