Literatura

Soy Mano: Refugiarse en la poesía

Por Graciela Labale

12 de octubre de 2024 - 09:45

Últimamente, asfixiada por la realidad, el monedero y el día a día que no da respiro, sólo encuentro refugio en las y los poetas que en todas las épocas pudieron ponerle palabra al dolor que nunca les resultó ajeno. Y como un milagro cotidiano irrumpen en mi memoria, como una ráfaga sostenida ya sea cuando abro un libro o conecto con alguna página de poesía o por redes sociales. Pero sea como sea, aparecen… Nuevas o de años ya, juglares de diferentes lares, retratan un tiempo que inexorablemente, como un karma, se repite y se repite.

Y si no fijate. El que sigue, titulado “Por algo” es del querido Hamlet Lima Quintana, con unos cuántos años ya. Parece dedicado a nosotros, los viejos, los de hoy, los que ya atravesamos casi todas las crisis contemporáneas y un poco más.

“A veces salgo por allí para salir por algo.

Estoy muy deprimido en apariencia,

tal vez algo más flaco,

tal vez mucho más viejo por paciencia

o por estar recién naciendo viejo.

Estoy muy deprimido en abandono

y me parezco a la devaluación de la alegría.

No quiero ser feliz cantando un tango

pues me asombra sentir que no perdono.

A veces salgo por allí, hago las cuentas

de todo lo que falta o nos robaron

y vuelvo vertical, pienso en mis hijos

en la generación que nos mataron.

Y entonces salgo allí, muy firme

entre la luz,

para salir por algo.”

O este otrito, “Ayer estuve en el manicomio”, de Mariana Carabajal, salido de horno en la última semana ante la crueldad y la indignidad a las que no me quiero acostumbrar.

“-¡Hágase el poema imprescindible!-

Voy a los gritos por la calle

subiendo los dos escalones de granito

de los viejos almacenes de los barrios,

o los treinta y ocho escalones de mármol

de las catedrales, o los cincuenta escalones engomados de los subtes.

Voy con un megáfono:

-¡Hágase el poema necesario!-

Tropiezo con las baldosas sueltas de la plaza,

me doblo los tobillos al bajar los cordones del asfalto

recién terminado. ¡Es que no voy mirando!

Invito a todos los que esconden un poema

a publicarlo urgentemente. Sáquenlo a las veredas y siéntenlo en una reposera para que tome aire, que así es

como se ventila a los locos, a los oligofrénicos a los ancianos, o a todo lo que guarda historia y sabiduría.

Pásenle también un mate y un bizcocho,

pero por favor, déjenlo hablar...

-¡Compañero poeta! ¡Libere su palabra! Suéltela como quién suelta globos, excarcélela como a una presa política, échela a rodar como una jirafa desbocada en la multitud.

Ahora, caen lágrimas de mis ojos,

y metáforas de los bolsillos

mientras detengo el tránsito

con una pancarta en blanco.

-¡Liberen la palabra!- les grito cuando corta el semáforo.

-¡Sí! Déjenla que salga y muerda el corazón de las mentes y las manos, qué veloz y entusiasta arremeta torpemente

contra los arcoiris, contra los unicornios y la mare en coche; que trepe a los árboles en pollera y se ensucie hasta el alma comiéndose las moras.

-Un segundo, señor, déme un segundo. Estamos buscando a la palabra extraviada, a la palabra herida,

a la secuestrada en los hospitales neuropsiqiátricos prostituída en los noticieros.

Me responden a los bocinazos ¡eso ya es algo! Otros se acercan tímidamente con un cuaderno, una hojita,

una copia hecha a mano. Han dejado su vida de casados con el tedio, de separados que se extrañan, de cantantes frustrados, de pan de ayer, reciclado como budín de pan.

Se acercan felices o indignados,

¡qué más da! Abandonaron el sillón de sufrir y se van sumando cada cual con su poema en la mano y una mansa complicidad de feligreses excomulgados.

Cada cual con su palabra y con su verso libre, de pecado, de métrica, de sodio, y de todo lo que hace mal al corazón.”

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