Literatura

Melodía de arrabal: La changa

Por Mauro Peverelli

15 de junio de 2024 - 22:22

Tomaban cerveza sentados en el umbral de la casa rosa. Tiraban piedras a los agujeros de los desagües en el cordón de enfrente. Hay que partirlos en dos, decía el Bandi. Él lo miraba y después apuntaba cerrando un ojo y tiraba la piedra pero no acertaba nunca. Es mucho treinta días, agregaba. Buscaba algún cascote en la vereda pero sin levantarse del umbral. Yo no llego nunca chabón… estamos a trece y ya me quedé sin guita… hay que partirlos en dos y hacer meses de quince días. Vos por lo menos tenés laburo, decía él, a mí con las changas se me está complicando. Una mujer pasó empujando un carro en el que iba metiendo lo que servía después de escarbar en los contenedores de basura. Las chicharras perforando el aire de la tarde recién empezada. El Bandi empinó la botella y tomó el último trago. Pagate otra, le dijo. Él se lo quedó mirando. Fiado únicamente, dijo; andá y decile a Carmen que me la anote. El Bandi se paró con la botella en la mano. Tiró la última piedra y embocó el agujero en el cordón de enfrente. Tomaaá papaaá… le gritó. ¿Qué?, preguntó él.

Se la clavé adentro boludo… No sé, no estaba mirando. El Bandi se fue y se metió en el almacén murmurando un insulto. Él se reía solo.

Seguían tomando cerveza y él contaba que era el cumpleaños de la Gime. ¿Cuántos cumple?, preguntó el Bandi. Cinco. ¿Vas a ir? Sí chabón, es mi hija, nunca falto al cumpleaños de mi hija, decía él. ¿Y Gladis? No… todo bien con Gladis, como no me atraso con la plata de la Gime nos venimos llevando bien. Una nube de polvo flotando en el callejón de tierra del otro lado del campito. Vieron pasar un patrullero acelerando para el fondo del barrio. Este mes si no sale algo a lo mejor se termina la paz. Se rieron. Viene complicada la cosa, ni para comprarle un regalo tengo… nunca me pasó, nunca. Igual hoy es viernes, dijo el Bandi, viene Galván y seguro te llama para hacerle el parque… yo le cortaba siempre los viernes. Sí, decía él, espero que llame porque hoy… tengo la nafta justo para ir hasta lo de la Gime a Manzanares y volver.

Se terminaron la cerveza y empezaron a caminar para el lado del barrio. El sol en el medio del cielo. Un calor húmedo levantando los vapores de los desagües que se pudrían en las cunetas. Cruzaron la ruta y el Bandi se metió por la calle que llegaba hasta el fondo de San Alejo. Él siguió un par de cuadras y justo antes de llegar a su casa recibió el mensaje de Galván para que fuera a cortarle el pasto. Yo llego en un par de horas y te pago, le decía en el mensaje; abrí el portón con tu llave que yo dejé cerrado, aclaraba al final. Él tenía las llaves de casi todas las quintas a las que les hacía el parque.

Llegó a su casa y abrió la puerta y pisó los sobres de las boletas sin levantarlos. Fue hasta la galería del fondo y descolgó la manguera del clavo. Metió una punta en el tanque de nafta de la moto y chupó de la otra y llenó una botella de dos litros. Le puso el aceite y la mezcló y después agarró la desmalezadora. Se la enganchó en el arnés y se subió a la moto y salió para la quinta de Galván.

El ardor en el cuello y en los brazos. Terminaba de bordear algunos canteros y se iba hasta la canilla y se mojaba la cabeza. Sacó la toalla de la mochila y la remojó y se la puso en el cuello antes de seguir cortando. El sol había cruzado un pedazo de cielo. Manchas saltando entre los lugares y las cosas con la velocidad de la mirada. Mínimas cicatrices que los ojos arrastraban de tanto mirar el reflejo del sol sobre las formas.

Galván volvió a escribir cuando todavía faltaba cortar la mitad del parque y los bordes de la pileta. Dijo que le había surgido un contratiempo y que no podría ir hasta el día siguiente.

Un enojo breve que lentamente decrecía y amenazaba con volverse pena por él y por su suerte siempre esquiva. Siguió cortando. Se fue hasta la pileta y metió la cabeza en el agua.

Un alivio que de pronto fue silencio del mundo y de los ruidos del mundo, ruidos que al instante quedaron atrapados en su cabeza como si la máquina siguiera rugiendo insistente y furiosa dentro suyo.

Terminó de barrer y de amontonar el pasto y empezó a juntar sus cosas para irse. Galván le escribió esta vez preguntando si él no tenía una cuenta o un mercado pago donde depositarle la plata. Él respondió que no tenía nada de eso.

Se subió a la moto con la máquina colgando del gancho del arnés. La sacudió a ambos lados para oír el ruido de la nafta en el tanque. Estaba casi vacío. Llegó a la ruta y agarró para el lado del barrio. Humo de camiones y colectivos acelerando en los semáforos. Una bandada de loros gritando en la copa de los eucaliptos. Pensaba en la Gime esperándolo hasta tarde y él sin siquiera poder llamarla por teléfono. Se le acabó la nafta unas cuadras antes de llegar a su casa. Un arrebato de bronca le humedeció los ojos y en un instante el mundo se apretó contra su cuerpo. Todo cuanto existía y acontecía giraba alrededor de aquella furia siempre a punto de estallar o de apagarse en el instante siguiente. Alguien pasó en una camioneta y lo saludó pero él no alcanzó a ver quién era. Cargó el tanque de la moto con el resto de la nafta que quedaba en la desmalezadora. Después de varias paradas la moto arrancó y empezó a echar humo blanco por el escape porque aquella nafta estaba mezclada con aceite.

Dejó la máquina y la moto en la galería y se metió en la casa y fue derecho a la pieza. Se tiró en la cama. Las imágenes saltando desde la pantalla del teléfono. Se fue quedando dormido en medio de pensamientos que relajaban la bronca y la confusión y la impotencia.

Un río crecido y el agua casi en la puerta. Veía acercarse una lancha y de pronto el miedo porque la ola de la lancha haría entrar el agua a su casa. Se oía una bocina a lo lejos y él miraba y no sabía de dónde venía.

Se despertó con los bocinazos de la moto del Bandi. Miró por la ventana. Estaba oscureciendo. Pagate una birra guachín… le gritaba el Bandi desde el portón. Él se fue

acercando. No tengo un mango Bandi… si sabés que estoy muerto. Sí que tenés, decía el otro y le mostraba la pantalla del teléfono donde Galván había transferido para él la plata del corte de pasto.

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