Cuentos de Cuarentena

Astolfi

viernes, 7 de agosto de 2020 · 17:35

Sus manos acariciaron su rostro.

Las pesadas manos, sobre los ojos.

Como deteniendo al tiempo.

El camino era de tierra, como todos los laberintos que aparecían en sus sueños.

-Ya no veré a nadie, a nadie -pensó.

Irte de todos lados, siempre requiere una sola certeza.

Un largo viaje se muestra como una soledad constante.

Cerró los ojos un instante, dejó que el aire acaricie los surcos de su rostro.

Miró hacia sus pies y los vio descalzos.

Se asombró de la blancura de ellos.

Pensó lo extraño de presentarse así ante alguien.

-De tanto andar, me olvidé de verme - dijo.

Uno debería tener ojos en la espalda, para ver la huellas como desaparecen.

Respirando hondo uno encuentra su propio sentido de vida.

Resistir, es lo único que nos hace memoria.

Por que será que siempre hay viento en los adioses?

Al fin, sin miedo, sus ojos sintieron el camino.

La nostalgia invadió su pecho, como cuando uno sabe que hay destino, pero no cuando.

Como aferrándose al pasado que ya no verá, y un presente que desconoce.

-Si pudiera decir todo lo que no dije, o amar todo lo que no he amado-

Es tarde, ya todos duermen.

Lo concreto es la calle, es el llamado a retirarse a tiempo, antes que llegue la agonía inútil.

El chasquido de la lengua, rompió el silencio y abrió el abismo.

Caminar, quién sabe cómo?

Si solo aprendimos a pararnos.

Que importa la experiencia, si donde vamos, hay solo amnesia.

Cuando uno logra olvidar, el cuerpo se pone liviano, tal vez sea la memoria que nos ancla en el pasado.

Tanto recordar tiene el doble sentido de sostener y envejecer olvidándose de uno mismo.

-Si mi madre me viera tan dubitativo, me miraría con ojos de fuego-

Es increíble como uno vuelve siempre a los mismos lugares cuando se siente acechado por los insomnios.

Las lejanías se producen cuando uno fija la vista en el camino, uno debería mirar hacia los costados para engañar a la distancia.

Los altos pinos dibujan sobre el cielo la sombra, los pájaros pasan rasantes sobre los frutos rojos del monte.

-Podría quedar aquí, qué mas da-

Pero la urgencia provenía de sus piernas (Aunque lentas). El objetivo era claro. Partir.

Alguien algún día, escribirá que es mejor irse de los lugares antes de tiempo, que es mejor engañar a todos y burlarse del oráculo.

El río fluye como quejido sobre las pequeñas rocas azules.

Los arco iris no son los que parecen y allí descanzan los sueños.

-A mi edad saltando estas piedras de colores-

Siempre es mejor el movimiento a la quietud, quedarse quieto es regalarle ocio a las agujas del reloj.

La repetición, te lleva a cometer los mismos errores, no te hace savio, te hace copia.

Reflexionar sería una eterna conversación con la experiencia.

La fila de árboles no dejan ver los laterales, sus flores azules forman un muro que no deja desviar el camino.

- Solía tener alergia a todo, hasta al sol-

El mundo te contagia del mundo, tiene la capacidad de un virus que no tiene cura, de una pandemia que busca que sea todo igual, hasta en las soledades.

El aroma dulce del aire, el sabor al pecho materno.

El túnel es ciego, el instinto se apaga y uno pierde el control de los pies y siente como el cuerpo se inunda.

-Así será el final de todo-

El agua va tranquilizando todo, uno deja que suceda.

El miedo es al fin y al cabo una luz disfrazada de sombra.

-Aquello debe ser el final, la luz-

Hay momentos que uno grita tan fuerte y otros que tarda en darse cuenta.

Ya no se puede fingir.

Con los ojos llenos.

Con la boca llena.

De todo.

 

Héctor Acevedo

Comentarios

8/8/2020 | 09:36
#0
Excelente el cuento. Felicitaciones a el Diario y a Héctor Acevedo.