Cuentos de Cuarentena

Ibuprofeno para el dolor

miércoles, 5 de agosto de 2020 · 14:55

Me despierto pero no abro los ojos. No. Los dejo así, cerrados. Bah, sellados, con estas lagañas que me salen. Pero qué me importa, si yo quiero seguir durmiendo un rato más. O mucho más. Todo el día mejor. Por suerte el dolor no duele en los sueños. En los sueños pasan otras cosas, no digo que no tenga pesadillas. Pero este dolor sí que no.
Me doy vuelta (estaba boca arriba) y meto la cabeza abajo de la almohada. Detesto la luz que entra por la ventana. Si fuera por mí, que sea de noche siempre, así puedo dormir tranquila. 
Esta vez me despierta Bigotes, que quiere salir al patio o comer o tomar agua. Con Bigotes me di cuenta de que no quiero tener hijos nunca. Menos mal que lo tuve primero a Bigotes. Los maullidos me vuelven loca. Me levanto y el gato corre hasta el platito donde le pongo el alimento. Agua todavía tiene, que no joda.
Yo también podría comer algo pero no tengo hambre ni ganas de cocinar. Así que me tiro en el sillón. A descansar, pienso y me da risa.
Bigotes se me sube encima, arriba de las piernas. Y me clava esas uñitas filosas que tiene. Hago un bollo con la factura de la luz y se lo tiro. Andá, búscalo. Y Bigotes lo va a buscar. Primero acecha y después salta rapidísimo como si el papel se pudiera escapar. Con las dos patitas de adelante se pasa la pelota. A él mismo. De una patita a la otra. A mí me da bronca porque juega sólo. No me la trae ni una vez a la pelota. Así que lo levanto del cuello y la recupero. Ahora es mía, jodete. Por egoísta. Hasta los gatos son así. Unos egoístas.
Ahora se limpia las patas y la panza y los muslos con la lengüita. ¿Yo hace cuánto que no me baño?
Lo que pasa es que con este dolor. Este dolor no se banca. Hace varios días que estoy así y el ibuprofeno no me hace nada. Ni aunque me mande dos pastillas juntas. Podría pedirle algún calmante a mi vieja, que es doctora. Pero qué le digo. ¿Que me duele qué? Me duele y punto.
El dolor me duele. Ninguna parte en específico. No, todo me duele. Y tan fuerte como una muela cariada. O un útero menstruando.
Eso, le voy a decir que me duelen los ovarios. Que por favor me recete algo. O que me diga qué comprar.
-¿Pero tanto te duele?
-Sí, ¿me vas a decir qué tomar o no?
-Venite al consultorio que te revisa una compañera.
-No quiero ir al consultorio.
-No es normal que te duela así y menos que te duela hace días.
-Por eso, decime qué tomar y se me pasa.
-Venite al consultorio, me preocupa.

Vieja de mierda, ahora se viene a preocupar. Ahora es tarde. Corto el teléfono y salgo a la farmacia.
- Algo fuerte, por favor.
- ¿Qué le duele?
- Los ovarios.
Tenemos ibuevanol forte.
¿Qué tan forte es? Mirá que me tomé dos ibuprofenos juntos y nada.
Tenemos otras drogas pero se venden bajo receta.

Entonces veo el cartelito del ibuprofeno para niños que tomaba cuando era chica y me dolía alguna parte del mundo. Como ahora, que tengo una puntada horrenda que no termina de pincharme en ninguna parte. Como si el dolor estuviera en la sangre. No está en ningún lado y está en todos a la vez.
Pido de frutilla. Mi favorito. Aunque el de naranja también me gustaba mucho.
En una copa pongo tres medidas. Tomo el jarabe de ahí. Parece daiquiri, así que le tiro un par de hielitos.
Espero. Espero. Espero. Pero tampoco me hace efecto. Y yo no puedo seguir durmiendo así.
Porque las vacaciones que me tomé se terminan. Es más, se están terminando. Y con este dolor no puedo ir a trabajar. No puedo. Me duele y dónde mierda me duele. En ningún lado.
En todos.
De la bronca me golpeo la cabeza contra la pared. Entonces se me ocurre. Empiezo a golpearme con ganas. Me golpeo y me golpeo tan fuerte como todo lo otro que me duele. No paro hasta que me sale un chichón hermoso. Siento cómo late. Lo acaricio con los dedos y sonrío, porque ahora sí me duele en una parte y al fin. Al fin el ibuprofeno me va a poder hacer efecto.

Por Luciana Taranto

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