Cuentos de Cuarentena

Crónica de la Primera Salida de la Prisión Domiciliaria

domingo, 2 de agosto de 2020 · 21:08

6 de mayo de 2020

Sonó mi teléfono, siento el sonido de una voz a través del aparato que pregunta: “¿hablo con la señora María?”
desconfiada, contesto

-Sí, con ella misma

- Hablo de la farmacia Tucumán, es para confirmarle el turno de vacunación con la farmacéutica para el día siete de mayo, a las catorce horas.

Esa noche casi no pegué un ojo, despertaba con la sensación de un sueño ahogado, pensé que me había olvidado cómo sería estar de nuevo en la calle, sacar el auto, moverlo,  Quise volver a conciliar el sueño, cerré los ojos, pero uno de ellos se abría, quizás ese pequeño filtro de luz que atraviesa la ventana es el que no me dejaba dormir;  vino a mi mente nuevamente el auto: ¿y si no arranca?. Tanto tiempo estático, con la lona verde que lo tapa de las cagadas de los pájaros. Por ahí él también tiene sentimientos y puede que esté enojado porque ni siquiera lo miraba. Pasaba como un autómata cerca, pero él, ya no ejercía atracción ninguna sobre mí, por eso me aparté un poco. Bueno, veremos mañana que será el día memorial de la primera salida. Hemos programado ir los tres de nuevo a la calle, irá Alfredo también, mi marido. A él también de dieron prisión domiciliaria, pero ya planeamos que me acompañará como ayudante terapéutico, así de paso compra los tornillos que le hacen falta.

Pero después vino la idea agobiadora del insomnio, pensaba: ¿preparé bien el barbijo?, no voy a llevar la cartera, tampoco el monedero, tal vez si por si me piden algún documento.  ¿Llevaré guantes de látex?, ¿un alcohol en gel será suficiente?, sí, creo que sí, porque también llevaré el desinfectante en aerosol. La ropa que preparé es cómoda, así deslizo las mangas y me vacunan rápido, menos mal que envié por mail el pedido de los remedios de PAMI, la cuestión es que me vacunen y tener los remedios en mano.

7 de mayo de 2020

Siendo las nueve de la mañana y habiendo tomado el desayuno habitual, mi marido, ante mi insistencia, apartó la lona verde del auto, luego de mirarlo un rato, se metió en el interior y con suaves movimientos de dedos lo puso en marcha.  Sentí su respiración desde adentro, no lo podía creer, algo distinto funcionaba en la prisión.

Antes de almorzar, di muchas vueltas desde la cocina al comedor, tenía que verificar si todo lo que había preparado el día anterior estaba correcto.  Faltaba la cartera, elegí una colgante, de manera de no tener que estar pendiente de ella, sino de poner los elementos necesarios dentro.  Pensar que antes tenía tantas cosas en la cartera, no sé porque ahora estaba chata tan chata que parecía una pobrecita recién llegada de la guerra.

En la entrada principal tenía preparado un frasco de lavandina y un trapo de piso, el mismo procedimiento para la entrada que está atrás en el patio.

Al mediodía solo tomé sopa, no me entraba nada más, tenía mucho temor, era una salida inusual.

Trece y treinta horas, cerramos todas las rejas y quedaron todos nuestros compañeros mirándonos estáticos, salimos al portón. Alfredo manejaba el auto, y yo abrí la puerta de la libertad.  Creí que ese momento era maravilloso, único, aunque antes de volver a cerrar el portón, tuve que mirar hacia la izquierda y luego hacia la derecha, por donde debíamos salir, tal vez, pasaba gente nueva, tal vez, alguien conocido me reconocería, tal vez, ni siquiera los cruzaba.

Entré al auto, lo sentí extraño, no parecía el mismo, nada era igual, la calle parecía barrida, brillaba, una rara sensación.  Enseguida entramos a la Ruta 25, esa que nos llevaría al pueblo de Pilar.  No me animaba a mirar demasiado, por ahí me mareaba, no sé…

Llegamos a la primera vía de estación, la cruzamos como nunca, casi nadie se interponía en el camino.

