Últimamente, asfixiada por la realidad, el monedero y el día a día que no da respiro, sólo encuentro refugio en las y los poetas que en todas las épocas pudieron ponerle palabra al dolor que nunca les resultó ajeno. Y como un milagro cotidiano irrumpen en mi memoria, como una ráfaga sostenida ya sea cuando abro un libro o conecto con alguna página de poesía o por redes sociales. Pero sea como sea, aparecen… Nuevas o de años ya, juglares de diferentes lares, retratan un tiempo que inexorablemente, como un karma, se repite y se repite.
Y si no fijate. El que sigue, titulado “Por algo” es del querido Hamlet Lima Quintana, con unos cuántos años ya. Parece dedicado a nosotros, los viejos, los de hoy, los que ya atravesamos casi todas las crisis contemporáneas y un poco más.
“A veces salgo por allí para salir por algo.
Estoy muy deprimido en apariencia,
tal vez algo más flaco,
tal vez mucho más viejo por paciencia
o por estar recién naciendo viejo.
Estoy muy deprimido en abandono
y me parezco a la devaluación de la alegría.
No quiero ser feliz cantando un tango
pues me asombra sentir que no perdono.
A veces salgo por allí, hago las cuentas
de todo lo que falta o nos robaron
y vuelvo vertical, pienso en mis hijos
en la generación que nos mataron.
Y entonces salgo allí, muy firme
entre la luz,
para salir por algo.”
O este otrito, “Ayer estuve en el manicomio”, de Mariana Carabajal, salido de horno en la última semana ante la crueldad y la indignidad a las que no me quiero acostumbrar.
“-¡Hágase el poema imprescindible!-
Voy a los gritos por la calle
subiendo los dos escalones de granito
de los viejos almacenes de los barrios,
o los treinta y ocho escalones de mármol
de las catedrales, o los cincuenta escalones engomados de los subtes.
Voy con un megáfono:
-¡Hágase el poema necesario!-
Tropiezo con las baldosas sueltas de la plaza,
me doblo los tobillos al bajar los cordones del asfalto
recién terminado. ¡Es que no voy mirando!
Invito a todos los que esconden un poema
a publicarlo urgentemente. Sáquenlo a las veredas y siéntenlo en una reposera para que tome aire, que así es
como se ventila a los locos, a los oligofrénicos a los ancianos, o a todo lo que guarda historia y sabiduría.
Pásenle también un mate y un bizcocho,
pero por favor, déjenlo hablar...
-¡Compañero poeta! ¡Libere su palabra! Suéltela como quién suelta globos, excarcélela como a una presa política, échela a rodar como una jirafa desbocada en la multitud.
Ahora, caen lágrimas de mis ojos,
y metáforas de los bolsillos
mientras detengo el tránsito
con una pancarta en blanco.
-¡Liberen la palabra!- les grito cuando corta el semáforo.
-¡Sí! Déjenla que salga y muerda el corazón de las mentes y las manos, qué veloz y entusiasta arremeta torpemente
contra los arcoiris, contra los unicornios y la mare en coche; que trepe a los árboles en pollera y se ensucie hasta el alma comiéndose las moras.
-Un segundo, señor, déme un segundo. Estamos buscando a la palabra extraviada, a la palabra herida,
a la secuestrada en los hospitales neuropsiqiátricos prostituída en los noticieros.
Me responden a los bocinazos ¡eso ya es algo! Otros se acercan tímidamente con un cuaderno, una hojita,
una copia hecha a mano. Han dejado su vida de casados con el tedio, de separados que se extrañan, de cantantes frustrados, de pan de ayer, reciclado como budín de pan.
Se acercan felices o indignados,
¡qué más da! Abandonaron el sillón de sufrir y se van sumando cada cual con su poema en la mano y una mansa complicidad de feligreses excomulgados.
Cada cual con su palabra y con su verso libre, de pecado, de métrica, de sodio, y de todo lo que hace mal al corazón.”