Tribuna del lector: Paraguay, la otra historia

por Luis Guzmán Domínguez
martes, 3 de julio de 2012 · 00:00

Lugo es el segundo referente salido de las filas de la Teología de la Liberación latinoamericana expulsado del poder popular por las piaras neofascitas. Primero fue Jean-Bertrand Aristide, un sacerdote salesiano que fue defenestrado y echado en 2004 por la complicidad de empresarios, la CIA y la OEA.

No hace falta hacer paralelos entre Paraguay y Haití. Los compañeros saben que en ellos reflejamos toda nuestra historia, antes, durante y después de que llegaran las temibles carabelas. Esos lugares macondianos donde la pobreza y la miseria hacen surco para despertar alguna conciencia que haga soñar que los cien años de soledad han terminado, lugares de exilio donde la realidad supera enormemente a la fantasía y donde cada amanecer hace número de nuestras “incontables muertes cotidianas”. Cuando el senador Matta, acusador de Lugo, alegaba minutos antes de la condena que “la presencia de esos sucios campesinos” en la vida nacional eran una agresión, descubríamos que no ahorraba metáforas para entender que algo había cambiado en la triste patria guaraní para que el stablisment no se callara nada de su gran desprecio por la vida humana. 

Desde las alfombras vaticanas se intentó siempre ningunear esa Teología, se la despreció y se la martirizó, no hubo pueblo de Latinoamérica que no sufriera censura y persecución ¿Qué tiene de alarmante este intento moreno-indio-afro de ver la realidad y que provoca escándalo en las elites cómodas de la sociedad blanco-masculina de occidente? ¿Qué dice de nuevo y qué aporta? ¿Qué la hace insoportable? Son preguntas pertinentes en esta hora neogolpista que viene a destruir lo poco construido en los lugares donde organizar un grupo puede costar décadas. Vale la pena traer a la memoria, la masacre de San Isidro Jejui acontecida en 1975 por batallones del Ejército stronista que atacaron un pueblito campesino de origen cristiano de rígida estructura comunitaria dentro de las conflictivas ligas agrarias. Fue convertida en un cuartel, con ocupación permanente por civiles y policías militares durante 3 meses, los sacerdotes y religiosas heridos, varios muertos, las chacras fueron saquedas y las casas destruidas. Tanta saña recuerda sólo una cosa: en el Paraguay, el 2% de la población es dueño de 80% de la tierra, hoy monitoreada para producción de comodities, marca Monsanto, sin dejar un centavo al pueblo paraguayo.

La mayoría de esa tierra fue entregada  a cambio de devolución de favores en tiempos de la dictadura. Fue en ese campesinado oprimido que se empezó a construir una nueva Teología desde el reverso de la historia, desde los vencidos, desde “los salvajes” y desde los que ya lo habían perdido todo. Así se puso en duda toda la erudición de los oscuros manuales de Teología Moral que transformaba la lucha indígena en pecado mortal para sacarse de encima esas reivindicaciones incómodas que reclamaban justicia para los despojados de sus tierras.

En el paquete que entregaron los colonizadores estaba la resignación, la obediencia indolente, el dios del silencio, el respeto por los señores coloniales y sus símbolos, la prohibición a pensar y las prohibiciones sexuales. La receta incluía la adopción de la lengua española y la negación de la lengua nativa.

Cuando Fernando Lugo aparece en la superficie de esta sociedad careta donde las señoras sueñan que sus hijas se casen con algún militar, reaparecen aquellos sueños que se creían enterrados en las dictaduras rojas y blancas de las últimas décadas y se ponía al descubierto la gran hipocresía de los gordos enfajinados y sus serviles condecorados.

Emergía un sistema religioso que se creía propio de los esclavos de Palmares. La oligarquía no soportó el ataque a sus símbolos imperiales, a sus cantos marciales y sus proclamas fascistas. Trascartón, la Iglesia oficial, típica sinagoga antigua y enceguecida, soporte moral de dictadores, apoya solitariamente al gobierno golpista porque, entre otras cosas, quería sacarse de encima lo antes posible, la figura incómoda del obispo que, sin ser un gran estadista, había transgredido todas las normas de pulcra doctrina.

Nadie pensó que esta nueva forma de pensar a Dios llegaría a tanto. Sacó el debate de los conventos y pasillos odoríferos al debate popular, a la contienda colectiva. Y se deja interpelar, y se deja hacer y proponer. Es ahí una razón más, de que el Golpe estuviera programado desde hace mucho tiempo. Y nadie crea que ese cunumi creciendo descalzo por las calles de Asunción y de América Latina, va a renunciar a ver el sol. Al decir de Faullkner “me niego a admitir el fin”. ¡Esta historia recién empieza!

 

 

 

 

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