Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: La engañada

por Manuel Vázquez
sábado, 4 de agosto de 2012 · 00:00

Don Américo me esperaba en la puerta de la Cooperativa de Servicios de Fátima. Yo le había comentado telefónicamente que conocía bien el pueblo y que podíamos reunirnos más cerca del lugar que deseaba mostrarme, pero él insistió en que fuese en esa esquina, y allí lo encontré acariciando a su enorme perro mestizo, “El Gaucho”.

 La gente de la parrilla vecina me había contactado con él para que me contase la historia de La Engañada, una misteriosa aparición de la que hablan desde hace décadas los vecinos de la localidad.

 

-Vamos a ir yendo por allá – me indicó negándose a subir a mi coche. Empezamos a caminar detrás del perro que parecía saber hacia dónde nos dirigíamos. 

– Ahora agarraremos por esta calle ancha que antes llamábamos “de los Químicos” porque pasa delante del club que tienen los de ese sindicato. Ahora le han puesto “Calle de la Memoria” porque por allá adelante, donde estaba casi despoblada, hace unos cuantos años, cuando gobernaban los milicos, llevaron a un montón de detenidos y los hicieron volar con explosivos los muy salvajes.

Tomamos pues por esa calle entoscada que durante un buen tramo corre paralela a las vías del ferrocarril Urquiza y avanzamos lentamente mientras El Gaucho saltaba delante olisqueando las zanjas que la bordean.

“Yo primero no quería hablar con usted ¿vio? Tenía miedo de que me tomara por loco con esto de La Engañada; pero cuando el parrillero me dijo que usted andaba siempre atrás de estas historias raras y me mostró su libro, ese en el que habla del tren fantasma y del espíritu del castillo Carabassa, le dije que bueno, que iba a contarle lo que sabía.

Desde que yo era chico que se habla de La Engañada por aquí.   Yo le oí contar a don Belforte, que en paz descanse, en el almacén de Lavallén, que por donde hoy está el barrio El Progreso vivía un matrimonio jovencito. Eran rusos o turcos, de eso no me acuerdo bien. El marido tenía una jardinera entoldada y salía a vender ropa por las chacras y por los tambos de la zona. La mujer se daba maña con la máquina de coser y hacía vestidos por encargo para gente rica de Pilar y de Capilla.

Dicen que vivían bastante bien y hasta se habían hecho una linda casa de material, pero el muchacho se volvió medio picaflor y, diciendo que era soltero, le empezó a arrastrar  el ala a una gringuita, hija de un tambero de apellido Bruni.

A veces, cuando salía a vender pilchas por los campos, no volvía a su casa en todo el día y comía algo por ahí, porque en aquella época cualquiera invitaba con un plato de puchero al que andaba de paso. Esto lo ayudó para afilar con la gringuita sin que su mujer sospechase ni medio.

El muy pícaro se llegaba por esta calle, que entonces era un callejón solitario, hasta un monte de eucaliptus cerca del tambo donde vivía la muchacha. Ella lo esperaba entre los pastos y allí hacían lo que tenían que hacer y hasta se dormían una siesta después.

El asunto es que el hombre pasó varios meses con este juego a dos puntas hasta que su mujer, vaciándole los bolsillos de la bombacha de campo para lavarla, le encontró una carta donde la piba le decía que estaba de encargue y le pedía que le hablase a sus padres sobre el casamiento.

Dicen que la turca, o rusa, se puso como loca al enterarse, pero, como la carta iba sin firma, no podía saber quién era su rival. Sin embargo, logró mostrarse tranquila cuando él llegó a la noche para la hora de la cena, y hasta le conversó de lo más amable mientras le servía.

A la mañana siguiente, ni bien el marido salió con la jardinera a recorrer las chacras, ella lo siguió a buena distancia, a caballo, escondiéndose entre los montecitos que bordeaban los caminos para no ser descubierta.  A eso del mediodía, con el sol rajando la tierra, lo vio desviarse del recorrido y rumbear para el tambo de los Bruni. Desde lejos observó que dejaba la jardinera a la sombra de un ombú y se metía en el campo, donde los pastizales le llegaban hasta la cintura, y vio también que, cuando se acercaba a los eucaliptus, una muchacha de trenzas rubias se alzó de entre los pastos para recibirlo con un abrazo.

