Soy mano

Retazos

domingo, 13 de noviembre de 2022 · 08:36

Por Graciela Labale

Con 72 años vividos como pude, llego a la conclusión, bahh no, qué conclusión ni conclusión, todo tiene final abierto en este transcurrir, que mi vida y supongo la de muchos, está hecha de retazos. Algunos impecables y otros maltrechos pero que unidos unos a otros no quedan del todo mal. Esos retazos siempre bien entreverados, con el sello de las personas que han atravesado y atraviesan mi paso por este mundo y también, por qué no, con letras de canciones o versos de poemas con los que eternamente me identifico.

“En el boulevard de los sueños rotos” (si sabremos de sueños rotos los setentistas), en el que crucé a tantos seres increíbles, pasé momentos bellos, como lo fueron los días en que nacieron mis hijos, “esos locos bajitos” y de los otros, los de llorar donde hay que juntar los retazos, no bajar los brazos y afirmar: vamos que “se hace camino al andar”. Para esos momentos, cuando siento que “hay en mi corazón furias y penas” siempre están ellas y ellos, los incondicionales amigos, con los que “desandamos tantas veces el camino andado” y a quienes “les adeudo la ternura y las palabras de aliento y el abrazo”.

Y en ese boulevard, también hay lugar para los reencuentros familiares amorosos, con la familia extendida, superadores de años de desencuentros, cuando ya no se le encuentra sentido a la distancia y comienza una nueva historia sin prejuicios ni limitaciones, rompiendo encasillamientos y rigideces heredadas: “Vida, nada me debes, vida estamos en paz!”

Y en ese boulevard, jamás dejo de cruzar a mis compas desaparecidos, ellos serán por siempre esas sombras sempiternas que renacen en cada momento de decepción o cuando los brazos quieren caerse ante lo sombrío que acecha. Porque “todavía cantamos, todavía pedimos”.

Y en ese boulevard también habitado por nuera y yerno, un día, quizá el más importante, me encontré con otro retacito, el milagro de Antonia en mis brazos, “que huele a pan recién horneado” y en ese preciso instante volví a resignificar la palabra abuela, reconociéndome tan igual y tan distinta a Aurelia y María, mis abuelas.

Y “en el boulevard de los sueños rotos”, donde coso los retazos, repito con Gioconda Belli:

“Estoy viva como fruta madura dueña ya de inviernos y veranos, abuela de los pájaros, tejedora del viento navegante.

No se ha educado aún mi corazón y, niña, tiemblo en los atardeceres, me deslumbran el verde, las marimbas
y el ruido de la lluvia hermanándose con mi húmedo vientre, cuando todo es más suave y luminoso.

Crezco y no aprendo a crecer, no me desilusiono, ni me vuelvo mujer envuelta en velos, descreída de todo, lamentando su suerte.
No. Con cada día, se me nacen los ojos del asombro, de la tierra parida, el canto de los pueblos, los brazos del obrero construyendo, la mujer vendedora con su ramo de hijos, los chavalos alegres marchando hacia el colegio.

Si. Es verdad que a ratos estoy triste y salgo a los caminos,
suelta como mi pelo, y lloro por las cosas más dulces y más tiernas y atesoro recuerdos brotando entre mis huesos y soy una infinita espiral que se retuerce entre lunas y soles, avanzando en los días, desenrollando el tiempo
con miedo o desparpajo, desenvainando estrellas para subir más alto, más arriba, dándole caza al aire, gozándome en el ser que me sustenta, en la eterna marea de flujos y reflujos que mueve el universo y que impulsa los giros redondos de la tierra. Soy la mujer que piensa.
Algún día mis ojos encenderán luciérnagas”.

*En el entrecomillado van citas textuales.

Comentarios