Mitos, leyendas y aguafuertes: La jalousie de la madame Benita*

por Manuel Vázquez

14 de julio de 2012 - 00:00

Hace años que la antigua casona cayó a golpes de pico para sumar el terreno a un nuevo sector de la terminal de micros. Nada queda de ella, y hasta para los viejos pilarenses resulta difícil identificar con claridad el sitio que ocupó su frente modelado en cemento, su profundo zaguán con cancel de vidrios biselados, la galería fresca en la mañana y soleada por las tardes, cuando las puertas de las habitaciones en hilera miraban hacia el sol poniente.

Detrás de la casa, más allá de la cocina, cubiertas sus paredes por una desaforada enamorada del muro, se alzaba “la pieza del fondo”, como llamaban los habitantes de la casa a esa habitación atiborrada de cuadros a medio pintar, caballetes, mesitas con pomos de pintura al óleo y frascos con acrílicos, pinceles sumergidos eternamente en trementina, libros y mil objetos utilizados como modelos para dibujar bodegones y “naturalezas muertas”.

En medio de ese desorden por el que se deslizaban delicadamente cinco o seis gatos caprichosos, la señora Benita ocupaba la cabecera de una mesa cubierta por un hule de indefinible color original. A sus muchos y jamás  confesados años, la menuda dama de hermosos ojos atendía a sus alumnos de dibujo y pintura al tiempo que daba clases de francés a unos cuantos jóvenes que pensaban viajar al extranjero y fruncían las narices ante los acres olores del agua ras vegetal y del pis de los felinos.

 

-¿Les molestan mis gatitos?- bromeaba la señora – Si quieren ir a Francia deberán acostumbrarse. C´est le parfum de París!**

La señora Benita, siendo joven, había recibido la esmerada educación que por aquellos años se consideraba apropiada para una niña de la sociedad. Hablaba un perfecto francés y recitaba con gracia los poemas de Verlaine y Mallarmé. También dibujaba con talento y, en otros tiempos, cuando la artritis aún no le impedía levantar los brazos hacia el caballete, había pintado encantadores paisajes al óleo. Además se daba maña con el piano vertical que presidía la sala y en el que, de tarde en tarde, convocaba al espíritu de Chopin.

Pero la señorita Benita no se casó con el rico heredero para el que estaba destinada por sus padres. La delicada joven prefirió un matrimonio por amor, y lo hizo con un muchacho de encantadora conversación y bolsillos vacíos quien, sin embargo, supo ingeniárselas para amasar una pequeña fortuna comprando y vendiendo propiedades.

Cuando el dinero aún no se había atesorado, la flamante esposa debió colaborar para sostener económicamente a la familia, sobre todo en época de vacas flacas. Nadie como ella para estirar una comida sumándole papas y arroz, o para hacer el desayuno hirviendo en leche el café ya usado en la sobremesa de la noche anterior. Era también, experta en remiendos, zurcidos y transformaciones de vestidos usados. Tan buena resultó con la máquina de coser que muchas niñas del pueblo envidiaban a su hija porque, en apariencia, siempre estaba de estreno.

Esa dama tan discreta y mesurada en cada uno de sus actos tenía, sin embargo, un talón de Aquiles: los celos.

Nada hacía el pobre marido que lo convirtiese en sospechoso de infidelidad pero la señora, que pese a sus años seguía viendo en él al galán que la conquistó en sus años juveniles, creía que todas las mujeres de Pilar estaban dispuestas a quitárselo. Vigilaba sus horarios, le revisaba los bolsillos, buscaba inexistentes marcas de rouge en los cuellos de sus camisas, indagaba con sutil olfato algún extraño perfume femenino y hasta llegó al colmo de hacerlo seguir por un pícaro diariero que, avivando sospechas, terminó con sus ahorros, cobrándole a precio de oro sus servicios de espionaje.

Casi todos en el pueblo conocían la debilidad de la señora Benita y unas jovencitas, sin nada interesante para hacer en aquel Pilar soñoliento, decidieron divertirse enviándole un anónimo en francés donde denunciaban una supuesta infidelidad de su esposo.

