Después del Soy Mano del Chino -que salió publicado la semana pasada con el título de Historias mínimas-, quedó la vara alta para intentar con la pluma una continuidad de trenes, pasillos y gente desconocida que convive por un rato.
Después del Soy Mano del Chino -que salió publicado la semana pasada con el título de Historias mínimas-, quedó la vara alta para intentar con la pluma una continuidad de trenes, pasillos y gente desconocida que convive por un rato.
Pero el furgón también está en el shopping. Se amontona en el sector de comidas rápidas, entre papas fritas con cheddar y ante la mirada indiferente, pero vigía, que relojea de costado y con disimulo al que no encaja.
Los vasos descartables y las servilletas usadas se tiran, bien guardadas, abajo de la alfombra.
La fruición come con los dedos y se atraganta con papas fritas ¿por qué tan rápido?
“Para que no te la coma el de al lado”, me guiña un ojo el niño interior.
Pensando en escribir mi Soy Mano, me puse a mirar con atención a mi alrededor. “Sin juzgar, sólo ver”, dice el adulto que sueña con ser poeta.
Vi, de entrada, cierta opacidad del tedio, una especie de aburrimiento que baja como ceniza espesa para posarse en la mirada de los solitarios y sus pausas.
Arrimándose con rigidez de estatua, hubo quien se sentó de espaldas a los otros y se fue, por un instante, por ese horizonte de ventanales amplios a viajar por otros mundos, otras luminosidades.
Mis oídos escuchaban griterío, busqué una fiesta entre tantos colores rojos y amarillos, entre tantas banquetas y desfile de bandejas; no encontré más que movimientos de bocas y manos ocupadas en el ir y venir de las hamburguesas con la sobremesa ausente.
Cuando daba todo por perdido, pude divisar que en el balcón de afuera había una Julieta y un Romeo, sí, cuarentones, que se besaban sin importarles nada.
Ella miraba fijo los labios de él y lo rodeaba con sus brazos. Él le hablaba mientras era besado.
Ella parecía mayor, en tiempo y fuerza. Él era más pequeño, en cuerpo y entusiasmo.
Compartían la mesa con una niña sumergida en su celular que bien podría ser su hija.
A los tortolitos, nadie quería mirar, les daba vergüenza. Pero todos sabían que se besaban.
Hay trenes que no viajan sobre rieles ni vías. Son apenas momentos que pasan, quizás, una sola vez en la vida.
Hora de irme. Terminé mi combo de comida al paso.
Decidí bajarme del furgón del shopping para continuar a pie por otras estaciones.
Al salir me crucé con la peregrinación de los escandalosos y noté, con naturalidad, que la máquina continuaba cobrando y cocinando, envolviendo y tragando: se abrió camino un puñado de jóvenes que llegaron hasta la caja y compraron un montón de conitos de helados, con sabores combinados y para todos los gustos.
No pagaron con dinero, le mostraron sus celulares a la cajera y listo.
Ya en el estacionamiento, antes de subirme al auto, escuché decir a uno que pasaba (no me fijé si hablaba solo o por el celular): “Son personas bondadosas, que no miden cuando ofrecen, lo único que les importa es que te sientas cómodo”.
