Conocí a Pablo Simeoni, el señor del video, hace ya muchos años. Por esas cuestiones de la vida y el amor de nuestros hijos, nos hicimos familia. Lindas charlas de vereda con él y su esposa, la querida Ethel, en la puerta del videoclub o en alguna mesa numerosa, de las que se armaban en días especiales. En ese ida y vuelta de historias que compartíamos y cada uno atesora, conociendo además mi debilidad por la poesía, Pablo contó algo que había vivido en su niñez y primera adolescencia, que obviamente quedó grabado a fuego en mi memoria.
Al tiempo, mi consuegro se sumergió en las sombras de ese terrible mal, al que todos los viejos le tenemos tanto miedo, y al que llamamos con un eufemismo, porque se nos hace innombrable: “el alemán”. Y ya no pude volver sobre el tema que despertó en mí tanta curiosidad.
Igual por acá voy a atreverme a contar lo que recuerdo y con algo de lo que sus hijos pudieron aportar. Sin duda toda una curiosidad, diría casi literaria.
En la década del 50, o quizá un poco antes, los padres de Pablo, María y Ángel, cuidaban la quinta de la familia Etchepareborda, de la que aún hoy puede verse en los inviernos, ese largo camino desde la tranquera, a vaya a saber dónde. Esas quintas o estancias tan preciadas por la burguesía porteña para pasar largos veranos y que hoy casi han desaparecido en el Pilar actual. Ésta, en particular situada en la antigua ruta 8 pasando la curva del Mingo, a mano izquierda.
Pablo recordaba que de tanto en tanto aparecía un señor muy elegante, que tan pronto llegaba cambiaba su sobrio traje de verano por un equipo de tenis, por ese entonces obligadamente blanco, para disputar algún partido con los dueños de casa y luego disfrutar de una zambullida en la pileta. A través de sus padres y los “patrones” pudo saber que ese caballero era ni más ni menos que Oliverio Girondo, uno de los más emblemáticos poetas argentinos, integrante del Grupo Florida, que desde la vanguardia cuestionaban por ejemplo la métrica y la rima en la poesía. Quise rastrear algún dato más pero fue imposible. Por eso hago público este relato, que sólo circuló en familia, para ver si alguien más puede hacer su aporte. De mi parte, en principio, voy a intentar atravesar la tranquera y caminar ese largo camino que seguramente el poeta transitó, para ver con qué me encuentro.
¿Sabías que por acá, en este espacio que ya lleva 20 años en El Diario, dimos a conocer que también anduvieron por aquí el escritor Macedonio Fernández y el recordado político socialista don Alfredo Palacios?
Quiero imaginar que después de escribir “que los ruidos te perforen los dientes, como una lima de dentista y la memoria se te llene de herrumbre, de olores descompuestos y de palabras rotas”, a Oliverio le gustaba refugiarse en la quinta pilarense para escuchar el silencio, sólo interrumpido por el canto de los pájaros y el ruido de las hojas al caer en cada otoño.