“Ma chère dame, vous devez savoir ce que il fait son mari tous les après-midi dans une maison près de la gare.” ***

Aunque defectuosa, la lengua de sus ancestros bastó para convencer totalmente a la señora de la veracidad del anónimo y, a la tarde siguiente, después de que su marido partiera tan trajeado y perfumado como de costumbre, ella se cubrió la cabeza con un pañuelo, vistió el grueso tapado de paño en cuya solapa, como iba en son de guerra, prendió la escarapela francesa que lucía orgullosa cada 14 de julio, y salió a dar batalla taconeando por las veredas de la calle  Ituzaingó.

Como era muy conocida a pesar de no salir casi nunca de casa, su paso decidido no dejó de llamar la atención de los transeúntes.

Apenas devolvió el gentil saludo que le dirigió el farmacéutico de Márquez y Moreno, ni el de los muchachos – algunos amigos de sus hijos – que haraganeaban sobre las veredas del Club Sportivo. La señora Benita tenía un destino fijo y hacia allí se dirigía casi como una autómata. Al fin podría demostrar que todos estaban equivocados cuando aseguraban que su esposo era un santo, que sus antiguas sospechas tenían asidero, que ese hombre, a cuyos pies había puesto su vida, la traicionaba con otra mujer.

Casi sin darse cuenta se vio de pie ante la casa cuya dirección le habían informado las bromistas en un segundo anónimo. Detrás de esa puerta, pensó, su libertino cónyugue escondía los amores prohibidos.

Sacó entonces de su enorme cartera un espejito y repasó la pintura de sus labios, enderezó la escarapela tricolor y, dándose ánimo recitando el primer verso de la Marsellesa, tiró del llamador.

Desde el interior se oyeron pasos que se acercaban. No eran pisadas de mujer. Eran los pies recios de un hombre grande y pesado. ¡Su marido en persona acudía a abrir!

Aunque jamás se le hubiese ocurrido hacerlo, preparó la mano para descargar una tremenda bofetada ni bien asomase el rostro del traidor pero, al entornarse la puerta, el brazo se le congeló en el aire. Allí, parado con su eterno traje gris, el concejal Camilo Costa la miraba entre afable y sorprendido.

-¡Benita! ¡Pero qué gusto verla por aquí! No sabía que su esposo le había contado donde nos reuníamos - y corriéndose a un lado la invitó a entrar. – Pase, pase. No es bueno que nos vean aquí, en la vereda. Usted sabe que en estas épocas hay algunos locos que consideran un delito juntarse para hablar de política, como hacemos aquí con su marido y otros amigos. Pase, mujer, adelante.

La señora Benita no pudo resistirse a entrar en la casa prácticamente desamueblada. En el único cuarto habitado, cinco hombres, entre ellos su marido, rodeaban una mesa repleta de periódicos y libros. En una pared, los retratos de Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen proclamaban, aunque furtivamente, la filiación política de la concurrencia.

Los caballeros se pusieron de pie para recibirla y la señora Benita, tras mirar los ojos de su esposo, bajó los suyos avergonzada; pero Camilo Costa, rápido como siempre para zanjar situaciones difíciles, acudió en su ayuda con dos cintas, una roja y otra blanca en la mano.

-Me parece muy bien que su marido ya haya puesto en marcha el proyecto de acercar mujeres al partido. Me ganó de mano porque, la semana próxima, yo pensaba venir con Pica, mi esposa. ¡Bienvenida! Aquí tiene una escarapela radical para sumarla a la suya pero, por ahora, le conviene no exhibirla demasiado.

Esa noche, doña Benita preparó una cena especial y, cuando llegó su esposo intentó disculparse por su accionar pero él, besándole la mano como lo hacía cada día desde que se conocieron, le dijo sonriente               - No importa, Benita. Yo también te quiero.

 

 

 

*Los celos de la señora Benita.

**Este es el perfume de París.

***Señora, usted debería saber qué hace todas las tardes su esposo en una casa cercana a la estación.

 

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