Literatura

Lejana Buenos Aires (tercera entrega)

viernes, 5 de noviembre de 2021 · 07:40

Por Mauro Peverelli

Hay escritores a los que siempre se vuelve. Arlt, Pavese, Haroldo Conti… hay tantos. Siempre pienso que se trata de lugares. La impresión restaurada del mundo al que convocan. Una trampa del tiempo. Hay algo, pienso, que está más allá de las palabras, y que consigue hacer presente las claves, los colores, las coordenadas de un mundo perdido. No sabría decir de qué se trata. El Buenos Aires de la primera mitad del siglo veinte; el barrio de Flores, el centro, los suburbios, ya no existe en las fachadas de sus construcciones antiguas, en los perdidos empedrados. Vive, para siempre, en El juguete rabioso, en Los 7 locos, como en tantas otras expresiones; pienso en los cuadros de Berni, en Xul Solar, por ejemplo. De tu país ya no se vuelve, ni con el yuyo verde del perdón. ¿Una frase reconstruye un mundo?

Vuelvo a hacer lo que hice la primera vez que la vi, o que creí verla. Espero el día, la hora en que la vi bajar las escaleras del subte, en la estación Callao, y voy a ver si puedo encontrarla. Me quedo allí, parado. Observo la esquina, la boca del subte, la gente. Es de tardecita. El sol se las arregla, como puede, para proyectar su última luz entre el desparejo laberinto de las edificaciones. Aunque a veces me lo propongo, observando con detenimiento las lámparas encima de las columnas, nunca consigo capturar el momento exacto en que se encienden las luces del alumbrado público. Algo me distrae. Lleva mi atención hacia otro sitio y, de pronto, sin casi haberlo notado, me encuentro ya atrapado en el comienzo de la noche. Las personas caminan por las veredas, atentas a sus teléfonos celulares, a los sonidos que llegan de los auriculares, a las pantallas. Algunos simplemente con el semblante endurecido, cargados de preocupaciones que los alejan de las veredas, de la ciudad, de la tarde. Da la impresión, entonces, de que nadie está aquí, en este presente. La ciudad está vacía. Sus habitantes se ausentaron hace ya mucho tiempo. Solo deambulan por las calles sus fantasmas, espectros de figura frágil que se difuminan al breve contacto con la mirada. Es, por supuesto, una manera un poco oscura de verlo. Sin embargo hay veces en que, el curso de las cosas, su apagado devenir, termina acorralándonos a esta visión austera y empobrecida del mundo que nos rodea.

Volví al libro de Onetti muchos años después. Manzanares era todavía un pueblo de campo. Desde la ventana de mi pieza podía ver, más allá de los alambrados, y de los terrenos baldíos, las vías casi muertas del ferrocarril. Solo pasaba por ellas, en aquel tiempo, el tren juninero. Por la mañana con destino a Retiro, y a la tardecita hacia la ciudad de Junín. Cada tanto, muy a las perdidas, también pasaba un carguero y el sonido monótono, apagado de su tránsito moroso encima de las vías se oía de fondo en aquellas tardes cuando yo leía El astillero de Onetti arrimado a la ventana. Una luz amarilla, de tarde avanzada, atravesaba los vidrios y daba en las páginas de letras apretadas en la edición de Bruguera que todavía hoy conservo en mi biblioteca. Las imágenes, los recuerdos que más impresión nos causaron, están hechos de otra cosa, no del simple repaso de un pasado que nos habla del camino recorrido. Acaso porque al momento del reencuentro uno los vive de otra manera; busca las claves, los motivos por los que permanecen allí, con esa luz, con esa potencia y ese brillo. Pasaba alguien a caballo por el camino que bordea las vías. Alguien tocó el timbre en mi casa. Lo escuché desde la pieza. Volví los ojos a la página. La historia se lo llevaba todo. Pero no solo la historia sino ese mundo apagado, el intento lastimero y a la vez osado de sostener el aliento humano donde solo están las señales de la derrota. A Onetti siempre se vuelve, por supuesto. Aún hoy lo sigo leyendo.

Una ambulancia baja por Córdoba. El sonido de la sirena, lastimero y filoso, abre en dos el tránsito de vehículos en la avenida. Un Moisés con el cayado en alto separando las aguas del Mar Rojo. Unos segundos después, a lo lejos, el sonido se dispersa, se confunde entre bocinas y motores. Queda la impresión, siempre culposa, de que la emergencia que la convocaba ha desaparecido, o que se ha disuelto en el torbellino de las demás preocupaciones, las que aquejan a todos.

Una mujer está parada en la boca del subte, en la vereda de enfrente. Habla por teléfono a unos pasos del primer peldaño. No puedo verle la cara. Por un momento pienso que es ella. Tiene el pelo distinto, más corto, más oscuro. No lleva anteojos. Sin embargo pienso que es ella. Intento aferrarme a algo, la expresión corporal, los movimientos de las manos mientras habla; tironeo de cada uno de estos indicios, lo hago con insistencia, hasta que, por un instante, forzando al máximo los argumentos, sosteniendo cada uno de ellos con la breve ilusión que los reclama, que los convoca, convierto a la mujer en Malena. Es solo un instante, hasta que levanta la cabeza y puedo verle la cara. La ilusión desaparece.

Di vuelta una página. Unos perros ladraban, no paraban de ladrar. Desde la ventana miré hacia la esquina porque había parado un colectivo, el San José, y alguien bajaba. Volví a la lectura. Fue entonces cuando la encontré, después de tantos años: De pronto Petrus se echó hacia atrás y la piel de su cara se fue estirando con precisión sobre los menudos huesos. Por un momento Larsen estuvo seguro de que la cabeza se erguía muy lejos de la penumbra del cuarto, en un clima de intolerable cordura, en el mundo antiguo y pedido.

¿Una frase, un párrafo, reconstruyen un mundo? No era Onetti, ni Larsen ni el viejo Petrus, ni siquiera mi voz resonando en el interior de mis pensamientos mientras la narración avanzaba. Era la voz de Malena. Había vuelto, de pronto. El recuerdo se abría, se desplegaba en cada palabra y aquel sonido, tan claro, era ahora su voz leyendo en la casa de Charly, ya ni recordaba cuánto tiempo atrás. La escasa luz, ella con los ojos pegados a la página, una canción de Los Abuelos de la Nada en los parlantes, las voces y risas de las demás personas, pero, ante todo, ella otra vez ausente. Se alejaba en la lectura. Parecía como si allí, al lugar al que convocaban las palabras, solo ella tuviera acceso. Volvía a dejarme a mí, al mundo que la circundaba, afuera de aquellos lugares. No hay momento de mayor soledad, de mayor desamparo que el instante en que somos excluidos del sitio donde, aquella persona que más nos importa, acaba de ingresar y dejarnos fuera. No pude seguir leyendo. Cerré el libro y me quedé mirando por la ventana. Era un mundo nuevo. En él estaba Malena, ahora para siempre.

Miré hacia arriba. Encima de las columnas, con una claridad fría, incandescente, las luces led del alumbrado público ya estaban encendidas. Caminé por Córdoba, hacia el centro. Intenté mirar el cielo, por encima de las luces. Todavía estaba claro. La tarde, allí, arriba de los edificios, de las luminarias, resistía del modo en que podía. Sobre las veredas de la avenida Córdoba, en cambio, ya era de noche.

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