Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Azules y colorados en Pilar

por Manuel Vázquez

21 de julio de 2012 - 00:00

En septiembre de 1962, los azules y colorados, bandos en que se había dividido el Ejército tras el derrocamiento de Perón en 1955, volvieron a enfrentarse para lograr el control de las Fuerzas Armadas. Esta supremacía les garantizaría imponer su voluntad al Gobierno de la República.

El 21 de ese mes, fecha en que se festeja el inicio de la primavera, poco después del mediodía, un importante número de oficiales y soldados, con camiones, carros de asalto y algo de artillería, tomó posición en el centro de Pilar provocando el estupor de los vecinos.

En forma desordenada, la población decidió abandonar el pueblo que, según versiones, iba a ser inminentemente bombardeado por la fuerza aérea.

En automóviles, camiones e incluso a pie, familias enteras se pusieron en marcha por las rutas 25 y 28 hacia los campos que rodeaban a la ciudad, pero evitaban ir hacia el norte por la ruta 8 que, de acuerdo a trascendidos, sería volada a la altura del puente sobre el río Luján.

Los Biglietti, sin embargo, no pensaron ni por un momento en dejar su amplia casa, a pocas cuadras de la plaza 12 de Octubre.

Pierina y Doménico Biglietti habían llegado al país al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Como tantos otros inmigrantes, víctimas de la irracionalidad humana, arribaron al puerto de Buenos Aires sin más riqueza que sus brazos dispuestos a trabajar; y así lo hicieron. A los dos hijos que traían desde “il piccolo paese” lombardo, le sumaron enseguida tres nacidos en Pilar.

-Noi habbiamo fatto la guerra in Italia (1) – sentenciaba don Doménico que, de puertas adentro, sólo hablaba en dialecto. – Lá, habbiamo perdutto tutto per culpa dei militari pazzi che si prendono a colpe di fucile. Qui no faremo lo stesso. Noi difenderemo quello che é nostro (2).

Y diciendo esto, él y sus dos hijos varones ya adolescentes, armados con escopetas de caza, ganaron la azotea de la vivienda cuyas puertas y ventanas habían clausurado con maderas, muebles y bolsas de arena.

Las tres hijas mujeres, a las órdenes de doña Pierina, reunieron “provisiones de boca” en el amplio sótano que hacía las veces de bodega donde se almacenaba el vino fabricado por la familia y se guardaban, colgadas de ganchos pendientes del techo, las facturas de cerdo caseras.

Los vecinos, viendo estos preparativos, trataban de disuadir a los Biglietti para que no arriesgasen sus vidas. Era inútil ofrecer resistencia quedando en medio de dos facciones de un ejército armado hasta los dientes, que disputaban a los tiros sus internas de poder.

-Don Doménico, déjese usted de locuras – le aconsejaba Manuel Carballino, el gallego dueño de la vivienda lindera,  mientras cargaba a su familia en la camioneta con intención de alejarse hacia Luján. – Si bombardean con aviones, ¿qué corno podrán hacer ustedes con esas escopetas? ¡No sea cabezón, hombre! ¡Salga de aquí mientras aún es tiempo!

Pero nada podía hacer cambiar de opinión a los Biglietti que, en un arranque de patriotismo, izaron en sendos palos, sobre la terraza, una bandera argentina y otra italiana.

Mientras en la azotea los hombres de la familia oteaban el cielo esperando el arribo de los bombarderos, doña Pierina descosía y cosía los ruedos de las polleras y sacos ocultando en su interior cadenitas, medallas y anillos; las pocas alhajas de la familia.

-Questo es per si nos deportan. Con un poco di oro tutto es más fácile. Questo lo aprendimos nella guerra – aclaraba en su particular cocoliche.

Antes del atardecer, las tropas habían abandonado la ciudad y la población había regresado paulatinamente a sus viviendas, pero los Biglietti, pegados a la radio que transmitía noticias, no desbloquearon las entradas de su casa ni abandonaron sus puestos de guardia.

Recién al día siguiente, tras el bombardeo de la fuerza aérea a una formación en San Antonio de Padua y algunas escaramuzas en Constitución y parque Avellaneda, los colorados se vieron obligados a deponer las armas.

Al enterarse, Doménico y sus hijos abandonaron sus posiciones de combate arriando las banderas enarboladas en la azotea y toda la familia se sentó a cenar “i fetucini della vittoria” amasados por doña Pierina.

Dicen que promediada la cena, el bélico italiano desenterró el frasco que unas horas antes había ocultado entre las plantas de la huerta y, sacando de él una importantísima suma de dinero, la repartió entre sus hijos como premio al valor demostrado durante “la piccola guerra”.

Algunos afirman incluso que, al día siguiente, hizo grabar en la joyería de don Isidro cinco medallas al “mérito en combate” que prendió en el pecho de cada vástago cuando estuvieron listas.

 

(1) Nosotros hemos hecho la guerra en Italia.

(2) Allá perdimos todo por culpa de locos militares que se agarran a tiros de fusil. Acá no haremos lo mismo. Defenderemos lo que es nuestro.

 

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