Soy Mano

Grachu

domingo, 12 de septiembre de 2021 · 08:01

por Chino Méndez


“Yo te daré, te daré Patria hermosa…” cantaba la mina rubia antes de saber que la primavera duraba un segundo. Después hubo que salir por Diagonal Norte cuando el gorilaje sonreía desde los balcones. En los años de plomo, mientras algunos libros terminaban de quemarse en el aire, ella memorizó para siempre los rostros conocidos que ya jamás sonreirían. Tan así fue, que en el retorno a la plaza ella imaginaba allí presentes a los montones que faltaban.

En la íntima vida afectiva les fue como a todos, cal y arena del amor y el desapego. Guarda que no hablo de cualquier minusa, la biaru es mi amiga, a la nunca me canso de descubrir. Digamos que la conocí, en las circunstancias en que la conocí y punto, lo importante de los afectos es reconocer todas las veces en que se redescubre el cariño.


Me doy permiso a contar una de las ocasiones en que recobré la conciencia del amor que me une a ella… Era jodida la parada, hacía dos noches en que casi no dormía. Llegué de madrugada al hospital para esperarla. Una vez allí, en la sala de espera, mientras sus hijos estarían llenando algunas planillas de internación, no nos dijimos nada, quiero decir nada importante. Hubieron instantes en que quería abrazarla y no soltarla y hubo otros en los que me metía en un tocador para mojarme la cara y mirarme al espejo para convencerme de que no debía quebrarme. Ella buscaba cosas en su cartera, es todo lo que recuerdo de aquel lapso de silencio terrible. Hasta que la llamaron para entrar al quirófano. Se nos ocurrió que allí debería hacer frio y la cubrimos con un saco azul Francia (aunque bien podría haber sido una chalina). Mientras abrazaba a sus hijos me acerqué a ellos con la cabeza inclinada en las baldosas. Miré hacia sus ojos con miedo a no volver a ver jamás su mirada clara. Con un coraje del que no soy capaz, pero húmedo de pupilas sólo atiné a decirle “Todo va a estar bien, Gra”. Y así fue, no porque yo lo haya dicho, sino porque esta dama conoce de batallas y veredas. 

Una tarde me mostró el camino a su casa cuando yo necesité guardarme. Y así seguimos y seguiremos, copa en mano, noctámbulos de música y poesía, de ojos abiertos al dolor y sobre todo a la alegría de tenernos. Jamás la ausencia será opción, simplemente porque ya no podemos perdernos.

Cuenta que ahora aprendió a tejer escarpines y sonríe sin parar, todo el tiempo.

El domingo llegará hasta la urna con pétalos en su sobre. Es que las minas sin edad no sueltan las banderas ni abandonan la ronda, tampoco claudican en la lucha por el derecho a la fragancia que debieran tener todas las flores. 

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