Tribuna del lector: Atreverse a soñarlo

por Nicolás Peral

31 de mayo de 2016 - 00:00

Si yo pudiera elegir la forma de salir campeón. Si tuviese la mágica posibilidad de escribir la historia de una hazaña ideal, y que todo sucediese tal cual mi imaginación lo deseara, entonces soñaría lo imposible. Algo épico, inverosímil, increíble. Primero, debería ser uno de esos torneos raros que hay cada tanto en Argentina. Con muchos equipos y por zonas y con un partido final que definiese el campeón.

Tendría que tener la vuelta de un ídolo, quizás del más grande ídolo de la historia del club. Que se diera el gusto de terminar su carrera en el lugar donde fue feliz y para sumarle emotividad, que llore como un nene el día del regreso.
Después, todo debería ocurrir según lo planeado por el técnico. Un equipo sólido, vistoso, irrefutable. Que respete la historia futbolística, el estilo, el paladar del hincha. Ya que estamos soñando, que sea puntero todo el torneo y en lo posible que gane ocho o nueve partidos al hilo. La final tendría que ser contra un equipo grande, con historia y en lo posible en un estadio legendario. Tendría que ser domingo y una garua fina debería humedecernos la frente. La cancha repleta de nervios y miedo. Y entonces la hazaña. Un comienzo asfixiante de los nuestros. Toque y toque sin dejarlo pensar al rival. El primer gol podría ser a los quince o veinte minutos. Después, una repuntada de los contrarios para sumarle dramatismo hasta el entretiempo. La segunda mitad debería arrancar igual. Jugando bien. Y a los diez minutos meter el segundo. Y ahí empezar a soñar que es posible. Y entonces afianzar el partido. Trabajarlo, decantarlo y a los treinta minutos la estocada final. Por supuesto del ídolo, del goleador, del héroe de ayer y de hoy, despejando todas las dudas y metiéndose para siempre en nuestros corazones y quedarse ahí, inamovible. Y entonces la locura, la alegría. Quince minutos de euforia y sentimiento. De abrazos interminables. Puede haber algún otro gol sobre el final, solo para desatar aun más la fiesta. Y después el pitazo. La copa, los papelitos, las lágrimas. Y la fiesta y la alegría, y miles y miles de gargantas quebrándose al unísono. Con el alma en la mano, tiñéndola con nuestros colores. Gritando al cielo la gloria. Y en medio del llanto los fogonazos de recuerdos. De los que ya no están. De los que no pudieron verlo. Del tío, del padre. De la mano del abuelo que alguna vez te llevó a la cancha cuando aún no sabías lo que era la pasión. De las tristezas, las frustraciones, los descensos, las cargadas. Toda la bronca de años redimida en un solo grito furioso y transparente. Unido a miles de almas que sufren y sueñan como la tuya. Así lo soñaría yo… si me atreviese a soñarlo. 
 
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