La tarde empieza a caer lentamente sobre las polvorientas calles de Pilar. En el bar Samatán, un grupo reducido de hombres apura el último trago de moscato para ocupar los vehículos que se encuentran estacionados frente a la estación del ferrocarril.
Es sábado, y el último tren probablemente llegue cargado de pasajeros provenientes de Capital, ansiosos por llegar a sus quintas de fin de semana.
Bajo la sombra de los árboles, una hilera de siete vehículos entre Chevrolet, Mercedes Benz y Ford, se forma improvisadamente en la espera de los pasajeros.
La posibilidad de trasladar a Lolita Torres hasta el Molino Blanco, en Villa Astolfi, es una cuestión del destino, pues no hay orden de llegada, turnos, ni privilegios. Sólo se trata de un grupo de amigos que comparte días enteros en un mismo lugar y con un mismo objetivo: esperar que alguien los requiera para un viaje.
El afortunado sabe que llevar a la famosa cantante y a sus cinco hijos hasta la casaquinta es un privilegio único. Los demás, en tanto, se conforman con verla pasear en su coche particular, por el centro de Pilar, el resto de su estadía.
Trasladar a uno de los integrantes del conjunto folclórico de Los Hermanos Avalos también es una de las posibilidades que más atrae al grupo que espera a su pasajero con impaciencia.
Los taxistas reconocen desde lejos la silueta del cantante entre la muchedumbre y lo esperan en la puerta del vehículo para trasladarlo hasta General Rodríguez, en donde pasa largos fines de semana escribiendo nuevas canciones.
Entre los artistas o cantantes que llegan a Pilar también se mezclan fieles seguidores del reconocido sanador Tibor Gordon. La leyenda sobre sus poderes recorrieron rápidamente el país, y cientos de creyentes arribaban a Pilar desde las zonas más remotas para ser trasladados hasta Manzone, donde Tibor fundó su comunidad Arco Iris.
Los vehículos que se estacionan frente a la estación no tienen un mismo color, ni reloj tarifario, pero los pasajeros ya los conocen y suben confiados. Ellos son los “taxistas de Pilar”.
Humberto “Tito” Foglia, José Vallier, Julio Romero, Emilio Del Signore, Julián Roque Trovatelli, Raúl Martínez, Horacio Quatrín, Alberto Oyhanart y “Pepi” Ponce de León fueron algunos de los primeros taxistas de Pilar. Durante años trabajaron en las dos únicas paradas que había: frente a la estación de trenes y frente a la iglesia Nuestra Señora del Pilar, en la calle Belgrano.
Secuestrado
La posibilidad de adquirir un Mercedes Benz con un crédito durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón y su interés por comunicarse con las personas llevaron a Tito Foglia a trabajar como taxista por casi 25 años.
Siempre frente a la estación de trenes, pasaba sus tardes entre viajes y largas conversaciones con amigos. Entre las anécdotas que acumuló a lo largo de su vida, quienes lo conocían recuerdan un asalto que lo colocó en todos los medios de comunicación del país.
Maniatado y vendado, Foglia fue ubicado en la parte posterior de su auto, mientras los asaltantes hacían otros “trabajos”. Finalmente, al anochecer fue liberado sano y salvo en Morón, y un camionero lo llevó hasta la comisaría más cercana.
El hecho causó tal revolución que, al día siguiente, la prensa oral y la escrita arribó a Pilar para entrevistar al “taxista secuestrado”.
Las bromas eran una constante. Una vez, uno de los choferes pasó largas horas sin que se subiera ni un solo pasajero. Veía que la gente bajaba del tren y, mientras sus compañeros no paraban de cargar una y otra vez pasajeros, él era el único al que no le salía un viaje. Después de unas cuantas horas se dio cuenta que sus compañeros habían colocado una víbora muerta en la manija de la puerta por la que debían subir los pasajeros.
Jamás tuvieron color
Alrededor de 1945, las calles de Pilar eran casi en su totalidad de tierra y sólo algunos podían disponer de un vehículo. Contratar a un taxi era un lujo al que muy pocos accedían, y sólo se solicitaba el servicio para viajes largos, a lugares a los que no llegaban los colectivos.
Los recorridos eran extensos y las distancias parecían aún mayores por las condiciones de las calles. La confianza era moneda corriente: los taxis no tenían medidores y cobraban “a ojo”. Los choferes no exhibían credenciales identificatorias y los pasajeros muchas veces se comprometían a pagar al mes siguiente, sin mayores explicaciones.
A lo largo de los años, los choferes de Pilar no lograron acordar un color que los identificara, por lo que los vehículos eran en su mayoría de tonos oscuros y sobrios para ser utilizados, en ocasiones, en la cochería Ponce de León.
Con la tecnología, la necesidad de comunicación al instante y el incremento de otros vehículos, los taxistas de Pilar fueron reemplazados progresivamente por remiseros, y hoy forman parte de los recuerdos.
