Soy mano

Cuando el cielo se pone gris

sábado, 23 de abril de 2022 · 07:53

Por Víctor Koprivsek

No hay manera de encerrarse 100 % en un celular. Tampoco es posible llevar adelante una vida sin vereda.

Capaz la gente grande puede con el recorrido que salva el día, meticuloso recodo que ayuda a descansar al costado de la ruta.

Una vuelta a los mandados, como para saludar mucho, vio. Después, en la parte que le toca al trabajo y ungidos por el sacrificio que se ganaron con un 10 en la primaria, las primeras generaciones supieron entregar sus horas como ofrenda hasta que la medalla de la jubilación le pone fin a su sudor.

Media tele a la mañana y la otra media por la noche. Un plato de guiso cargadito de arroz y una taza de sopa, para que el mediodía se gane bien ganada la siesta.

Todo bien.

Pero ¿y la adolescencia del milenio?

Ahora que la pandemia justifica todo el miedo del mundo ¿qué hacemos con el alma agujereada de tanto pibe y tanta piba marchito de bullying y pesados de carencias?

El siglo se llenó de jóvenes rotos sin importar su clase social o la canchita donde juegan.

El humo de los falsos escenarios es una calle larga y sin risas.

Y en las burbujas del espanto, en la soledad de las pantallas, se siguen sumando suicidios a la lista de los viernes.

Cuando las bombas estallan y llenan de esquirlas el cráter de las detonaciones tempranas, el eco de los estruendos no se tapa con alfombras.

Por eso, hay que estar atentos. Porque la tierra llora en las culpas que llenan con su nada toda nuestra fe.

Hay que estar atentos a las derrotas más que a las victorias.

Para que, como sociedad, cuando veamos las fotos de los equipos ganadores también podamos ver la tristeza que asoma detrás de un par de ojos melancólicos.

Y así, cuando los trofeos se levanten entre aplausos y palmadas, no se quede sin un lugar en el podio la humildad.

Este Soy Mano trae consigo a una joven adolescente que, con apenas 13 años, decidió dejar de vivir y se ahorcó. Sí.

Esto pasó hace unos días en Derqui, pero la lluvia que cayó después de su adiós atragantado todavía sigue llenando de gris el cielo de su barrio.

 

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