por Mónica Bustamante*
El cartel recién pintado, en reemplazo del viejo oxidado, señala que en este paraje se firmó el primer acuerdo institucional que proyectó a la Argentina como un país federal. Si bien no se sabe a ciencia cierta dónde se firmó el Tratado del Pilar, sí fue a los pies de la Virgen del Pilar en la capilla o al pie de algún rancho en este sitio, no caben dudas que el acuerdo se concretó en este lugar, como al final del documento se lee: “Hecho en la Capilla del Pilar, 23 de febrero de 1820”. Firman Manuel de Sarratea, Francisco Ramírez, Estanislao López.
No queda ningún vestigio del antiguo poblado por la precariedad de los materiales de construcción y la cercanía al río: la primitiva capilla con ladrillos de adobe y techo de tejas, y los ranchos de las estancias con paredes de adobe y techos de paja. Pero a través de la naturaleza se puede reconstruir la escena donde se firmó el acuerdo.
La naturaleza ha estado siempre presente en los enfrentamientos en la lucha por la independencia y la soberanía de los pueblos. Las montoneras de Ramírez, como parte de su estrategia, elegían lugares de combate más cercanos al cauce del río o montes de árboles, las tropas entrerrianas estaban bien organizadas y disciplinadas bajo el mando del Supremo, aunque las tácticas de combates eran rudimentarias, adaptarse a la naturaleza los llevó a varios triunfos.
Las montoneras de Estanislao López, quien tenía una gran capacidad para desarrollar estrategias, lograron la victoria contra Ramírez, su ex aliado en el Tratado del Pilar.
Aunque el paisaje actual no se corresponde con el de la época, simboliza la esencia de lo que representó el paisaje para los gobernadores de Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires en la firma del acuerdo.
Cuando llegaron los caudillos federales y las montoneras a este paraje, debió parecerles familiar, similar al de sus pagos. Después de recorrer las grandes distancias que separaban una provincia de otra, con el sol golpeando de lleno sobre sus rostros, mientras los caballos tomaban agua a la orilla del río en estos campos de altos pastizales y gramíneas, han percibido el cantar de los pajaritos por la mañana, la luz fosforescente de los picaflores y las mariposas cobrizas.
Guiados por las estrellas, la luna llena y la luz intermitente de las luciérnagas ¿En qué posta o posada habrán pernoctado esa noche? ¿La Delfina se habrá quitado el sombrero para dejar en libertad su larga cabellera?
A Manuel de Sarratea debió sorprenderle más las diferencias que las semejanzas: “está impregnado este lugar con la continua evaporación de los charcos y aguas estancadas, depósito de las más inmundas reses de bestias vivas y muertas”; Informe de Feliz de Azara al Virrey para la demarcación de los pueblos de la campaña.
Los pobladores de Buenos Aires se regían por reglas más o menos estrictas, el espacio territorial estaba dividido en tres zonas para diferentes usos:
• la más cercana a Buenos Aires, zona de quintas de verduras y flores traídas de Europa y alfalfa;
• a 6 u 8 leguas, las chacras donde se sembraba trigo;
• a 30 o 40 leguas, suertes de estancias para dehesas de potros, cría de ovejas, vacas, mulas y caballos.
El testamento que dejó el capitán Gerardo Pérez Soles y Lima, dueño de una estancia en Pilar Abajo en el siglo XVIII, con la descripción de su estancia y demás posesiones señala:“un rancho de adobe y cubierto de paja que se compone de dos cuartos medianos y una cuadra de tierra zanjeada y dentro de un montecillo de durazno frutal... en el costado del poniente veintiséis sauces y al frente un ombú”.
Esto nos muestra la importancia que se daba a los árboles y las plantas. Como se ve, el sauce criollo encontró en este suelo las condiciones favorables para desarrollarse, mientras al ombú (hierba o arbusto), le resulta difícil crecer en tierras anegadizas y crece en forma aislada.
Muchos años pasaron de aquel momento histórico, cuando Don Mauricio Camerman dueño del horno de ladrillos que funcionó primeramente en este lugar, realizó el loteo de estas tierras, Don Carlos Camerman (h) vendió una parcela rural de su propiedad a Don Joaquín Arias en el barrio homónimo, donde durante la intendencia de Ruiz Guiñazú, en 1972, se colocó un monolito con una placa de bronce.
Actualmente, el cartel es la única referencia histórica que queda sobre la firma del Tratado del Pilar. Desde este lugar hacia el río se asentaron los primeros pobladores de Pilar, unas 20 familias, la población creció y se extendió hasta el trazado de la ruta 8.
Al barrio hoy se lo conoce como “El Panchito”, sitio donde los vecinos bajaban del colectivo y los camioneros paraban a comer. Ni la vieja fonda ni el histórico ombú existen, pero permanecen en la memoria de los lugareños.
Algunos sauces criollos sobreviven a la tala del progreso ¿Serán los árboles de la época de la colonia o serán los retoños de aquellos?
La Delfina pudo darse el lujo de adornar su sombrero con una pluma de ñandú, avestruz americano, las montoneras de Ramírez y López llevaban una pluma de ñandú, algo típico en las costumbres camperas. El ñandú es una especie en peligro de extinción, que Ramírez supo perpetuar en el Escudo de la Provincia de Entre Ríos, representado por la pluma de avestruz, se dice en homenaje a su amada, la Delfina.
Las luciérnagas, las mariposas y las abejas que abundaban en verano casi no se ven en la zona y las flores silvestres fueron reemplazadas por otras de cultivo. Un sauce criollo aun permanece en pie para hacernos recordar que un 23 de febrero de 1820 se firmó el Tratado del Pilar.
*Museóloga