Llegamos a la segunda vía del ferrocarril, tampoco pasaba ningún tren, tuvimos suerte, en veinte minutos estábamos plantados frente a la farmacia.  Nos quedamos en el auto, abrimos las ventanillas, el aire era embriagador, comencé a ver gente con la boca tapada, nadie miraba a nadie, iban rápido por la vereda.

Estábamos estacionados, empezó a llegar gente, seguro también con turno para vacunarse.   Entonces hice un esfuerzo para salir del auto, cruce la calle, tome distancia con las personas y con la tapa bocas puesto me animé a preguntar:

¿Están para vacunarse?

Sí, - me respondieron.

¿Qué turno tienen?

Una señora me dijo catorce y diez, otro señor:

- Catorce quince.

Entonces les dije levantando la mano:

- “Pri”, tengo tuno a las catorce horas

Bueno señora, me contestó el hombre que me miraba desconfiado, pero a su vez se puso a charlar, decía que era un hombre sano, porque comía comida natural, hecha por ellos mismos, amasaban el pan, tenían horno de barro, y ciertas veces mataban gallinas para el puchero.

Ahhh - que bueno le contesté.

Señora, ¿cuántos años me da?

Tengo que darle años, bueno si quiere se los regalo, porque a mí me sobran, - le contesté.

Pero usted es jovial, no creo tenga más de sesenta.

¿Usted cree?, es que tengo el bozal y los anteojos de sol puestos y me até la colita para no contaminar el cabello, confieso por primera vez la verdad: “tengo setenta años”

¡No los representa!

Se sintió el movimiento de llaves, se estaba abriendo la puerta de la farmacia, un hombre que estaba adentro dijo: - que pase el turno de las catorce horas.

Entré sin pestañar, estaba la farmacéutica con un traje espacial y una jeringa en la mano, dijo: - ¡sacate el pullover mejor!, te tengo que vacunar los dos brazos.  Le hice caso, lo tuve en mis manos, no lo quería apoyar, viendo mis actitudes me comentó, aquí acabamos de limpiar todo con alcohol, ¡no te preocupes!

Terminó con las vacunas y salí al frente del mostrador para pedir los remedios que había solicitado por mail. Tuve que pagar un solo remedio, así que extraje un billete que lo tenía suelto a propósito y pagué. Acto seguido me puse albohol en gel que estaba a la vista. Agarré la bolsita de los medicamentos con dos dedos como si fuera una pincita, no era cuestión de tocar abiertamente todo.

Cruzo la calle mirando para un lado y para el otro, todo desierto, voy hacia la ventanilla del conductor. Le pido a Alfredo el aerosol desinfectante para rociarme la ropa y las zapatillas, entro al auto, previamente rocío la alfombra y emprendemos la vuelta.

Alfredo paró en dos ocasiones más para entrar a comprar.  cuando volvía, le alcanzaba el aerosol para que hiciera lo mismo que hice yo.  El dinero recibido lo vaporizamos con solución de alcohol.

Anhelaba tanto salir, y de pronto me di cuenta de que soñaba con volver.

Llegamos a casa, abro el portón para que Alfredo siga con el auto para el fondo, y me quedo desinfectando las llaves.

Llego a la puerta, me saco las zapatillas, las pongo en el trapo mojado con lavandina, luego me quito el pullover y el joging, entro alterada directamente al baño para ducharme.  Seguidamente Alfredo entra las bolsitas con previo esparcido de alcohol, y pasa al baño a ducharse.  Salimos a recoger la ropa para ventilarla, me puse los guantes previamente. Así termino la odisea de la primera salida de la prisión domiciliaria. Quedamos totalmente agotados, tirados en el sofá.

 

Mirka

 

 

 

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