Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Los abuelos de Los Troncos

por Manuel Vázquez
sábado, 26 de mayo de 2012 · 00:00

Algunos pocos conocerán esta historia, pero muchos recordarán a sus protagonistas, una pareja de nonagenarios que, una vez al mes, concurrían tomados de la mano al Banco de la Provincia para cobrar una jubilación que les llegaba desde Europa

 

Él, con su antiquísimo traje gris y su sombrero de alas angostas, casi no hablaba. Ni siquiera pedía el café con leche cuando se sentaban, al salir del banco, en una de las mesas del bar La Alhambra. Ella, menuda, vistiendo eternamente un tapado liviano de color ya indescriptible, era quien conversaba con el camarero y le pedía las medialunas a las que llamaba “croissants”, arrastrando la erre francesa.

Según la anciana le contó al mozo, quien luego me refirió esta historia, ambos eran austríacos y habían llegado al país durante la segunda “gran guerra” huyendo del antisemitismo nazi. El hombre, aunque descendía de una familia vienesa por varias generaciones, tenía antepasados judíos y no quisieron arriesgarse a que los separasen para enviarlo a los campos de exterminio.

En Austria habían tenido una casa de antigüedades y, al abandonar el país, dejaron las costosas piezas ocultas en el sótano de un pariente quien, durante años, fue vendiendo los preciosos objetos y remitiéndoles el dinero con el que vivieron muy sobriamente en un pequeño departamento de Villa del Parque.

Según contaba la señora en su dificultoso castellano, trataron siempre de llamar la atención lo menos posible, razón por la que su marido nunca buscó empleo. Temía ser deportado y era imposible hacerle comprender que la guerra había concluido y que ya no corrían peligro.

El pariente también se encargó de tramitarles una pensión con la que se mantuvieron, aún más modestamente, cuando se acabaron las antigüedades y cesaron los giros transatlánticos.

Tenían ya más de ochenta años cuando, sin dinero, se radicaron en Pilar alquilando una casita destartalada del barrio Los Troncos. Allí, sin luz eléctrica y bombeando el agua a mano, esperaban su última hora.

Una vecina contó que hacían una sola comida diaria y que, en invierno, sin estufa, se acostaban muy temprano tratando inútilmente de calentar sus huesos bajo pilas de frazadas raídas.

A esa misma vecina le llamó la atención no verlos una mañana, uno junto al otro, tomando el sol sentados contra la pared posterior de la casita. Como tampoco los vio a mediodía y notó que no humeaba la chimenea a la hora en que la abuela preparaba la escuálida sopa sobre fuego de leña, decidió llamarlos.

No contestaron. Inquieta, la vecina advirtió a su marido y ambos entraron en la casita sin necesidad de forzar la puerta sin llave. Los cuerpos ya fríos de los ancianos yacían, tomados de la mano, sobre la cama.

Según el médico de la policía aseguró luego, habían fallecido de muerte natural durante la noche.

Mientras retiraban los cuerpos, la vecina se adueñó disimuladamente de una vieja fotografía en que se veía al hombre, entonces joven y sonriente, posando ante un palacio barroco. Al dorso de la foto había escrito un nombre y una dirección en Viena. Hacia allí, valiéndose de la traducción hecha por una señora alemana, propietaria de una óptica en el centro de Pilar, la vecina envió una misiva informando sobre el fallecimiento de Fiona y Josef Blumenberg, nombres que figuraban en sus documentos.

Poco después los sorprendió una carta remitida desde Austria donde Kurt Bloch, informaba que su tía, Fiona Bloch, había sido asesinada en su residencia hacía casi cincuenta años. Su tío político, Josef Blumenberg, desapareció entonces con el dinero y las joyas de la familia. También había desaparecido María Dernesch, asistente privada de la difunta. Durante décadas, la familia Bloch creyó que, tras envenenar a Fiona, los asesinos habían intentado huir pero que, en la frontera, habrían sido apresados por la Gestapo. Creían también que la pareja había purgado su culpa en los terribles hornos de los campos de exterminio.

Ahora, el sobrino sospechaba que la anciana fallecida en la casita de Pilar era en realidad María Dernesch, quien había usurpado la identidad de Fiona para escapar de la justicia junto a su amante y cómplice.

Como nadie reclamó los cuerpos, los restos de los ancianos fueron depositados en el osario del Cementerio de Pilar.

 

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