Como lo había planeado, la enloquecida mujer se fue acercando despacio, con un revólver en la mano. Tan entretenidos estaban ellos que ni la oyeron llegar, así que se deben haber pegado flor de sorpresa cuando la tuvieron al lado.

La Turca, o rusa, después de insultar a su marido en su lengua, le apuntó directamente al corazón y, sin dudarlo siquiera, apretó el gatillo, pero la gringuita Bruni, a la que ya empezaba a notársele la preñez, se interpuso entre el hombre y el arma recibiendo el balazo en su pecho.

Tras el primer instante de parálisis, el hombre quiso desarmarla pero un tiro le destrozó la mano. Entonces  quiso escaparse, pero la mujer le siguió tirando. Primero le dio en las piernas y después, cuando lo tuvo en el suelo y chillando de dolor, recién lo mató con un balazo en la cabeza.

Parece ser que recién ahí se dio cuenta de lo que había hecho porque, viendo que la chica respiraba, la cargó en brazos hasta la jardinera y salió a todo correr para el lado de Pilar.

Cuando llegó a la casa del médico, la criatura ya estaba muerta. Allí no más, con la última bala que le quedaba, y después de decirle al doctor que todo había sido culpa de su marido, se levantó la tapa de los sesos.

Y aquí viene lo curioso porque dicen que desde entonces el alma de la asesina, impedida de ir al cielo ni al infierno por el crimen que cometió en un ataque de locura, se les aparece a los maridos o novios infieles que andan por esta calle y les aprieta el cogote con sus manos de esqueleto.”

A esa altura del relato habíamos llegado a una tranquera detrás de la cual sombreaba un monte de añosos eucaliptus y don Américo me indicó que ese había sido el sitio de la tragedia.

- Que yo sepa, hasta ahora ya son tres los hombres que se han encontrado casi muertos en este camino. Digo casi porque el espíritu de La Engañada no los ahorca del todo, pero les hace pegar un julepe que los deja atontados para toda la cosecha.- me dijo y se ofreció para acompañarme hasta la casa de una de las víctimas.

Ya con mi coche, llegamos hasta una pequeña vivienda vecina al monasterio de los Siervos de María. Él entró sin llamar y, unos minutos después, me invitó a pasar.

En un sillón, babeante y abrazado a un crucifijo de madera, la ruina de un hombre me miraba con ojos alucinados. Tras una somera presentación, el pobre comenzó a relatarme su encuentro con La Engañada, y lo hizo con un hilo de voz, tartamudeando y mirando continuamente hacia le ventana porque, según me informaron luego, sentía terror cuando llegaba la noche.

Me dijo que hacía unos años, al anochecer, él volvía por la calle de la Memoria después de arreglar un molino en una granja. Al pasar por el monte de eucaliptus que yo ya conocía, le salió al encuentro una mujer que, insultándolo y a los gritos, le echó en cara su infidelidad marital. La acusación era real pues engañaba a su esposa, hoy ya fallecida,  con una operaria del Parque Industrial.

Como había oído lo del espíritu que rondaba la zona, quiso escapar; pero la mujer saltó sobre él y comenzó a estrangularlo con fuerza inaudita.

Con manos temblorosas se sacó el pañuelo que protegía su garganta y me mostró las marcas que le habrían dejado los dedos esqueléticos. Parecían cicatrices de viejas quemaduras.

Me contó también que, al borde de la asfixia, perdió el conocimiento. Cuando despertó en plena noche, se encontró solo en medio de los eucaliptus y quiso volver a la calle pero, por más que el monte no consistía más que en ocho o nueve plantas, vagó entre ellas hasta el amanecer sin poder encontrar la salida, como si se tratase de un bosque enorme.

Después de haber obtenido permiso para fotografiar las marcas en el cuello de la víctima de La Engañada, dejé a los dos hombres conversando y volví a Pilar para escribir esta historia.

 

 

 

 

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