opinión - educación

Una Reina con corona…no claudica

Por Lic. Sandra Bilangieri Vicedirectora del nivel Secundario del Instituto Verbo Divino.
martes, 25 de mayo de 2021 · 14:00

En memoria de Graciela Caravelli

Una vez más, enredada en mis cavilaciones, recuerdo aquellas líneas que escribiese, casi por el mismo mes, hace un año atrás, tejiendo y destejiendo la trama del deseo de una escuela sin corona. Una escuela que se proponía aprender y mantenerse en pie.

Hoy, con la misma intención ante un mundo que se derrumba, intentando juntar los pedazos de una escuela vapuleada, usada políticamente, escindida, me siento a escribir, casi como si el solo hecho de hacerlo fuera catártico y como si al pronunciarme lograra aquietar mis sentires.  

Cada día con sus mañanas, me dispongo a comenzar la jornada escolar para encontrarme con la gente linda de mi escuela, colegas que andan y desandan los caminos de la enseñanza, a veces con euforia Sarmientina y otras con la nostalgia de un tango, porque aquellos que somos parte de la escuela somos así, apasionados, viscerales, la transitamos intentando reconstruirnos con ella, caminando mentalmente los pasillos, gastando las ideas, imaginando que es posible mantener el espíritu de una escuela constructiva, asumiendo el compromiso que como educadores se nos ha sido conferido.

Una vez más abrazamos los desafíos de la virtualidad, una virtualidad que pareciera ser el único recurso para hacer llegar a los alumnos la posibilidad de aprender. No alcanza, no es suficiente, en la escuela aprendemos con el otro, de a muchos, mirando y dejándonos ver. Somos tribu.

Las escuelas cierran sus puertas en el mismo momento que se arrepienten de hacerlo, y pivotean entre abrir mucho, poquito o nada, como si al deshojar una por una las posibilidades no supiéramos que ninguna opción va a dejarnos conformes. A hacer escuela se aprende haciéndola, es en la escuela que  sucede el aprendizaje.

En manos del letal virus que azota a la humanidad, familias destruidas lloran sus muertos, su orfandad nos enmudece a la hora de explicar lo inexplicable, lloramos nuestras pérdidas en soledad.

Lo indecible no tiene palabras, pero la escuela sí, la escuela se nutre del pensamiento y el conocimiento, la escuela lejos de callar debe pronunciarse, aún en la vaguedad de la utopía. Aún a la deriva y muertos de miedo, por un sistema que agobia, aún en los márgenes de orillas diferentes, aún y a pesar de… La escuela debe erguirse vertical, debe invitar a los jóvenes a respetar la normativa, a cuidarse, a celebrar la vida sin ponerla en riesgo, a leer y a escribir con computadora o sin ella, a pensar.

La escuela es la usina de las ideas, en ella se forman los futuros gobernantes, científicos, filósofos, trabajadores, allí radica su valor, indiscutible. Allí se encuentran las oportunidades para transformar una historia adversa en una de superación. Allí moran los proyectos más ambiciosos. Los grandes de la humanidad, todos y cada uno de ellos, tuvieron un docente inspirador que supieron toparse en algún pasillo o en un rincón del patio de la escuela. Habita en la escuela un legado irrenunciable. La esperanza de un mundo mejor.

La escuela hacedora de humanidad, humanizante y en agonía, no se da por vencida, redobla los esfuerzos, apuesta, se reinventa, se capacita, enseña, aprende, sostiene, nuclea, reconforta, alienta.

La escuela con corona…no claudica.

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